DIARIO DIRECTO 22-11-04

 

“El reconocimiento incrementa mi responsabilidad como artista”

El barítono malagueño, Carlos Álvarez, interpretará hasta el 21 de noviembre al ambicioso Macbeth. En los últimos años, Álvarez se ha convertido en uno de las voces líricas españolas más elogiadas y seguidas por el público, tanto en Europa, como en América y Asia. Recientemente ha recibido el Premio Nacional de Música. Hoy nos deja entrar a su camerino y nos habla de sus inicios en el canto, de sus papeles y de sus próximos proyectos; entre ellos, la fundación que acaba de constituirse en Málaga y que lleva su nombre.

Raúl Asenjo (texto) y Daniel Galán (foto)/diarioDirecto


 

 

Diario Directo: Hace poco declarabas que la causa del patrocinio de la Fundación “Carlos Álvarez”, no es otra que “querer devolver lo que la música te había dado”. ¿Qué te ha dado la música?

Carlos Álvarez: Sin duda, la posibilidad de tener una profesión; pero antes que nada, una de las aficiones que logra que el ser humano sea realmente humano. Es difícil devolver a la música lo que te ha dado, porque es siempre más generosa. Yo me siento lo suficientemente pagado con mi trabajo y todo lo que con él viene por añadidura, hay que devolverlo de alguna manera. Es por eso que, cuando se me concedió el Premio Nacional de Música, pensé que esa parte económica añadida debía destinarse a la promoción de la profesión.

Inicios de una carrera

D. D.: ¿De dónde surge tu afición por la música, por el canto y por este género en concreto?

C.A. : Cuando tenía siete años, en un colegio público de Málaga se iniciaron dos actividades musicales: la creación de una escolanía y la formación de una banda. Ahora la banda, es no sólo una de las más importantes de la región, sino también ha sido cantera de músicos que en la actualidad están vinculados a orquestas importantes. Yo entré en la escolanía. Este fue mi primer acercamiento a la música culta, específicamente a la música polifónica.

Con el cambio de voz, pasé a formar parte de varias corales de mi ciudad y en el año 1988 se crea el Coro de la Ópera de Málaga. Fue en este momento cuando me empujaron a que esta afición tuviera un respaldo técnico y por ello, entré en el conservatorio, nunca pensando que acabaría siendo un profesional del canto. En esa etapa, pensaba que mi vocación era la medicina. De hecho, intenté compaginar medicina y canto, hasta que me di cuenta de que era imposible: o estás en el hospital, o encima de un escenario.

D.D.: ¿Llegaste a ejercer?

C.A. : No, afortunadamente para los pacientes no terminé la carrera… (risas)

D.D. : De tu etapa formativa inicial, ¿qué profesores marcaron más tu modo de entender el canto?

C.C : Sin lugar a dudas el encuentro con Alfonso García Leoz, mi representante, fue definitivo. Uno puede creer que la formación del conservatorio te convierte en profesional, pero esto no es así en ningún oficio, quizás menos en el mundo de la música. Mis primeros trabajos profesionales coincidieron con este encuentro, y a partir de ahí hemos intentado desarrollar una carrera en la cual la maduración de la voz y de mí mismo como persona me permitiera ampliar el repertorio y asumir las responsabilidades vocales que fueran acordes a ese desarrollo. Gracias a esta acertada guía pasé de cantar “Il Barbiere di Siviglia” y obras mozartianas, a lo que se me considera hoy, un barítono verdiano. Esta transición de quince años me ha servido para aposentarme en mi repertorio actual, en el cual me encuentro cómodo y por el que mis capacidades se desarrollan lo mejor posible.

D.D : ¿Crees que hay una única técnica de canto?

C.A. : Yo creo que hay cantantes, y que cada cantante se adecua a una determinada característica vocal e intenta sacar partido a esta cualidad. Lo único que diferencia a unos cantantes de otros, es la elección del repertorio. Eligiendo el adecuado se logra que el desarrollo vocal sea sano. Al cometer errores de repertorio, podemos incluso crear carencias técnicas en nosotros mismos.

