CANTAR

DE

LOS CORNELES

 

 

 

M

iren uds., mis queridos lectores, sigo paseando por nuestra magnífica villa y voy descubriendo cosas a las que en la infancia no prestaba atención, pero ahora, una vez pasada la adolescencia, me interesan, me cautivan y reflejan en mi cerebro muchas aventuras que son, cada vez que hablo con el ágora pelaire de historias orales, ratificadas por sus sabios cuentos que, una vez más, quedan reflejados en papel para todos nosotros y para generaciones posteriores.
 
Narración del Siglo XIII. En Biel ya han ocurrido ciertas cosas, sino leer las leyendas antes transcritas para observar ese dominio. Siglo XIII que comienza a ser el reflejo de una sociedad conquistadora por una parte, pero nublada por ese mismo poder de expansión por otra. Los almogáraves han hecho un gran servicio al rey y a la corona de Aragón. Ya han pasado los tiempos de las bodas con niñas, como la de Doña Urraca y el conde de Barcelona, Berenguer. Sus descendientes deben ampliar la obra comenzada en las faldas del pirineo y del prepirineo aragonés para dejar herencia a los respectivos sucesores y éstos ampliarla. Pero no nos vamos a centrar en ello, sino que vamos a contar la leyenda más espectacular que pueda haber en el orbe pelaire.
 
1276, el Rey Jaime I fallece. ¡ El Rey ha muerto ! ¡ Viva el Rey !, exclamaban los vasallos de Don Jaime. Su hijo, Pedro, accede al poder a la edad de 36 años. (El príncipe Carlos de Inglaterra ya los ha pasado y el nuestro le va a la zaga). De todas maneras, breve fue su reinado, pero no por ello intenso. Como ocurre en las herencias divinas o dinásticas de sangre, siempre hay algunos que reclaman para sí mismos esos disfrutes. Así que el nuevo Rey, coronado como Pedro III el Grande, se vio inmerso en una serie de revueltas y vicisitudes con las que debió cargar durante todo su reinado. 80 nobles, 66 ciudades y cuatro comunidades de aldeas del Reino de Aragón se sublevaron contra el nuevo encargado de regir los destinos de nuestro reino. Todos estos elementos se unieron en una gran asamblea en Tarazona para dejar claro que ellos eran los herederos de los derechos y de la representación de la Corona aragonesa.
 
1285, ¡ El Rey ha muerto ¡, ¡ Viva el Rey ¡.  Alfonso III hereda el Reino y todos los problemas. Asamblea y Cortes en Zaragoza. El nuevo Rey gestiona perfectamente a los hijosdalgo y les encomienda a ellos la dirección de las tropas aragonesas después de haber engrandecido la Corona con la conquista de Menorca.
 
Cantan los viejos lugareños:
 
Alfonso III, el liberal
Querede corresponder a su fieles
Grandes señores vienen de Luna
Don Rodrigo Jiménez y Don Ferrenc,
Uno viene de la plana d’Eyerbe
El fiel vasallo Blasco Jiménez,
Jaime Pérez viene de Entenza
Y Don Jimeno de Urrea,
Y para mandar, uno de Biel,
Que no es otro que Pedro Cornel.
 
En este romance se deja clarificado los fieles vasallos que Alfonso III supo hacer suyos y otorgarles los destinos militares del reino. Sin embargo, los datos que me transmiten (a veces me faltan las palabras para elogiarlos) mis instruidos maestros de la historia pelaire, dicen que los romances recogen el aquí y el ahora de la época, buenas interpretaciones de los momentos históricos, pero que, a veces, sólo valen en el instante, para que los juglares exalten y loen lo que el estado desea reflejar. Sin embargo, todos los del romance y otros tantos Señores se volvieron a sublevar. El Rey morirá sin conseguir dejar el Reino pacificado.
 
La historia se repite en su cíclica aventura, así que a Rey muerto, Rey puesto. Nuevo Rey y nuevo número: Jaime II, hermano del anterior, ya que sin herencia dejó el Reino. Y a gobernante nuevo, política nueva y romance nuevo.
 
