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CANTAR DE LA HILANDERA DE LA REINA
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el mismo modo que el cestero utiliza los mimbres para confeccionar sus obras, de la misma manera que la hilandera prepara el hilo o la lana para realizar sus labores, el narrador emplea sus datos para interpretar la historia y transmitirla a los demás. Y dentro de estos últimos, aparece su fiel servidor, para componer, a través de sus leyendas y cantares, los magníficos y estupendos relatos que dejan sin habla y sin divulgación a aquellos sus lectores, Así es, escépticos lectores, así es... no podía ser en otro lugar que el foro por excelencia de nuestra magnífica villa, ese foro que mañana, tarde y noche es un hervidero de pasiones, un remolino de juventud y un torrente de canas al viento, en el que se fraguara esta gesta, que no es mía, como narrador, sino de todos aquellos que aprecian, sin igual y sin diferencias, la historia de nuestro maravilloso y diferente pueblo. Así lo narraron y así os lo cuento... Felicia, nuestra querida y añorada Felicia, cuan joven abandonó su tierra francesa para formar parte de los destinos de nuestra tierra aragonesa.; cuan joven tomó matrimonio con el más grande de los reyes aragoneses, Sancho Ramírez. Felicia, hija de condes y biznieta del Rey de Francia, Roberto el Piadoso, era la menor de nueve hermanos. Huérfana de padre a temprana edad, fue su hermano mayor quien concertó matrimonio con nuestro noble rey Sancho... Pero esta no es la historia que nos interesa. La historia va mucho más allá, para dejar perplejo a todos aquellos que dudan de su autenticidad. Dicen mis sabios contertulios, que Sancho Ramírez debía preparar la dote que aportaría a su matrimonio. Su dote iba a ser en tierras y dominios, entre ellos se encontraba la residencia que iba a ver nacer a su magnánimo hijo Alfonso. Sin embargo, reflexivo como era nuestro antiquísimo Rey, pensó que uno de los regalos proporcionados a lo dote debía de ser algo incomparable a los tradicionales, elemento diferenciador de las clásicas; algo inusual y a la vez apropiado para tales eventos y que iba a dejar plasmado el cariño de su nuevo reino y de sus nuevos súbditos en su futura Reina. Sancho había observado como manufacturaban la lana y el lino, como lo hilaban y como tejían en nuestra querida Villa y ello le llevó a pedir a sus vasallos el regalo que incluiría en la dote para su esposa. El Rey tampoco podía imaginar el empeño que los villanos pelaires iban a poner para dar gusto tanto al Soberano como a su futura esposa. Es así que pusieron manos al asunto y comenzaron a recoger, en su tiempo, todo lo que la naturaleza proporciona a sus respetuosos beneficiarios. Día tras día, iban, nuestros ancestros, a recoger tan preciados elementos al lugar más recóndito, pero de mayor belleza, que nuestro agreste paisaje tiene. En un paraje sin igual, creado por la propia naturaleza para deleite de Dios nuestro señor, encontraron los materiales con los que confeccionar el que iba a ser el traje de novia de la próxima Reina; además encontraron las plantas que con sus apreciadas semillas servirían para teñir y dar color a todos los complementos que formarían parte del ajuar y que como dote, recibiría Felicia. Campo la Seda le llaman nuestros sabios contertulios. Me lo definieron como el mayor placer visual que cualquier persona que se precie debería visitar, desde la cercanía o desde la lejanía; me lo mostraron como la mayor riqueza en productos naturales de toda la comarca; sin embargo, lamentaron que todo aquello que fue se quedó en nada, aunque afirman que cuando las nieves aparecen en Biel, la propia naturaleza deja, en aquel lugar, su manto, recordando que de allí surgieron todos los más preciados elementos que Felicia de Roucy llevó el día de su boda. Sin embargo, y así se lo hice ver a mis contertulios, esta comunión entre la naturaleza y sus usufructuarios no es nueva en el mundo de las leyendas y, ciertamente, no aportan nada nuevo a éste, su narrador internaútico, que pueda convencer a su incrédulo público. La respuesta no se hizo de rogar... “Mi querido muchacho, escribiente de nuestra memoria, no es esta comunión la transcendencia en esta leyenda... muchas veces tu inquietud te traiciona... escucha”. Cuentan que una de las hilanderas que tejía el vestido nupcial quiso hacer un maravilloso encaje, que fuera único y que nadie lo pudiera copiar. Cuentan que aquella artesana desapareció la noche en que terminó tan precioso atuendo y que con ella se llevó el secreto del calado, para que nadie fuera capaz de copiarlo, aunque, también dicen que aquella hilandera se llevó la copia que le había servido de patrón, para poder afirmar que ella confeccionó el dibujo que con sabia maestría el traje de la Reina. Siglos después, en una casa que se estaba rehabilitando, encontraron dentro de un arca, una muestra textil a la que no dieron mayor importancia. Sin embargo por la calidad del tejido y de sus materiales comenzaron a sospechar que aquella muestra tenía un valor añadido que nadie sabía expresarlo. Dicen los poetas pelaires de tertulias interminables, que todavía se teje y se hacen labores, ya sean a ganchillo, a bolillo o en cualquier expresión del arte manual, que todavía se curten artesanalmente las fibras textiles, que los olvidados telares vuelven a engranar sus mecanismos, que las ruecas vuelven a girar como un intento de querer volver a hilar la historia y que ello es una herencia de aquellas, nuestras más que tatarabuelas, que fueron las que otorgaron el mejor regalo que se le puede hacer a un Rey y a una Reina. Y como siempre os digo, desconfiados lectores, acercaros a los muros, a las espesas paredes... dejad correr vuestra conciencia e imaginación, expresar en vuestro cerebro los sentimientos que insinúan nuestras recias paredes y comprobaréis, una vez más, que la verdad está ahí en forma de muestra y con la fecha de su hallazgo.
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