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La Iglesia, al encuentro de los pobres

La Sagrada Escritura nos recuerda que Dios escucha con gran misericordia "el grito de los pobres". La Iglesia de Dios, habitada y movida por su Espíritu, debe avivar en ella su amor misericordioso hacia los pobres, escuchando su llamada y prestando su voz a los que no tienen voz.

Hay que destacar que las palabras de condena de Cristo en el Evangelio no van directamente dirigidas a los causantes del mal que padecen los pobres. Lo que condena es el pecado de omisión, el desinterés ante los necesitados de ayuda, como en la alegoría profética del Juicio Final, o en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Ignorando al pobre que sufre hambre, que está desnudo, oprimido, explotado o despreciado, es al mismo Cristo al que desatendemos y abandonamos.

De aquí que el encuentro con el pobre no pueda ser para la Iglesia y el cristiano meramente una anécdota intranscendente, ya que en su reacción y en su actitud se define su ser y también su futuro, como advierten tajantemente las palabras de Jesús. Por lo mismo, en esa coyuntura quedamos todos, individuos e instituciones, implicados y comprometidos de un modo decisivo. La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificación o de condena, según nos hayamos comprometido o inhibido ante los pobres. Los pobres son sacramento de Cristo.

Más aún: Ese juicio y esa justificación no solamente debemos pasarlos algún día ante Dios, sino también ahora mismo ante los hombres. Solo una Iglesia que se acerca a los pobres y a los oprimidos, se pone a su lado y de su lado, lucha y trabaja por su liberación, por su dignidad y por su bienestar, puede dar un testimonio coherente y convincente del mensaje evangélico. Bien puede afirmarse que el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y del dolor, de la marginación y de la opresión, de la debilidad y del sufrimiento.

Decía San Ambrosio: "Aquel que envió sin oro a los 12 Apóstoles fundó también la Iglesia sin oro. La Iglesia posee oro no para tenerlo guardado, sino para distribuirlo y socorrer a los necesitados. Pues ¿qué necesidad hay de reservar lo que, si se guarda, no es útil para nada? ¿No es mejor que, si no hay otros recursos, los sacerdotes fundan el oro para sustento de los pobres, que no que se apoderen de él sacrílegamente los enemigos? Acaso nos dirá el Señor: ` ¿Por qué habéis tolerado que tantos pobres murieran de hambre, cuando poseíais oro con el que procurar su alimento? ¿Por qué tantos esclavos han sido vendidos y maltratados por sus enemigos, sin que nadie los haya rescatado?' ¡Mejor hubiera sido conservar los tesoros vivientes que no los tesoros de metal!".

La Iglesia está para solidarizarse con las esperanzas y gozos, con las angustias y tristezas de los hombres. La Iglesia es, como Jesús, para "evangelizar a los pobres y levantar a los oprimidos, para buscar y salvar lo que estaba perdido". Y para decirlo de una vez y en una palabra que resume y concreta todo: el mundo al que debe servir la Iglesia es para nosotros preferentemente el mundo de los pobres.

En la Encíclica Dives in misericordia escribe Juan Pablo II: "La Iglesia vive una vida auténtica cuando profesa y proclama la misericordia, el atributo más estupendo del Creador y Redentor". La autenticidad del hombre se manifiesta en su vida cuando el parecer y el obrar responden a la realidad de su propio ser. Pues bien: el Papa afirma que la vida de la Iglesia será auténtica "cuando profesa y proclama la misericordia"; es decir, cuando su actuación, que la identifica socialmente mediante su actuación visible (profesa), y el mensaje que trasmite al mundo (proclama) corresponden a su propio ser (misericordia), como participación y prolongación del Dios-misericordia.

Por tanto, la actuación, el mensaje y el ser de una Iglesia auténtica consiste en ser, aparecer y actuar como una Iglesia-misericordia; una Iglesia que siempre y en todo es, dice y ejercita el amor compasivo y misericordioso hacia el miserable y el perdido, para liberarle de su miseria y de su perdición. Solamente en esa Iglesia-misericordia puede revelarse el amor gratuito de Dios, que se ofrece y se entrega a quienes no tienen nada más que su pobreza.

Notemos, finalmente, que el Papa califica esa misericordia como el atributo más estupendo -que también podría traducirse como más grande- del Creador y Redentor. Creación y Redención son, en última instancia, igualmente obra del amor misericordioso de Dios. Por ello, la Iglesia-misericordia, que escucha y atiende el clamor de los pobres, revela en su vida lo más grande, lo más estupendo de Dios y de Cristo, tanto en la obra creadora como en la redentora.

Fragmento procedente del Documento “La Iglesia y los pobres” de la Comisión Episcopal de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Española.

El documento completo lo tienes en: http://www.conferenciaepiscopal.es/documentos/Conferencia/pobres.htm

 

 

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