Fuencalderas en un cerro
Murillo en una ladera
Y la gran Villa de Biel
Debajo una barranquera
 
Cantar de los Belos

Sacrificios de machos cabríos, alumbrados en la noche por el fuego , hacían crear la línea etérea , para la unión entre lo terrenal y lo celestial .

 

C

on tal perspectiva, comienzo a transcribir el relato que la más insigne ágora intelectual pelaire me iba a loar, una tarde... , de esas de verano... , en aquellos lugares dónde la realidad y la ficción se entremezclan, otorgando la sinceridad de las miradas de sus narradores, a la gloria de los ignorantes conocedores de las legendarias historias de nuestro pueblo.
 
Me transmiten en primer lugar la realidad de la coplilla que se canta en pueblos de alrededor, pero también me aseguran, en segundo lugar, que es preferible nuestra posición frente a las otras localidades ensalzadas en la estrofa popular.
 
Incrédulo, dónde los haya, pregunto a qué se refieren y cuál es mi sorpresa, cuando una nueva leyenda surge en las bocas de los juglares pelaires.
 
Cuentan que entre el hombre de “Paco Pon” y Dagda “el íbero”, el asentamiento que dió lugar a nuestro pueblo, tenía una posición estratégica, pero que tenía que ser defendida, cual fiera herida, para que los bárbaros de otras poblaciones no pudieran acceder a destruirla.
 
En su huída del Jalón, se asentó en nuestra tierra un pueblo celta, conocido como el de los Belos y crearon para provecho de sus habitantes, la próspera ciudad de la que ahora disfrutamos: Belgeda.
 
Recordaban aquellas tierras a las del Jalón, dónde encontraron alimento, estabilidad y felicidad, y ni querían, ni deseaban ser expulsados de su nuevo asentamiento.
 
Desterrados de aquellos lugares al sur de Salduba, buscaron el lugar indicado para establecer la prosperidad de su pueblo.
 
Pero antes de sumergirnos en la historia, he realizado una breve investigación acerca de esta población y de cómo eran; es, lógicamente, un aviso para navegantes pues no es un pueblo, digamos... pacífico; no obstante también hubo estirpes que les asediaron y ello será relatado posteriormente.
 
He aquí cómo nos describe Estrabón las costumbres de los antiguos pueblos hispanos
«Todas las tribus de la montaña viven de manera sencilla, beben agua y duermen sobre el suelo desnudo.
Los hombres llevan el pelo largo, como las mujeres; durante la pelea se lo atan con un frontal. Comen preferente carne de cabra; a su dios de la guerra le sacrifican un macho cabrío y asimismo los prisioneros con sus caballos.
Organizan sacrificios en masa (hecatombes) de toda especie, como los griegos. Les gustan también los desafíos, tanto gimnásticos como en armas y a caballo, y se ejercitan en el pugilato, en el tiro y en la lucha en bandos.
Dos tercios del año viven de bellotas, que se secan, machacan, muelen y convierten en pan, a fin de tener provisiones. También tienen cerveza. Les falta vino; pero si alguna vez logran poseerlo, lo beben pronto, organizando para ello una fiesta del clan. En lugar de aceite usan manteca. Para comer se sientan en un banco adosado a la pared, según edad y rango; el manjar da la vuelta. Para beber se sirven de vasijas de madera.
Cuando están embriagados bailan una danza en círculo, al son de la flauta o el cuerno, durante la cual saltan y se arrodillan.
Su vestido consiste, por lo general, en una capa negra, sobre la que duermen en el suelo; pero las mujeres gustan de trajes abigarrados.
En lugar de monedas usan objetos de cambio o rudas piezas de plata. Los condenados a muerte son despeñados de lo alto de las rocas, y al parricida lo apedrean delante del a frontera del país.
Tienen una sola mujer, como los griegos. A los enfermos los colocan junto a un camino, por si pasa alguien que entienda la enfermedad.
Usaban barcos de piel a causa de las inundaciones y pantanos, así como también piraguas.
Su sal es roja, pero se vuelve blanca triturándola.
Esta es la vida de las tribus montañesas, entre las que comprendo los combatientes de la región nórdica: los galaicos, astures, cántabros, hasta los vascones y los Pirineos. »
 
Son puros datos, que pueden ayudar a conocer mejor el pueblo que nos precedió en el tiempo y que creyó, que nuestra tierra era un lugar estratégico para vivir.
 
La leyenda surgió y de ahí la coplilla que introduce este relato.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cavidad, que el dios de la montaña creó, para el pago de su bendición .

 

Cavidad, que el dios de la montaña creó, para el pago de su bendición .

