Dios
quiere que los bienes de
la tierra sean para todos
los hombres:
“El que tenga dos túnicas,
dé una al que no tiene; El que tenga de comer,
que haga lo mismo” (Lc 3,11).
“No habrá ningún necesitado en medio
de vosotros” (Dt. 15, 4).
“No había entre ellos ningún necesitado”
(He 4, 34).
“Sabiamente habla el evangelio de riquezas injustas, pues
todas las riquezas proceden de la injusticia y uno no se puede
adueñar de ellas a no ser que otro las pierda o se arruine”
(San Jerónimo)
“El pan que hay en tu despensa pertenece al hambriento,
(...) el dinero que tú acumulas pertenece a los
pobres” (San Basilio)
“Quien envió sin oro a los apóstoles, fundó
a la Iglesia sin oro. La Iglesia no posee oro para tenerlo guardado,
sino para distribuirlo y socorrer a los necesitados”
(San Ambrosio)
“Podría ser obligatorio enajenar los adornos superfluos
de los templos y los objetos preciosos del culto divino para dar
pan, bebida, vestido y casa a quien carece de ellos”
(Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis.)