CANTAR

DE

 LOS JUDIOS 

 

S

on muchas las voces que piden la continuación de las leyendas más inverosímiles que han creado la tradición oral pelaire. Sin embargo, el contraste y la verificación de datos es un largo proceso, que a este, juglar de la poesía, le cuesta transmitir. Las sombras que se crean sobre estas leyendas, dan una fe, todavía más ciega, de que nuestra tierra ha sido y será sede de civilizaciones milenarias y de culturas sin parangón. Culturas que pueden terminar encerradas en un simple cartel, sin concederles, como mínimo, las ventajas de las que aquellas gozaron.

        Entre las joyas más notables, que los judíos guardaron en su Diáspora española, está la lengua castellana. Curiosamente, buscando lejos del ágora pelaire, encontré en uno de mis viajes a una amable familia de judíos, que conservaban la lengua y las historias de sus ancestros. Su deseo de agasajarme les hizo contar una y mil aventuras, hasta que yo nombré el lugar histórico y sagrado de dónde provenía. Se miraron entre ellos y el padre de familia me desveló una historia mágica, como aquellas que los viejos pelaires cuentan en sus tradicionales tertulias culturales. Así me lo contaron y así os lo transmito.

        Nuestro personaje: Joseph Zalait, hermano del rabino de Biel.

 Joseph poseía viñedos, en lo que hoy conocemos como vernano; y una huerta con abundante agua a orillas del río Arba, en lo que hoy conocemos como Arriello. Joseph era un humilde judío que colaboraba en las tareas religiosas de su comunidad, que participaba en la aljama de su localidad y que disponía de su propio puesto en la plaza de la Caudevilla, donde sus hermanos de oración (y no), compraban los productos que con tanto esfuerzo y con tanto amor cultivaba en su jornada laboral. Pero también era un hombre polivalente, puesto que participaba en el macellum del sacrificio del cordero y de su comprobación (los judíos rechazan cualquier animal que posea un defecto en sus órganos internos); así como colaboraba en los dos hornos que existían en Biel, uno en el barrio de la Sinoga y el otro al final de la calle del Pueyo.

 Es curioso comprobar como me definían el casco urbano judío de Biel, esta adorable familia de judíos sefardíes. Me parecía estar recorriendo, con todo detalle, nuestra noble villa; a veces, me parecía ser participe de las visitas culturales que, todos los sábados del mes de agosto, nos brinda, para propios y extraños, nuestro entrañable alcalde.

 Shehitah (degüello), mazah (panadería), pan maçot (pan ácimo para la Pascua Judía) todo se seguía bajo los preceptos de la Torah, y Joseph, orgulloso, formaba parte de ese dinamismo dentro de la sociedad de la época pelaire. También, como la Torah establece, Joseph era amante de compartir comida con su familia; para ello, la mejor sala de su casa tenía una amplia mesa donde poder disfrutar, utilizando la vajilla de fiesta, de los alimentos que el señor les proporcionaba.

 Todo ocurrió un día del 1492 después de la llegada de los judíos a la península ibérica y a nuestro noble pueblo.

 Salía Joseph Zalait de su casa. Como era de rigor, los judíos, cuando salen de casa, tocan la mezuzah para estar protegidos de las maldades que el mundo puede acarrear. Pero ese día Joseph no se percató del tradicional rito y quiso la providencia que ello le marcara en su vida.

 Nuestro judío se dirigió con sus aperos de labranza a la huerta de arriello, cercana al pueblo. Absorto en sus pensamientos, Joseph caminaba entre las zarzas; cruzó el río Arba, y abrió la puerta que daba acceso a su propiedad. Se acercó a la mota para poder dar agua a sus plantas y árboles, y así pasó una media hora, hasta que la mota dijo basta. Joseph, calculador del tiempo, se dio cuenta que algo estaba pasando, ya que su mota se vaciaba en una hora. Temerosamente se acercó al embalse y se encaramó a él (tenía una altura considerable). Sus ojos se abrieron como platos, su cerebro asimiló la información que aquellos le daban y sus manos resbalaron de la repisa del estanque. ¡Dios mío!, dentro había un cadáver... Joseph se tapó la cara y los ojos aterrorizado... su finca comenzaba a darle vueltas... se atormentó y se desvaneció. No pasaron muchos minutos cuando se despertó y volvió a mirar, a pesar de su miedo, dentro de la mota: era la confirmación de aquello que sus ojos le habían transmitido. Pensó, aunque el pánico le asediaba, se tranquilizó y decidió acudir a la Caudevilla para informar a sus vecinos. Pronto acudieron veinte y con ellos el rabino, hermano de Joseph. Sacaron el cadáver y comprobaron que era un vecino de la localidad, pero no era hijo de Abraham y heredero de las tribus de Israel. Se hacía preventivo avisar a la justicia cristiana para poder establecer las causas de la muerte.