 
Dicen mis contertulios, que si tú te sitúas en la actual torre de Biel, considerando como centro de la población dicho parcheado monumento pelaire, nuestro pueblo, tiene una muy buena zona defensiva por naturaleza. Sin embargo queda una pequeña brecha establecida en el sur de la población y que podía ser la más desprotegida.
La obsesión de los belos no era otra que tener controlada las fronteras artificiales para que nadie pudiera acceder. La vigilancia iba a ser la dinámica de la vida beluna, aunque la naturaleza dominaba la frontera y era hora de que, en el punto más débil, se le diera a la naturaleza lo que era de ella, para que pudiera vivirse en armonía y paz.
A medida que me relatan las proezas de los belos, comprendí mejor que Estrabón definió perfectamente a estos pueblos celtas de los cuales no puede huir el nuestro.
Karaues era el pueblo enemigo, sanguinario donde los haya y cruel donde los hubiere. De esta magnífica nación se defendían los pobladores de nuestro actual “Barranco” o villa.
Sin embargo la vida transcurría feliz, dentro del toque de queda que existía. Se trabajaban las armas para la guerra y ya hemos visto que la recolección de bellotas (amplia todavía en nuestra actual lugar de residencia) era su principal alimento, junto con el de la cría caprina.
Belgeda se mantenía en constante contradicción entre el duro que hacer diario y la vigilancia constante de la única entrada posible en la población celta.
Cuentan mis entregados documentalistas, que los belos fueron un pueblo muy violento...
En la noche del 31 de octubre de nuestro actual calendario, pero sagrado para el pueblo celta, revivían las almas de los antepasados lugareños, de las poblaciones que se vieron obligados a conquistar.
En los días anteriores a tan crucial fecha, el druida del lugar dió sus predicciones y tras una borrachera nocturna de imágenes, advirtieron al pueblo belo de lo que allí iba a tener lugar.
El viento soplaba por el barranco que nuestro río riega y el eco de las ánimas predecesoras, hacía presagiar una noche sangrienta de almas errantes.
En los días previos al 31, los golpes de los martillos creaban y daban forma a las armas para el combate.
Lunova, mago de la tribu celta, presagió la lucha en un lugar muy cercano a la población, siendo además la zona más desprotegida.
Akim, señor de la guerra del pueblo belo, seguía con atención las indicaciones del mago. Recordaba Akim las batallas por mantener la antigua Segeda y cómo era fundamental aliarse con las almas de sus antepasados, para poder crear la línea mágica, etérea y supranatural, que diera la victoria en la batalla.
Lunova dió la orden y todo el pueblo se reunió en torno a la piedra sagrada, para hacer el llamamiento pertinente, para conseguir la brillantez en la lucha.
En la noche estrellada se acercó Belgeda completa, al menhir sagrado y en él se iba a sacrificar a los espías Karaues, que habían sido capturados.
De debajo de su capa, el hechicero sacó el cuchillo mágico de Lugh, dios del sol, y su filo brilló en todas las montañas de nuestra tierra, como una luz incandescente.
Uno a uno, y fueron siete, seccionó, con su afilada arma, las gargantas de sus enemigos. La sangre corría por la piedra mágica, como ríos de color púrpura, depositándose en las cavidades que el dios de la montaña había creado como pago de su bendición. Tras ello, todos los habitantes de Belgeda, marcaron su piel con la sangre del enemigo, combatiendo el desfallecimiento y naciendo de ello el valor que era necesario para la batalla.
Llegó la madrugada... , los combatientes al son del cuerno se arrojaron sobre el enemigo... , las espadas brillaban al sol de la mañana... , la sangre corría por sus manos, brazos... , el odio presidía la lucha... , el verde de los campos, se tornaba en rojo de maldad... , la humanidad llegaba a su sentido más animal... , el orgullo de ser Belo era más importante que todo lo que se podía dejar detrás... , no quedaba tiempo para el dolor... , sólo había que entregar las vidas que el dios de la montaña exigía... la piedad no existía... , el triunfo estaba cada vez más cercano... , el metal sesgaba la vida de los hombres, pero no el de sus almas... , y la eternidad les estaba esperando...
Qué gran pueblo, qué batalla sin par... , la victoria era suya , los Karaues que aún quedaban con vida huían en desbandada...
Esa noche, día 31, día de difuntos en la actualidad, día de las almas despiertas, renació el recuerdo de la batalla en la frontera más débil.
Las lágrimas por los muertos en la lucha, bañaban la piedra mágica sobre la que todavía quedaban restos de la sangre del enemigo. El mago dió gracias a los dioses y entregó a la historia la leyenda más sangrienta, que jamás pudiera recordar, la tradición oral de nuestra tierra.
Con lágrimas en los ojos por tan sanguinaria lucha, para mantener nuestra historia, sólo quiero recordaros, mis estimados lectores, que todas esas imágenes de la lucha del hombre, por la defensa de una frontera y de la integridad de un pueblo, son vistas en la noche de difuntos en la piedra mágica de Biel, que es conocida con otro nombre y que no recoge el sentimiento ni la fusión de lo terrenal y lo celestial, del hombre y de la naturaleza.
Supongo que sabéis el lugar; pero ahora, cuando vayáis a pasear hasta allí, recordad este viejo cantar y veréis con otros ojos las imágenes que atormentan la conciencia y desgarran la voz, de los viejos escultores de versos pelaires.
Este humilde juglar, recoge el espíritu de la montaña a través de sus sabios cantares y debe revelar todo aquello que el silencio de la historia evita, porque la historia está llena de violencia y debe recordarse para no volverla a cometer.

Menhir sagrado de Biel, que ampara las almas de nuestros antepasados .

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