La infancia. Quién pudiese regresar a ella, ¿verdad?. La inocencia, cuando aún no sabemos lo que nos deparará la vida, cuando el mundo es un sitio maravilloso y los demás niños son nuestros compañeros de juegos.

Muchos escritores y directores de cine juegan con la ficción de los viajes en el tiempo, pero dichos viajes son imposibles. La única forma de atravesar la marea del tiempo es usando la imaginación, pues es lo más preciado que tiene el ser humano.

Puedes ser encerrado en un cuarto pequeño y oscuro, pueden tirar la llave y tratar de olvidarte. Puedes ir todos los días al trabajo siguiendo una odiosa rutina, coger el metro o el autobús, y saludar a tus compañeros de la oficina con los que no te llevas bien. Pero siempre nos quedará la imaginación, aunque muchos digan que es el refugio de los cobardes, donde te escondes para evitar la vida real, para que no te hagan daño.

* * *

Me presentaré para aquellos que no me conozcáis. Mi nombre es Jonás y ésta es mi historia...

Supongo que mi infancia fue bastante parecida a la de cualquier otro niño, juguetes, otros niños, rabietas, varios sustos de mis padres... aunque mirándolo desde donde estoy hoy creo que fui bastante afortunado. Supongo que podría haber nacido en un país tercermundista, pasar hambre, ser un huérfano viviendo en las calles de Brasil, sufrir abusos familiares, las posibilidades de haber tenido una infancia desgraciada sonnumerosas, y doy gracias a Dios por haberme permitido vivir mi vida.

Recuerdo los fines de semana de cuando era niño. Íbamos al campo casi cada sábado, a casa de unos amigos. Tenían dos hijos de edades similares a la mía y jugábamos juntos. No sé lo que habrá sido de ellos, hace tiempo que no tengo noticias suyas. El caso es que casi siempre jugábamos a "indios y vaqueros", "policías y ladrones" o algún juego por el estilo, y siempre me tocaba a mí ser el indio o el ladrón. Ahora no le doy importancia, pero entonces aquello me enfurecía, aunque nunca decía nada, me lo guardaba dentro de mí...

Poco a poco comencé a desarrollar un mundo en mi imaginación, en el que yo era un valiente caballero, al menos así tenía la oportunidad de ser de los "buenos". En mi mente siempre había sitio para la gente a la que quería, mi familia, mis amigos... aunque siempre me reservaba el mejor personaje para mí mismo. Al fin y al cabo seguía siendo un niño.

Imaginé numerosas aventuras, liberando doncellas y matando dragones, luchando contra los malos, convirtiéndome en rey y casándome con la princesa. Otras veces era un vaquero del oeste, o un soldado luchando contra enemigos de una nación imaginaria. Incluso llegué a ser un simple bombero que entraba en edificios en llamas para salvar al gato de una niña...

Pero crecí. Poco a poco fui descubriendo cómo es realmente el mundo. Y no me gustó lo que vi. Hambre, guerra, peste, muerte, los cuatro reunidos en un solo mundo. No podía concebir la idea de que Dios permitiese que tanta maldad y dolor existiera. La televisión emitía imágenes todos los días de guerras en numerosos países, desastres naturales, niños hambrientos y sin hogar, asesinatos, accidentes, disturbios raciales... Y desafortunadamente, la mayoría de dichas escenas eran reales, no meras interpretaciones para series y películas de televisión...

Terminé mis estudios con un par de años de retraso, la vida no me motivaba por aquel entonces, no encontraba ningún motivo por el que mereciese la pena luchar, seguir adelante. Simplemente la rutina me mantenía vivo, una vida gris, sin alicientes, sin saber qué depararía el día siguiente, y sin estar seguro de si quería llegar a saberlo...

Y entonces ocurrió...

* * *

Cuando ves en los periódicos o la televisión noticias sobre terribles accidentes de tráfico, cuando te advierten de que hay que conducir con cuidado, siempre piensas que eso nunca te pasará a ti, que eres una persona responsable, que respeta las leyes de circulación.