Por suerte, el repertorio es amplísimo. Desgraciadamente, no todo este repertorio se convierte en repertorio tradicional. He ahí el conflicto entre actividad económica y desarrollo vocal. Afortunadamente, en mi caso, en el momento de elegir qué cantar, mis características vocales han resultado ser las idóneas para gran parte del repertorio tradicional. Esto me ha facilitado mucho el trabajo. En definitiva, no creo tanto en que haya técnicas determinadas; no sólo se debe cuidar cómo cantas, sino qué cantas y si consideras que es oportuno asumir tal responsabilidad.

D.D. : ¿Cuáles han sido tus referentes vocales? Quizás el nombre de Bastianini pesa sobre ti…

C.A. : Cierto, pesa pero porque yo quiero que pese. La elección de un determinado repertorio conlleva medirse con aquellos que cantaron las mismas obras y que tienen cierta similitud vocal con uno mismo. Por eso, cuando escucho nombres como Bastianini o McNeil, con los que comparto características vocales, pienso que si ellos han realizado tal repertorio, yo también lo puedo asumir. Todo esto sin olvidar mis límites y así ser responsable con mi trabajo. De este modo entiendo yo que barítonos verdianos como los anteriormente citados son una referencia para mí, los ejemplos a seguir.

Tampoco se debe pasar por alto la experiencia personal. Algo que en principio pudiera parecer más sencillo o más difícil, con el tiempo puede cambiar. A partir de ahí, tienes que analizar y decidir si continuar o no.

El repertorio


 

 

D.D. : Como decías anteriormente, se te considera un barítono verdiano. Son muchos los papeles que has abordado ya: Rodrigo, Rigoletto, Giorgio Germont, Iago, Conte di Luna… Cantar con tanta asiduidad a Verdi es un riesgo, ¿o, según tu experiencia, no es así?

C.A. : Durante prácticamente dos temporadas hay una parte fundamental de mi repertorio que es verdiano. No he tenido problemas vocales durante este periodo. Quizás sea la casualidad de no haberme resfriado… Yo creo que es síntoma de que vocalmente mi trabajo es el correcto.

Por otra parte, las posibilidades interpretativas que tiene un barítono en las obras de Verdi son muy superiores que en otras. Verdi nos dio la oportunidad a los de mi cuerda de ser protagonistas o coprotagonistas, junto a tenores y sopranos. No se puede obviar la actualidad de los temas de los libretos verdianos, que son atemporales. Por ello, puede trasladarse la acción de la época pensada por el autor a la nuestra, o a otras más cercanas, pues el comportamiento humano sigue siendo el mismo. Todo esto hace que me sienta muy cómodo con Verdi.

D.D. : En Abril debutarás el papel de Renato de “Un Ballo in Maschera”, nada menos que en el Metropolitan. ¿Cómo afrontas este nuevo reto?

C.A. : Casi como si fuera lo primero que hago, porque para mí no hay tanta diferencia entre debutar el Renato de “Un Ballo” y cantar la quincuagésima función de “Don Carlo”. Esa es la forma en la que asumo el trabajo. Lo abordo con mucha ilusión, por tratarse de un rol nuevo y por el hecho de debutarlo en el Metropolitan. Tengo la intuición de que mi carrera va en esa dirección, porque me soporta un trabajo ya realizado que me encamina a ello y por eso pienso que es un riesgo muy controlado.

D.D. : Dejemos por un instante a Verdi. De Mozart ya has cantado varios papeles…
C.A. : Sí, mi primer papel mozartiano fue Guglielmo en Palma de Mallorca. La producción (1991) fue el resultado de la primera edición del Concurso de Canto “Alfredo Kraus”, que se celebró el año anterior. Luego tuve la oportunidad de cantar “Don Giovanni”, también en Palma de Mallorca. En 1998 debuté con “Le Nozze di Figaro”, cantando primero el Conde en el Real y después, en el 2000, como Fígaro con Riccardo Muti. La combinación MozartDa Ponte me ha dado muchas satisfacciones.

Ampliar el repertorio mozartiano no es tarea fácil en mi actual estado vocal. Afortunadamente, tengo la suerte de que los directores que me buscan para este repertorio, no intentan que mi voz adquiera los visos tradicionalmente mozartianos, sino que me dejan abordar estos personajes con mi propia voz. Esto es un trabajo de consenso; yo no voy imponiendo mi criterio, sino que intento hacer visible que hay otra manera de cantar Mozart. Si Muti aceptó esto de buen grado y Osawa estuvo encantado de hacer “Le Nozze” en Viena, es porque funciona. La clave está en conseguir un reparto equilibrado, y cuando los directores musicales encuentran ese equilibrio, yo me encuentro cómodo en el repertorio.

