2042

Hoy era el día. Ferrán debía presentarse hoy por última vez si quería que se cumpliesen sus propósitos. Si no se presentaba, perdería todos los derechos adquiridos a través de las anteriores presentaciones efectuadas durante el año; perdería sus derechos a anularse y, si más adelante lo decidía de nuevo, debería comenzar de nuevo los trámites a lo largo de otro largo año. Estaba decidido firmemente a hacerlo sin demora y no desaprovecharía su oportunidad. Todas los trámites anteriores eran la confirmación de su determinación y, ahora, el papeleo había llegado a su fin.

Mientras se dirigía al Instituto de anulaciones, analizó por última vez lo que desde hacía un año tenía decidido. Estaba seguro de que hacía lo mejor; su vida, desde que Marta le abandonó, ya no tenía ningún sentido para él. Y la anulación era la mejor solución, dejaría de sufrir.

El suicidio no estaba permitido por la ley, y los que creían poder acabar con su vida para siempre, eran recuperados por alguno de los muchos institutos de recuperación que existían repartidos por todos el país, incluso por todo el mundo. Ya no había muchos individuos que lo intentasen excepto algún loco, alguien que hubiese perdido sus facultades mentales. El prefería, como la mayor parte de los ciudadanos, anularse y vivir sin emociones, porque anularse era simplemente eso, le extirpaban todas sus emociones y podía seguir viviendo como antes excepto que ya nunca más sufriría por nada ni por nadie. Podría mantener su trabajo incluso más eficientemente que nunca, seguiría haciendo su vida normal pero sin preocupaciones emotivas de ninguna clase. No dejaría de convertirse en una especie de autómata pero conservando su estatus y su libertad y viviría dignamente. Sabía que cuando estuviese anulado nada de eso le importaría demasiado, pero ahora que todavía conservaba su libre albedrío y todas sus emociones le funcionaban perfectamente, sabía que era preferible eso antes que suicidarse, aunque en el fondo todo era muy parecido. Cuando se promulgó la ley muchos no hicieron caso de ella, sin embargo, casi ningún suicida consiguió su propósito. La identificación que a todos les introducían al nacer lo impedía. Estaban controlados por los muchos satélites que comprobaban sus constantes vitales varias veces al día y cuando un satélite advertía una anormalidad, los servicios de los Institutos de recuperación encontraban al individuo en pocas horas y los volvían a la vida. Claro que, entonces, esos individuos ya nunca tornaban a ser los mismos. El instituto les recuperaba y les anulaba no solo las emociones sino la propia personalidad, y eran, a partir de entonces, como autómatas destinados a los servicios que la Ciudad requería y que nadie, en su sano juicio, deseaba hacer; la mayoría eran destinados a las fábricas de deshechos, o a la limpieza de las calles. Él no deseaba acabar así, prefería simplemente que anulasen sus emociones y poder seguir con su trabajo y su vida de siempre, le parecía más digno, aunque, por supuesto, y en el fondo, sabía que, una vez anulado, todo le daría igual y nada le importaría ya.

Decidido, entró en el Instituto. Tuvo que pedir número y situarse en la larga cola. Todos los que aguardaban turno, como él mismo, parecían estar tranquilos. Se fijó en los eficientes empleados y admiró la impasibilidad con la que trataban a todo el mundo; naturalmente, todos los empleados del Instituto estaban anulados, eso era imprescindible para poder trabajar ahí. Entonces, se relajó y esperó pacientemente hasta que su número fuera voceado por la megafonía.

Acuarius