CANTAR

DE

LOS HERMANOS ALMOGÁVARES

 

 

 

N

o hay más que recorrer el cauce de nuestro río para en un momento de silencio acuático y entre “Lezas” que sirven de recogimiento, encontrar en el sonido del aire los trazos de la historia verdadera, las pinceladas de las leyendas más profundas... nacidas de la tierra y elevadas a su mayor exponente en el verbo de sus narradores.

Mis queridos lectores, oyentes o como os queráis definir, comenzamos una nueva narración en el tiempo actual del legado de nuestras montañas, pues a ellas nos vamos a remitir ya que de ellas nació.

Como siempre, en uno de esos relajantes paseos por la tersa y, al mismo tiempo, agreste orografía de nuestra villa y de su entorno, me encontré insertado en una nueva tertulia tradicional que hacía referencia a nuestra más antigua estirpe. Todavía no estoy recuperado de las anteriores y me veo en una nueva... qué grande es el ser humano.

Finales del Siglo XIII, las fronteras con el invasor musulmán están cada vez más definidas. Nuestro torreón, fuerte donde los haya, sirve como luz de la espiritualidad cristiana. Sin embargo, la defensa contra el bárbaro es cada vez más difícil y aquí surge la historia legendaria de dos hermanos, hijos de la montaña y herederos de la naturaleza, que llenarían de orgullo los oídos de nuestros ancestros y de gloria a la comunidad.

Cuentan que estos dos hermanos vivían en las montañas donde pastoreaban. Como muchos de sus compañeros de trabajo, la soledad familiar impregnaba sus vidas y, aunque sobrevivían, deseaban poder y gloria. Ellos, a su vez, oían de sus abuelos las leyendas que glorificaban la tierra que ellos recorrían. No les era ajeno Dagda, al cual se le veneraba y al que también se le recordaba como un gran afortunado por ser el punto de referencia de muchas actitudes ante la vida. La fortaleza física y moral, el ánimo generoso y valiente, la resistencia al dolor y a la fatiga, la arrogancia y el desprecio de la vida, son rasgos definitivos heredados de los íberos y amplificados en la historia de estos dos hermanos: Armantes, el mayor y Aribete su hermano menor.

Su vida transcurría en los pastos de la Sierra de Santo Domingo, veneraban a San Esteban de Orastre y allí corría su monotonía. No obstante, cuando su dedicación se lo permitía, acudían al poblado para llevar animales a su señor y, al mismo tiempo, recoger víveres para los bucólicos días en la Sierra. Eran los dos hermanos de estatura media, pero muy fornidos, característica que habían adquirido a través del duro trabajo de la montaña.

Ocurrió un día, los dos hermanos habían oído comentarios y rumores en su desplazamiento al poblado. El silencio de la noche, en torno a una hoguera, hacía que aquellos comentarios adquirieran un mayor valor:

 Hermanos de la Sierra se iban a unir para luchar por los pastos del sur y quitárselos al invasor, al invasor musulmán, aunque esto último tanto a Armantes como a Aribete les tenía sin cuidado.

La noche les llevó a preparar una estrategia que les llevaría a salir de las montañas y alcanzar su mayor esplendor personal y de renombre para la gloria del pueblo.

Por lo visto, en el mercado del pueblo, las gentes que negociaban en el sur con los musulmanes, habían oído de las futuras incursiones en la montaña para hacerse con el poder total y prolongar en la tierra la doctrina de Mahoma. Los dos hermanos entendían que su medio de vida se vería sometido si el invasor se hacía con los pastos para su ganado.

Al mismo tiempo, escuchadas las arengas y siguiendo a su señor, podrían hacerse con más pastos y, por supuesto, verse con la posibilidad de prosperar económica y socialmente. Almogávares era la palabra clave y en ella se vería resumido el valor, la entrega y la defensa del territorio, aunque también el de la bolsa.

Armantes y Aribete se convirtieron a la nueva religión de la montaña sin pestañear, fueron unos almogávares más, pero sus historias se elevarían en las corrientes del viento.