D.D. : ¿Y del repertorio francés? Ya has cantado Escamillo de “Carmen”…

C.A. : Sí, y acabo de hacer un Massenet en versión de concierto (“Cléopâtre”), con Caballè en el Liceo. Me gustaría ampliar el repertorio francés, porque está lleno de papales maravillosos para el barítono que me permitirían mantener mi vocalidad. El problema es que, salvo que centre mi carrera en este repertorio, pocos teatros van a apostar por mí; preferirán mi voz para el repertorio italiano.

D.D.: ¿Y del verismo? Ya tienes un disco cantando Tonio (“Pagliacci”), pero es temprano todavía para llevarlo a escena, ¿no es así?

C.A.: Ese disco es un de mis mejores experiencias con orquestas. La Concertgebouw es magnífica y esa dirección de Chailly fue excepcional. Llevo quince años en el escenario y es sólo el principio de mi carrera. Juego con esa ventaja, o quizás sea una desventaja, porque puede ser que, cuando llegue el momento de entrar en el verismo, a lo mejor no tenga la capacidad de cantarlo como me gustaría. Aún así, dentro de dos años haré “Andrea Chernier” en Barcelona y Tokio. También en este caso, se necesita de un reparto equilibrado para que no parezca pueril un Gérard cantado a los cuarenta años. Espero que cuando llegue ese momento pueda abordar el personaje de modo que me deje contento a mí mismo (pues yo seré el más exigente) y al público.

D.D: Hasta ahora, ¿qué papeles te han dado mayores satisfacciones?

C.A. : Sin duda los verdianos: hacer “Don Carlo” en Salzburgo, “La Traviata” en Londres (en la producción de Solti), “Rigoletto” en el Real, “Otello” en Sevilla, en unas condiciones adversas, debido a la huelga, pero que me obligaron a madurar inmediatamente. También me ha dado muchas satisfacciones la oportunidad de trabajar con directores con los que he aprendido no sólo cuestiones relacionadas con la música, sino con la vida.

D.D. : Hasta el día 21 de noviembre interpretas en el Real “Macbeth”. No es un papel nuevo para ti. Tanto en el plano vocal como en el interpretativo, ¿has descubierto nuevas facetas en el personaje gracias a esta producción del Real?

C.A. : Me ha tocado madurar el personaje inmediatamente. Este año he cantado el rol en cuatro producciones distintas, con cuatro direcciones musicales diferentes, compartir escenario con cuatro sopranos también distintas y, en cada una de las situaciones, la visión del personaje ha cambiado. Gracias a esto tengo un conocimiento muy preciso de lo que puedo aportar en cada momento.

Los descubrimientos en esta ocasión del Real los he encontrado fundamentalmente en el plano interpretativo. Se me ha desvelado un Macbeth sin redención posible; éste es un malvado de verdad. Además, extrapolado a la época de la Gran Guerra como nos lo presenta Gerardo Vera en su producción, ese tiempo bélico-industrial, lo descarnado del personaje aparece con mayor énfasis. Respecto a la relación de Lady Macbeth y su marido, el asesinato de Duncan significa un cambio sustancial entre ambos; deja de tratarse de una relación pasional para convertirse en una relación orientada sólo hacia la obtención del poder y es la ambición lo único que la sostiene.

D.D. : Para concluir con los asuntos de repertorio. Kraus decía que difícilmente puede compaginarse una carrera operística con una liederística, pues en ambas se precisa de una dedicación exclusiva por parte del intérprete. ¿Eres de la misma opinión?, ¿piensas trabajar más el repertorio de concierto?