Pero la verdad es que el accidente puede llegar en cualquier momento, y no tiene por qué ser culpa tuya. Simplemente ocurre, porque está delante de ti, en el camino de tu vida, y no puedes evitarlo a tiempo. No hay ningún motivo racional, y no puedes pedir cuentas a nadie, salvo quizá a Dios, por hacer un mundo tan cruel.

Eso es lo que me ocurrió a mí. Pasó un fin de semana, cuando volvía con unos amigos de pasar dos días en el campo. Era ya tarde, porque habíamos decidido retrasar nuestro regreso para aprovechar al máximo el tiempo. Recuerdo que íbamos cantando, tarareando las melodías de la radio, cuando de repente apareció en medio de la carretera un coche que circulaba hacia nosotros en dirección contraria. Pedro, que era quien conducía no tuvo tiempo de reaccionar, y el conductor del otro coche dudo siquiera que supiese lo que se levenía encima, pues según supimos luego iba bastante borracho. Aunque eso no me sirve de consuelo, ni entonces ni ahora.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme en el hospital. No veía nada, pero al tocarme la cara vi que tenía una venda alrededor de los ojos y parte de la cabeza. El dolor era terrible, era como si me estuviesen martillando la cabeza constantemente, pero lo peor era no poder ver. Los médicos me dijeron que no me preocupase, que todo se solucionaría y me recuperaría pronto, pero en el tono de su voz, oculto por todas esas palabras tranquilizadoras yo descubrí la verdad. Jamás recuperaría la vista.

Luego supe cómo ocurrió el accidente. Cuando golpeamos al otro coche, Pedro se golpeó la cabeza con el volante y se rompió la nariz, fue el más afortunado. Miguel, que era el que iba sentado detrás salió despedido hacia delante, atravesando el parabrisas y muriendo en el acto al caer contra el asfalto. En cuanto a mí, me golpee con la cara contra el parabrisas, y algunos cristales se clavaron en mis ojos y rostro, dejándome ciego e inconsciente.

* * *

Fue a partir de entonces cuando regresé a mi infancia, al menos mentalmente. Desde el accidente había perdido la vista, y era algo que no podía soportar. Oía voces a mi alrededor, pero no podía ver sus rostros. Estaba aislado del mundo, o al menos así lo entendía yo.

Mis amigos intentaban animarme, me llevaban con ellos a dar una vuelta, a pesar de mi reticencia. Fue una época muy dura, me negaba a aceptar lo que me había ocurrido, y me estaba convirtiendo en un ser amargado. Afortunadamente, ese tiempo pasó, y poco a poco fui regresando a la normalidad, mi ceguera aparte.

Pronto comencé a soñar, como hacía de joven, despierto. Imaginaba que podía ver, que nada de todo esto había ocurrido. Ponía rostros a las voces que oía en el autobús, intentaba reconocer a los actores cuando oía sus voces en la televisión, cuando la estaban viendo mis padres y hermanos, pues yo prefería estar en mi habitación, escuchando música a veces, meditando sobre mi vida generalmente.

Empecé a crear mi mundo imaginario. Ahora ya a nadie le importaba. Antes me decían que era de críos, pero ahora se compadecían de mí y de mi ceguera, y eso me asqueaba.

¿Acaso por el hecho de ser ciego tenía alguna dispensa especial para poder soñar? ¿Es que sólo los ciegos tenían, teníamos, ese privilegio?

Dado que era casi lo único de lo que era capaz, decidí hacer algo al respecto. Me propuse escribir, compartir mi mundo con los demás. O intentarlo al menos...

* * *

Al principio pensé que era una locura, imposible casi. Dada mi incapacidad para ver, no pensaba que podría escribir nada coherente. Siempre he sido hábil usando el teclado del ordenador o de la máquina de escribir, conocía la posición de las letras y los demás caracteres, pero no soy perfecto. No podría leer lo escrito para poder corregirlo luego.

Pensé en contratar a alguna persona para que escribiera según le iba dictando, pero luego me acordé del micrófono que tenía conectado al ordenador. Gracias a un programa de software que conseguí, podía dictarle directamente al PC.