Aprendió de su hermano,
El hijo de Reyes de Aragón,
Tomó decisiones sabias
Y también se equivocó.
Desposeyó a los vasallos
De las tierras de su amor,
Sumió en el ostracismo
A los que el poder sublevó.
De aquí nacieron leyendas
Que el mundo conoció.
 
Terminaría aquí una nueva leyenda, pero no más lejos de mi intención y de la verborrea que se extendió en el contadero de historias.
 
Huyeron los ricos hombres, con pocas pertenencias. Sin embargo guardaron sus escudos, sus espadas y su fortaleza. Y fueron en un largo destierro hacia el puerto de Rosas. En él embarcaron hacia lejanas tierras. Del mar se impregnaron, hombres de tierra. En el mar adentro buscaron recuperar sus carencias; sobre todo la honra y el desprecio del que gobierna su tierra.
 
Dicen los viejos pelaires que en las batallas que la Corona de Aragón expandió en el mare nostrum, fueron conocidos los nobles aragoneses. Dicen que Pedro Cornel, desterrado también por el Rey, consiguió apropiarse de muchas posesiones. Se convirtió el de Biel en un almogávare del mar y dominó una pequeña flota que sumió en luchas contra las propias de Aragón. Dicen que se enroló en su flota a aquel que también hizo de Biel un gran lugar.
 
Familiar de Don Pedro era y no era otro que Aribete Cornel. Recordaban en las largas noches de travesía la magnífica historia de Peña el Infierno donde los hermanos Cornel se entregaron al ángel caído. Don Pedro supo que su primo Armantes desapareció en la Sierra de Calatayud. Y se congratuló, con su primo Aribete, de saber aquella leyenda que tanto impregnó la sociedad de la época pelaire. Asaltaron ciudades que las tropas aragonesas conquistaron. Hicieron muchos botines en aquellos lugares; siempre evitaron la flota aragonesa y lucharon, a su manera, contra el infiel. Sin embargo, la leyenda quedo sumida de nuevo en la leyenda cuando la flota veneciana atacó el bajel de Aribete y lo hizo cautivo.
 
La leyenda de los Corneles iba a llegar mucho más lejos, como dicen mis intrépidos juglares pelaires. Don Pedro llegó a Atenas, dónde habían estado las tropas aragonesas. Ante la pérdida de su primo, Don Pedro se alió a aquel almogávar que tanto prestigio dio a Aragón, sería su salvoconducto para volver a la tierra que le vió nacer y así narran los viejos pelaires.
 
La férrea afiada punta
de alfanje o duro lanzón.
Miembros palpitantes forman
Charcas de sangre en redor
De cuerpos yertos, tendidos
Del campo en luenga extensión.
En medio del rudo combate,
Como un rayo vengador
Abriendo mortales huellas,
Allá va Roger de Flor y
El desterrado de Biel
Recuperando su honor
De pronto, revuelve airado
Al centro de su legión:
“¡Almogávares! Exclama,
¿olvidáis que es de
Aragón
La bandera que flotando
Lleváis al viento... y honor
Antes de morir, que arrollada
Verla, por nuestro baldón?..
¡Desperta ferro!...”.
 
Volvió Don Pedro Cornel al puerto que le vió embarcarse. De allí se desplazó a su amada tierra, recuperando por órden real todas sus propiedades y la vida le otorgó el descanso en su patria, dejando la lucha contra el Rey, aunque algo de revolucionario queda en su vida.
 
Así terminan la leyenda el foro de sabios: Don Pedro Cornel dejó en los muros de su casa su mejor leyenda y así queda reflejado en un inmenso escudo, mostrando la rebeldía: las barras aragonesas están cortadas por dos aspas que dejan entrever el descontento que todavía mantenían los Corneles. Dicen, también, que esa anarquía la heredó Don Pedro de su primo Aribete. Y así lo dejó reflejado con tres cornejas que indican cada uno de los miembros tan destacados de la familia Cornel.
 
 
Escudo de la saga de los Corneles en Biel
 

 

 Así que, mis queridos amigos, Biel está una vez más en papel trasmitido y en una nueva leyenda que hace cada vez más grande el pequeño universo de nuestro pueblo, aunque con una gran transcendecia en el orbe aragonés.
 

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