C.A. : No estoy del todo de acuerdo; hay compañeros que lo han logrado. Lo que sí es cierto es que, si te vuelcas en una actividad operística, la labor de alternar ambas facetas es ardua. El tiempo de estudio necesario para montar cinco óperas al año te impide preparar un reparto de concierto. Hay sitio para todos y una especialización me parece justa para el público. En mi caso, ahora, por mis posibilidades, debo centrarme en el repertorio operístico. Me siento muy atraído por la canción de concierto, pero no es quizás el momento más oportuno. De todas formas, me siento más cercano al repertorio español o al impresionista, como un Ravel…

“Nuestro recuerdo es siempre melancólico”

D.D. : Cambiamos de tercio. Decía Jorge Manrique que “cualquiera tiempo pasado / fue mejor” ¿Piensas que también ocurre esto en el mundo de la lírica o simplemente no tenemos perspectiva histórica de lo que vive la ópera hoy día?

C.A. : Nuestro recuerdo es siempre melancólico. Como no sabemos lo que nos deparará el futuro, a veces nos contentamos con aquello que nos regaló el pasado. Ciertamente, la serie de cantantes que aparecieron fundamentalmente entre las décadas de los 40 a los 70, no va a volver. Y no lo va a hacer porque la posibilidad de convertirte en un cantante profesional no es la misma que en aquel tiempo. Hoy ya no podemos estudiar y madurar con el tiempo suficiente los papeles.

Por otra parte, antes se daba mayor preponderancia a la voz, en detrimento de lo visual. El concepto ha cambiado, porque al público de hoy también le gusta ver, y no sólo oír, lo cual nos exige a los cantantes un mayor trabajo interpretativo y escénico. El cantante no es el de antes, “de camilla”, que salía a cantar su aria y se despreocupaba de lo que ocurriera en el escenario.

Algo característico de nuestro actual mundo lírico es que la ópera se ha convertido en un producto y aquí entramos todos: cantantes, instrumentistas, directores, etc... Hoy los productos no son duraderos; en ese sentido, me considero privilegiado ya que he podido mantener una carrera de quince años.

“La educación musical en la escuela debe ser obligatoria”

D.D. : España es un país en el que surgen talentos musicales por generación espontánea, puesto que, por desgracia, la administración pública no realiza precisamente una labor ejemplar respecto a la formación de músicos y de otros artistas. ¿Has sufrido tú esta realidad?

C.A. : Yo no puedo presentarme como un ejemplo de carrera que se haya basado en los cánones establecidos por la enseñanza regular. Me considero casi un niño mimado en el mundo de la lírica. Lo que pasa es que, no sólo yo, sino la mayoría de los que nos dedicamos profesionalmente al canto, cumplimos las mismas características al respecto…

D.D. : Eso es un mal síntoma…

C.A. : Hay mucha gente que se empeña en ser cantante, en tener éxito, pero el empeño y el esfuerzo no es suficiente. El intento no es suficiente, porque quizás éste es un mundo circunstancial y depende de la opinión de unos y otros, de cuáles sean tus cualidades, no ya vocales, también físicas (esto es un trabajo de corredor de fondo). Existe una ley natural del canto que permite, posiblemente, a los mejor dotados convertirse en los profesionales.

D.D. : Sin embargo, (y retomo el asunto de las carencias cualitativas de la formación musical en España) el problema que tenemos es que no existe una formación que cree una base desde la cual puedan despuntar los profesionales. ¿Cuál crees que sería la solución?

C.A. : En efecto, esto es así. Una solución que he repetido varias veces sería que la educación de la música en la escuela sea obligatoria. No creo que haya que hostigar a los niños con clases de solfeo que podrían resultarles tediosas. Se trata de enseñar a escuchar, de aprender a disfrutar con la música, tratarla como un campo más en el que la persona pueda desarrollarse como tal, sin necesidad de llegar a ser profesionales. Es una labor cultural, pues así se dotaría a los niños de criterio para que puedan diferenciar si aquello que escuchan es bueno o malo. Y esto no sólo tiene implicaciones respecto al nacimiento de nuevos profesionales, sino también, estaremos creando un futuro público para la industria de contenido cultural.

Afortunadamente los profesores, ahora, están muy bien preparados y saben qué es lo que quieren, pero no tiene la oportunidad de hacerlo. Hasta que en la escuela no se trate la materia con la importancia que se merece (más allá de lo práctica que pueda llegar a ser profesionalmente para el alumno), ni las administraciones municipales se tomen en serio las creación, mantenimiento y nivel de calidad de las escuelas musicales municipales, difícilmente se logrará un trabajo de base piramidal que pueda dar frutos en los conservatorios, ni dar profesionales en la cúspide de la pirámide.