Hice varias primeras pruebas, aunque para la corrección seguí necesitando ayuda, pero funcionó bastante bien. Y comencé a escribir. La verdad es que pensaba que escribir iba a ser más difícil, pero una vez puesto a ello resultó que era bastante sencillo. Simplemente tenía que decir lo que imaginaba y el ordenador se encargaba de convertirlo en palabras escritas.

Los días se sucedían uno tras otro, conmigo frente al micrófono, mientras el mundo imaginario, mi mundo, iba evolucionando, se desarrollaba en mi mente constantemente. Era como ser Dios, o al menos un dios, creando su obra. Algo nuevo, sin mancha ni pecado original. Un mundo donde la bondad reinaba sobre todo, simplemente por el hecho de que la humanidad, ignorante, jamás había probado el fruto prohibido, del árbol de la sabiduría. Un mundo donde el amor, la felicidad, era lo único que conocía la gente, un mundo tan dulce que llegaba a ser empalagoso. Un mundo que, en resumen, no podría existir jamás.

Y en ese mundo podía ver.

Podía ser feliz, amar y ser amado. Cosas que me estaban prohibidas en este mundo. Pues no era más que un ciego, inválido, privado de autonomía por un accidente del cuál no era responsable, pero que para bien o para mal había ocurrido.

Imaginé personas, nuevos amigos, gente que no conocía en la realidad, pero que en mi mente no tenían secretos para mí, ni yo para ellos. En mi imaginación..., en mi imaginación yo era feliz. Pero nadie puede ser feliz para siempre. Llega un momento en el que hay que despertar, aunque duela tanto que desees morir.

* * *

Mi despertar fue como volver a nacer.

Regresé al mundo de nuevo, y al igual que la primera vez lo hice en un hospital.

Según los médicos, la operación a la que me iban a someter no daba garantías totales de recuperar la visión. Me dijeron que la medicina progresaba rápidamente, pero que era incapaz de hacer milagros, "al menos todavía" bromearon.

La verdad es que puse muchas esperanzas en esa operación. Si ciego era capaz de escribir lo que imaginaba, ¿qué no sería capaz de hacer una vez recuperada la vista? Estaba dispuesto a afrontar la operación, de todos modos no tenía nada que perder y mucho que ganar.

La operación resultó un éxito. No recuperé la visión totalmente, pero sí en más de un 60%, y podía distinguir los detalles más evidentes de los objetos, aunque me costaba un poco leer el periódico. Sin embargo, con ayuda de unas lentes de contacto y unas gafas casi podía ver como antes del accidente.

Al principio tuve ligeras molestias, irritaciones en los ojos y dolor de cabeza. Pero pronto me acostumbré, y los únicos efectos secundarios de la operación eran los ojos cansados al anochecer, y sólo algunos días, principalmente cuando había estado viendo la televisión mucho tiempo o leyendo o delante del ordenador.

* * *

La verdad es que me hizo mucha ilusión recuperar la vista, pero duró poco. De repente, volvía a ver el mundo como realmente era, y no como yo deseaba que fuese.

Volvía a ser un mundo gris, sin esperanza. De hecho, ahora me parecía aún más deprimente.

Decidí seguir escribiendo, ahora con más facilidad y rapidez, dado que yo mismo podía corregirme sobre la marcha. Sin embargo, mis historias se volvieron más oscuras. Había perdido algo, y tardé mucho tiempo en descubrir el qué. Había perdido la alegría de vivir, y ni siquiera haber recuperado la visión me animaba. Fue una época terrible de mi vida, que aún hoy intento olvidar, pero no puedo. No puedo olvidarla, porque forma parte de mí, de mis recuerdos, que es al fin y al cabo lo único que nos queda, todo lo demás viene y va, pero nuestros recuerdos permanecen.

Aun así, el que mis historias se volvieran más deprimentes no fue lo peor para mí. Podía pasar sin mis historias, no necesitaba escribir, sino que lo hacía para entretenerme. Lo peor que me ocurrió fue perder mis sueños.