Una docena de pastores serían suficientes para desplazarse de norte a sur, haciendo pequeñas incursiones para conseguir mellar las tierras musulmanas y crear el pánico entre sus habitantes. Uno o dos días, dependiendo de las tropas del Corán, permitían a los pastores saquear las poblaciones y las propiedades del sur.

      Así me resumió la Crónica de San Juan de la Peña uno de mis queridos contertulios: “Cubrían su cabeza con una red de hierro que bajaba en forma de saya, calzaban abarcas, y vestían pieles de fieras que habían matado en los montes. Sus armas eran la espada colgada al hombro, un corto y afilado chuzo y dos o tres dardos o azconas, que arrojaban con tal fuerza que atravesaban escudos y armaduras de parte a parte. Dormían en la selva, acometían al enemigo lanzando alaridos espantosos y en un zurrón llevaban la comida: pan moreno, hierbas y frutas. Esos valientes eran los almogávares, los hijos de la montaña”

Digno de la fortaleza aragonesa.

Las incursiones en las tierras sarracenas se hacían cada vez más frecuentes... y pronto llegaron las hazañas de nuestros dos hermanos a los oídos de los almogávares del oeste.

Empezaron a organizarse cada vez más; empezaron a aumentar en número; y empezaron a ser más feroces... las raíces de la tierra se ramificaban en nuestros rudos personajes: la sangre corría por donde nuestros ancestros pasaban; sanguinarios como vampiros, deseosos de batallas, aniquiladores de almas y despreciadores de la vida, sin miedo a la muerte.

Curiosamente la lucha contra el Islam dejaba marcada su situación; el nombre, que recibían tales partidas (almogávares), provenía de la lengua del infiel y también la situación en la que se colocaron Armantes y Aribete con respecto a sus compañeros de batallas: “adalid” para el mayor y “almocádene” para el menor. El guía, el jefe máximo iba a ser Armantes; el lugarteniente sería Aribete.

Sin embargo la historia me parecía de lo más corriente, ya que en los estudios que hice de los almogávares encontré que la historia se repetía constantemente desde los montes asturianos y leoneses hasta aquellos de los condados catalanes. Pero cual fue mi sorpresa cuando los versolaris pelaires añadieron la sal y la pimienta que faltaba a esta historia. ¿Por qué habían conseguido tal prestigio entre las huestes de las montañas y con tanta facilidad? ¿Y por qué se habían vuelto tan violentos y menospreciaban de esta manera la vida?

Dicen mis contertulios y sabios narradores, que en la propia naturaleza está la solución. Cuentan que ambos, Armantes y Aribete, en la noche que gestaron las incursiones con otros compañeros, se acercaron al pueblo. Dicen que recorrieron el cauce del río Arba, legendaria fuente, purificándose, sin embargo su ambición era tal que cuando llegaron a unos quinientos metros de nuestra insigne Villa se entregaron al ángel caído y a su morada...

             Despierten mis apreciados lectores u oyentes. Dicen que la morada sigue allí, firme, en pie... como una prolongación de nuestras montañas, con su forma particular, con su dominio sobre la cuenca de nuestro río... Peña el Infierno les iba a dar el último baño a su alma cristiana, para convertirse en unos desalmados y obtener todo lo que deseaban. Iban a luchar contra el Islam siendo unos demonios del cristianismo, al grito de “DESPERTA FERRO”.

 

 

      
           La leyenda terminaría aquí, sin embargo el corrillo de intelectuales pelaires añadió una serie de datos más: Armantes desapareció en una incursión que se hizo por las montañas de Calatayud, allí tiene una Sierra con su nombre. Aribete... es parte de otra leyenda que transcribiré más adelante, pues sus aventuras fueron mágicas, aunque acompañadas de la espada de Satanás.
            Aquí termina otra historia pelaire para gloria de nuestra tierra. Ahora es a Uds., mis maravillados y confundidos leyentes, de ir a Peña el Infierno y escuchar el susurro del aire diciendo que os aproximéis a buscar la eternidad y a bañaros en sus aguas para lograr todos vuestros deseos. Y recordar que la Peña sigue taponando y obligando al río a desplazarse de lado, a pesar de que el tiempo haya herido, un poco, su estructura.
 

 Biel página inicial