CANTAR

DE

SANTO CRISTO CERRO

 

 

D
 
 

icen que el amor es un estado de gracia en el que el ser humano se recoge en una forma encantadora que, a veces, llega a la locura, y que transforma las situaciones más reales en sueños, las verdades en mentiras y lo temporal en atemporal. Dicen que el roce hace el cariño y la distancia el olvido. Pero ¿qué ocurre cuando gentes venidas de mundos y culturas distantes consiguen la armonía de sus sentimientos?.

        La leyenda que ahora transcribo puede rememorarnos otras leyendas; sin embargo, el valor de ésta es el que llenará el corazón de los pelaires de pro y les hará comprender que nuestro pueblo alberga personajes, lugares, situaciones y amores que nadie, ajeno a nosotros, jamás podrá comprender.

        Una vez más me sitúo en el foro pelaire para escribiros lo que estos oídos escucharon, para que Uds., mis queridos lectores, puedan disfrutar de la lectura, tal y como yo disfruté en el jardín de versos pelaire.

Cuentan que tras la batalla del Alcoraz, la familia de los Corneles trajo las riquezas que el árabe tenía en Huesca. Pero la guerra es cruel y ella se lleva la vida de muchas personas, dejando huérfanas y sin futuro a muchas de ellas.

La riqueza más grande que dicha familia entregó, en esclavitud y servidumbre, fueron las mujeres que apresaron tras la batalla. Pero no sólo mujeres, hechas y derechas, iban a formar parte de la corte pelaire, sino también niñas y adolescentes que engrosarían el servicio dentro de la corte.

 Niñas y adolescentes que se convertirían en mujeres con una fuerte cultura musulmana, con una fuerte connotación del amor a sus tradiciones y a sus raíces. Sin embargo, todo ello parecía que iba diluyéndose dentro de la educación cristiana tan marcada, en la que se impregnaba toda su vida.

Entre esas niñas que mujeres se hicieron estaba Zakkat... pelo negro, ojos como el carbón, piel morena y mirada de reina mora: su belleza no tenía parangón. Su infancia estuvo marcada por las dos culturas: la cristiana, a la que le obligaba la corte y la musulmana que, a escondidas, le transmitían aquellas mujeres que fueron arrebatadas a sus amados esposos tras la batalla. Zakkat asumía en su personalidad, la pasión de las dos culturas, entregándose fielmente a los sueños que sus lenguas le enseñaban, puesto que de las dos formaba parte. Y, en este aprendizaje, pasaba la vida de nuestra heroína sin más.

Pero los reyes quieren siervos y, nada mejor, que hacer que su propio servicio procreara para que todo formara parte, sin mucho aprendizaje, de su propia corte. La esclavitud era asumida por el reino de nuestra localidad como eterna, a ella se le debía servicio porque así lo quiere Dios nuestro señor, al que le debemos obediencia dentro del mundo cristiano. Así dado, pronto buscarían a un esclavo dentro de la corte o de una corte alejada para que disfrutara, cristianamente, de los encantos de nuestra mora de la morería.

... Día de alborozo... la corte festejaba la victoria en una nueva batalla contra el musulmán y nuestra noble villa se entregaba a las celebraciones más variopintas: malabaristas, músicos y, como no, juglares, venidos de la rancia Castilla, y trovadores venidos de la delicada Provenza. Los festejos llevaron unos cuantos días, sin embargo muchos de estos artistas de la farándula medieval, decidían quedarse durante una época para deleite del pueblo, repitiendo, sin pudor, halagos de los antiguos, unos, y trovas al amor, otros.

Entre ellos llegó Fuluh, trovador de los reyes de Provenza y de las cortes más afamadas del mediterráneo. Sus trovas, famosas donde las hubiere, habían llenado de placer y de sentimiento los corazones de muchos cortesanos y a ellos entregaba su vida de peregrino, puesto que apatrida se sentía: su casa, el suelo que pisaba; su techo, el cielo estrellado; la noche, su sueño; el alba, su despertar.

Tras su enorme éxito en la corte pelaire, Fuluh decidió, en agradecimiento al trato recibido, permanecer en nuestra real villa. Pero no era sólo el que los habitantes le quisieran, sino el amor, al que tanto le había cantado, el que quedó prendado en su corazón al ver esos maravillosos ojos negros.