 Joseph, una vez controlada la situación, decidió algo que iba a marcar su destino. Antes de establecer el velatorio, acudió a los límites de la población judía con la cristiana, hasta la verja que separa las dos culturas y los dos barrios. Acudió a casa de David Jana, judío prestamista, valedor de muchos cristianos de Biel y alrededores y alma de la comunidad hebrea. Su razón: pedirle la intercesión ante la comunidad cristiana para hacerle la autopsia al cadáver encontrado en Arriello. Jana estableció la reunión con los judíos más poderosos de la aljama para empezar el proceso y, además, consiguió el tácito acuerdo de la comunidad cristiana para hacer lo que Joseph le pedía.

 “¿Por qué? – pregunté a mi versadora familia - ¿Por qué quería saltarse cualquier precepto de la Torah? ¿Por qué quería hacer semejante sacrilegio a su religión?

 - La mezuzah le dio la señal, me respondió. Joseph la había olvidado aquella mañana y su creencia le hizo pensar en ello.”

 Pero aún fueron mucho más allá en su increíble historia.

Joseph, conocedor de la cultura cristiana, pero sobre todo de los cristianos, quería establecer la causa de la muerte de aquel joven. Y quería hacerlo porque sabía que fuera quien fuera el posible asesino, y fuera de la religión que fuese, los cristianos harían pagar caro a los judíos aquella afrenta.

Joseph hizo su tarea. Sin embargo los jefes de la comunidad cristiana decidieron marcar, aún más, aquella situación de marginación a la que se veía acosado el pueblo hebreo en Biel y en el resto del reino aragonés.

 El año 1391 ve desatarse las crueles e injustas matanzas que asolan las juderías de Castilla, Aragón, Cataluña y Valencia, en las que perecen miles de judíos. La presión antijudía se concreta con violencia en el siglo XV y se obliga a los judíos a llevar distintivos en la ropa. Las predicaciones de san Vicente Ferrer, la disputa de Tortosa entre judíos y cristianos y la Bula de Benedicto XIII, el Papa Luna, contra los judíos, aceleran la destrucción del judaísmo español.

 Sometidos a distintivos, violentadas sus arcas y propiedades, y asesinada una parte de su población, a los judíos ya no les quedaba nada más que esperar la justicia de los cristianos. Ni siquiera escucharon a Joseph, ni siquiera a las posibles pruebas que quería aportar, para probar que jamás ningún hijo de la comunidad hebrea hubiera hecho tal aberración. Y, menos, haber puesto en el peligro de exterminación a sus hermanos de religión.

 “Las pruebas eran irrefutables” – me comentó mi ilustrado historiador;

 Hubo un silencio sepulcral. Nada se podía añadir...

 Más, mis queridos lectores, no voy a rebelar la prueba definitiva a la que llegó Joseph tras la autopsia; sin embargo recorrer la judería pelaire y abstraeros en un recorrido de sangre y de venganza, en un recorrido de odio a la cultura y forma de vivir de un pueblo, que fueron nuestros hermanos en un momento dado, os dará la solución. Y cuando os crucéis con la puerta que todavía guarda la mezuzah, recordar esta historia y seguir pensando en cual fue la prueba, que siglos atrás se descubrió y que siglos después todavía guarda su familia.

 
           
" Y cuando os crucéis con la puerta, recordar esta historia"
 Mezuzah
 
 
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