De este modo, tal como están las cosas ahora, sólo aquellos que tengan unas actitudes extraordinarias descubiertas por otro, o una resistencia como de la que hablábamos antes, podrán optar por una carrera profesional. En este estado, difícilmente podrá darse en España una escuela instrumental, ni una escuela de dirección, ni en la enseñanza del canto.

El canto entendido como servicio

D.D. : Hoy cantas en el Metropolitan de Nueva York, mañana cantas en el Villamarta de Jerez. No es muy habitual encontrar primeras figuras que alternen teatros de provincias con grandes templos la lírica. ¿Cuál es la causa que te lleva a seguir actuando en pequeños teatros?

C.A. : Cuando pensaba que mi vocación era la medicina estaba tranquilo conmigo mismo, porque era un trabajo que iba a servir inmediatamente a los demás. Al descubrir mi vocación canora, no sabía de qué manera iba a poder influir positivamente en la vida de los demás. Ahora ya me doy cuenta de que el mundo de la cultura es totalmente necesario y que es tan importante alimentar el intelecto como el cuerpo. Si queremos que haya una expansión de la música y de la ópera, tendremos que ir allí donde la gente ponga empeño en que se lleve a cabo. Me siento muy orgulloso de que se pueda hacer ópera en Málaga, en Sevilla con El Maestranza como elemento fundamental del desarrollo operístico en Andalucía, en Jerez con el Villamaría, en Córdoba y en Granada. Hay que estar en esos sitios para poder decir: “Oye, esto es lo que hacemos fuera, os lo traemos para que lo veáis vosotros también”.

D.D. : La Fundación “Carlos Álvarez” en Málaga. Decíamos al principio que este apoyo nace del deseo de devolver lo que la música te ha dado. ¿Qué labor cumplirá la fundación?, y ¿qué ocupación te toca dentro de ella?

C.A. : La fundación pretende la promoción de jóvenes cantantes que presenten las cualidades necesarias para convertirse en buenos profesionales, y que eso se haga desde Málaga. Para ello, la fundación llevará a cabo una actividad pedagógica, en la que yo intervendré, e iniciativas de producción artística, que consistirían en la creación de un concurso de canto y la puesta en escena de títulos operísticos. En definitiva, una suerte de ópera-estudio. La actividad pedagógica sería complementaria a la enseñanza reglada, nunca sustitutiva de ésta. También se tiene en mente la idea de becar a los cantantes para que asistan a cursos (no tienen por qué ser de carácter vocal, sino también dramático) en otros lugares.

He intentado que el proyecto contara con un apoyo institucional fuerte. También determinados benefactores privados se sienten orgullosos de haber participado en él. El día 26 de octubre se firmó la constitución de la fundación y empezaremos las actividades a partir de la próxima temporada.

D.D. : En Málaga además…

C.A.: Así es. Pienso que es importante que la sede esté allí, pero que la actividad no tenga límites geográficos. Por ejemplo, si me invitaran a dar una clase magistral a cualquier lugar, ésta sería promovida por la fundación.

Próximos compromisos

D.D. : ¿Cuándo será la próxima vez que te veamos en el Real?

C.A. : Con “Don Giovanni” en septiembre, abriendo la temporada. Será la primera vez que trabaje junto a Lluis Pasqual, como director de escena. Volver al Real es como volver al inicio, aunque no lo fuera así. En principio, el Real iba a ser reinaugurado en 1995 con un “Don Giovanni” cantado por mí. Sin embargo, no sucedió así. Diez años más tarde lo vamos a hacer, tiempo que me ha ayudado a madurar el personaje, a conocerme más a mí mismo, y que el público pueda ver un “Don Giovanni” mejor que aquel que podría haber visto en 1995.

D.D. : Se está hablando de una gira por España, cantando “Hamlet” de Ambroise Thomas, junto a Rocío Ignacio...

C.A.: Estamos intentando que varios teatros se interesen en realizar una coproducción con “Hamlet”. Por una parte, sería una oportunidad de dar a conocer obras que no suelen producirse o que muy pocos teatros tienen esa capacidad. Personalmente, también me serviría para ampliar mi propio repertorio.