Su amor era correspondido, pues la bella Zakkat le sonreía en el cruce de sus miradas y los dos se transmitían el más puro de los sentimientos. La sierva mora y el joven trovador se complementaban y se transmitían el amor que se sentían, sin embargo las circunstancias de la joven Zakkat le impedían el acercamiento final.

Pasaban horas contándose y cantándose sus vidas y jugaban con los versos sin ningún recato. Nuestro río, nuestro eterno río, con sus cantos rodados y su agua cristalina, era su fiel valedor, su más fiel confidente. En sus orillas, en los verdes prados daban rienda suelta a sus sentimientos. La corte les miraba con recelo y así transmitía Fuluh con connotado estilo trovadoresco y, en masculino, para no ser descubierto, su amor a Zakkat:

Levad, amigo, que dormide las manhaas frias:            
Toda las aves do mundo d’amor dizian.                   
Leda m’and’eu                                   
Levad, amigo, que dormide las frias manhaas:            
Toda las aves do mundo d’amor cantavan.
Leda m’and’eu
(Levantaos, amigo, que dormís las mañanas frías,
Todas las aves del mundo hablan de amor
Alegre ando yo...
Levantaos, amigo, que dormís las mañanas frías,
Todas las aves del mundo cantan de amor
Alegre ando yo...)

Zakkat no podía otorgarle su vida, así que sus jarchas dejaban entrever su fatal situación:

Gar, ¿qué fareyo?
¿cómo vivreyo?
Est’al-habib espero,
Por él murreyo.
(Dime, ¿qué haré?
¿cómo viviré?
A este amado espero,
Por el moriré)
¡Amanu, amanu, ya l-malih! Gare
¿por qué tú me queres, ya-llah matare?
(¡Piedad, piedad, hermoso! Dí
¿por qué tú quieres, ¡ay Dios!, matarme?)
¡Tanto amare, tanto amare,
habib, tanto amare!
Enfermeron olios nidios
E dolen tan male
(¡Tanto amar, tanto amar,
amado, tanto amar!
Enfermaron mis ojos brillantes
Y duelen tanto)

... Así pasaban los días, y Fuluh no abandonaba la localidad. Su amada, Zakkat, le llevaba las viandas con las que poder pasar su atormentada vida. Todos los días, sin falta, Zakkat se dirigía camino de Pozo Tronco hasta lo que conocemos como “Detrás del cerro”. Allí, Fuluh se había hecho fuerte en la ermita de “Santo Cristo en el Cerro”. Pasaba los días esperando a su amada, mientras compartía su sentimiento con Dios nuestro señor. Hasta que en la noche de San Sebastián, las noticias que le llegaron le hicieron desesperar a su corazón. El cuerpo de su amada era entregado a un siervo del rey, pero él sabía que no su amor. La tristeza le embargó, sus lamentos se mezclaban en el recio viento... subió al pico más alto del cerro y de allí se arrojó.

Biel Santo Cristo Cerro

Dicen mis queridos versadores que la sangre de Fuluh corrió por el Arba hasta llegar a las orillas de la villa y viéndola Zakkat decidió compartir la eternidad del amor sesgando su corazón. Y así me cuentan: “dicen que en los recodos del río, allí donde quedaba impregnada la sangre de los dos jóvenes amantes, nacían flores que transmitían la felicidad y el amor, que la tiranía de la incomprensión había destrozado en la vida terrenal, pero nunca en la espiritual”.

Mis queridos lectores, cuando arranquéis alguna flor a la orilla del Arba, no la arranquéis solitaria, arrancar dos para que perviva en vuestra mano el amor de Fuluh y Zakkat.

 

Y, así, que, mis queridos vecinos pelaires, cuando en el día de San Sebastián disfrutemos de nuestra compañía alrededor de la hoguera, escribir en un papel vuestros poemas de amor y quemarlos para que, todos aquellos maravillosos sentimientos, se esparzan por nuestras inhóspitas y agrestes montañas, consiguiendo, entre todos, que nuestros jóvenes amantes no se sientan tan solos.

 

 

 

 

 

 

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