* * *

Ocurrió poco a poco, casi sin darme cuenta. No fue algo rápido, de decir "un día están ahí y al otro ya no", no, no fue ese mi caso. Fue progresivo. Poco a poco, mi mundo imaginario fue desmoronándose. Empezó a parecerse más y más al mundo real.

Primero fue la aparición de la desconfianza entre mis personajes, y la duda. Luego vino el miedo, a uno mismo y a los demás. Mis personajes dejaban de confiar unos en otros, ya no sabían qué hacer y a quién acudir. Se volvieron solitarios, sin esperanza.

Supongo que lo que hacía era reflejar en ellos mis propios temores subconscientemente.

Luego fue su entorno lo que cambió. Ya no era un mundo perfecto, sus colores claros y brillantes se tornaron grises, apagados. La lluvia era predominante en mis sueños, y los vagabundos se refugiaban en cajas de cartón y en los portales de las casas, huyendo del frío. Dejó de ser un mundo agradable para vivir. Ahora era un mundo real.

* * *

Intenté seguir escribiendo, recordar cómo había sido mi mundo. Releí las historias que había escrito, para intentar inspirarme en ellas, pero era imposible. Cada vez que lo intentaba fracasaba. Me daba de bruces contra el muro de la realidad, un muro que no tenía ninguna grieta para atisbar al otro lado. Un mundo gobernado por costumbres y leyes mal hechas. Un mundo que me había vencido, contra el que ninguna persona puede hacer nada individualmente, pues te oprime con el peso de millones de personas individuales que forman un todo inalterable.

Y lo supe. La humanidad había llegado a su plenitud. "Creced y multiplicáos y dominad la Tierra" había dicho Dios, ¿cierto?. Bueno, pues dondequiera que estuviese tendría que estar contento. Lo habíamos hecho. La Tierra era nuestra, y nuestra arrogancia pretendía dominar también otros planetas, al menos eso es lo que intentan a largo plazo los científicos de las agencias espaciales. Pobres ilusos. Consumiremos la Tierra, la dejaremos convertida en un lugar yermo, contaminado, ¿y luego qué?

Si Dios existe, ¿por qué lo hace?, ¿somos su juguete?, supongo que si algún cura lee esto me reprocharía mis dudas, pero soy humano. Qué le vamos a hacer. Uno ya está viejo para andarse con rodeos.

* * *

Dejé la escritura de lado. Había sido un medio útil para comunicarme con el resto de la gente durante un tiempo, pero desde que perdí la capacidad de soñar ya no me servía para nada. Ya no era fácil, y mi vista se cansaba enseguida. Así que decidí retirarme.

Me compré una pequeña casa en el campo, apartada de todo y de todos. La gente me había decepcionado, yo mismo me había decepcionado, y quería estar lejos, donde tuviese contacto con la menor gente posible.

Lo único que me mantenía en contacto con el mundo era la televisión y mi ordenador.

Gracias a ellos podía reírme de la humanidad impunemente, sin rendir cuentas a nadie.

Reírme de mí mismo, y llorar.

Deseaba recuperar la inocencia. Una inocencia que la humanidad había perdido cuando

Eva mordió la manzana en el Paraíso. Pero es imposible. Nadie es inocente. Estoy seguro de que en este mundo, en alguna parte, hay buenas personas. Tiene que haberlas, si no bien nos valdría morir a todos y dejar el mundo a los animales. Pero no hay inocentes.

Ya es hora de ir terminando mi historia.

Se acerca la hora en que me conecto diariamente a Internet. Mucha gente lo hace hoy en día, ¿qué esperan encontrar ahí? No es más que una red informática, impulsos eléctricos y una infinidad de palabras que se cruzan en ella. Sólo eso, palabras. Intentar algo más es una estupidez.

Espero que soñéis como lo hice yo. Que no perdáis esa capacidad única del ser humano, una de las pocas formas de alcanzar la felicidad que yo conozco. Espero que seáis felices en este triste mundo.

Porque ya lo dijo Calderón de la Barca: "la vida es sueño... y los sueños, sueños son".

* * *

Cortesía de Laerthes