D.D. : ¿Qué otros proyectos tienes?

C.A. : Además del Gérard de “Andrea Chénier”, en la próxima temporada debutaré en “Simon Boccanegra” en París, una “Luisa Miller” en el Metropolitan y seguiré con el repertorio ya debutado, que para mí tiene mucha importancia, porque no es sólo repetir; mis circunstancias y condiciones son distintas y esto hace que la ópera sea diferente.

“El trabajo de los intérpretes es público y así debe ser”

D.D. : ¿Y trabajos discográficos?

C.A. : No hay, porque yo no siento que sea un cantante de disco. Pienso que la gente espera de mí el trabajo encima del escenario. Algunas veces me dicen que si grabara discos, se podría disfrutar de mi trabajo sin necesidad de trasladase lejos. Pero si hay que tomar la discografía como un testimonio de lo que he interpretado en el escenario, aparecerán (y ya aparecen) grabaciones “piratas” que se encarguen de dejar constancia de ello. Además, afortunadamente, los que cuelgan en Internet intentan que el trabajo sea de calidad, por lo que no me importa mucho la posproducción. Este tipo de registros muestran sin engaños el trabajo que se hizo en aquel momento. Lo único que está en entredicho sería el pago de los derechos que surgen de la interpretación de las obras de un determinado compositor y que debería ser respetado. Pero el trabajo del intérprete es público y así debe ser. Cuando se retransmite por radio una representación, lo oye el que quiere sin traba alguna...

D.D. : Un concepto casi trovadoresco de la profesión…

C.A. : Es que además los discos no dan tanto dinero. (Risas) Si, de añadido, firmas un contrato en exclusiva con una discográfica, eso te obliga a soportar una serie de compromisos y presiones por parte del mercado que, a lo mejor, uno no está dispuesto a aguantar. Quizás mi actitud es aquella de la zorra y las uvas, que como no las alcanzaba decía que estaban verdes. He tenido la ocasión de sacar discos y creo que han dado un buen resultado, pero siempre me queda la duda, si no la certeza de que podría haberlo hecho mejor, por mucho que hayamos probado.

D.D. : Alguna vez has dicho que debería darse la oportunidad al público de asistir a producciones de calidad, porque así es como se crea afición. ¿Qué tipo de acciones crees que podrían divulgar el género sin vulgarizarlo?

C.A. : Divulgar implicaría un mayor esfuerzo económico para que haya más funciones de cada ópera. En Viena la gente está encantada de que haya, como poco, dos o tres teatros con representación. Es un buen ejemplo.

Lo importante es que el “contrato” que se establezca entre el público y los que hacemos el espectáculo, se base en la honestidad, y sea conocido por las dos partes. No se debe confundir al público. Si vamos hacer un concierto de fragmentos de óperas en un estadio de fútbol, los que acudan deben saber que es eso, y que no es igual que si lo hiciéramos en un teatro.

D.D. : Decías que te sentías el niño mimado del mundo lírico. El público te reclama, la crítica te elogia, conseguiste un Grammy Latino, te han concedido todo tipo de reconocimientos: la Medalla de Oro de las Bellas Artes, el Premio Nacional de Música… Dicho así, todo seguido, como poco suena cansado; ¿te consideras un privilegiado?

C.A. : Este reconocimiento incrementa mi responsabilidad como artista; a mí esta responsabilidad no me pesa y, por ello, pienso seguir por este camino. Los premios institucionales son un indicio de que el trabajo se está haciendo bien, y te obliga a seguir así. De todas formas, nunca se debe olvidar que el primero que intenta ser sistemático, honesto y crítico con mi trabajo soy yo mismo. Personalmente, la mejor recompensa es que la gente del ámbito que me rodea, con los que comparto gran parte de mi vida (mis compañeros, los directores de los teatros, los directores musicales, etc…) se sienta cómoda y feliz de trabajar conmigo. Es muy gratificante ver la sonrisa de un compañero al que no veo desde hace un año y que volvemos a coincidir en unas funciones.

D.D. : Carlos, sin duda, puedes entonar con Fígaro aquello de: “Oh, che vita! Oh, che mestiere!”