CANTAR

DE

FORTÚN GARCÉS

 

 

N
 
 

o hay nada más noble que ensalzar el orgullo del que se desciende, ya sea para bien o ya sea para mal.

 

No hay nada más verdadero que reflejarse en el buen pasado, que dejan marcadas las fachadas de nuestro pueblo con decoraciones, que sirvieron de noble causa para familias y que con su propia vida, entregaron la gloria a su señor.

 

Estas palabras, que surgen del conocimiento de la historia que ahora vamos a narrar, son los relatos que los pelaires, en su tradición oral, comentan a los elegidos de la palabra, para que vosotros, creyentes de las parábolas, podáis brindar de una nueva leyenda con la que glorificar a nuestra más que elogiada Villa.

 

Como me narraron mis contertulios en el cantar anteriormente publicado, el de los Corneles, la saga familiar continúa allí datada.

 

Claro está que, mis queridos poetas de la palabra, no pueden planear diacrónicamente los relatos que publicamos en las páginas de Biel Leyendas Urbanas; pero creo necesario reflejar aquello que me contaron para fijar la saga familiar de los Corneles. Y ello ocurrió en una mañana...

Pasó el cuervo, volando bajo, por encima de la consagrada ágora pelaire y el más veterano, de los que allí disfrutábamos de la palabra de la senectud, nos lanzó en el tiempo a un dicho que todavía recorre la amplia creencia popular:

 “Cuando veas al cuervo volar bajo...,

 algo barrunta,

 muerte segura...”

 

Ya os podéis imaginar que aquel dicho no quedaría en vano, puesto que veloces, como la espada de Dagda, se pusieron a narrar lo que yo ahora os voy a escribir.

En un principio conjugan el valor de los cuervos (familia de las cornejas) dentro de la superstición popular.

Decía uno “que había que recordar que a los curas también se les llama cuervos”, supongo que por el hábito; Otro afirmaba “que ya mi abuela comentaba lo del cuervo volar, pero las escrituras siempre hablan bien de ellos, así que hay una contradicción”; El más veterano conjugaba los temores y debilidades del ser humano “el miedo nos invadía puesto que alguien moría y, según cuenta la historia de Biel, algunos quedaban marcados a fuego”.

 

Los miedos y las supersticiones son propios a las culturas más antiguas y, esos mismos temores, aparecen en la legendaria cultura Celta, en la que nuestro pueblo, Biel, a lo largo de sus interminables leyendas, ha alimentado su grandeza.

 

Finales del Siglo XI, albores del Siglo XII: Don Pedro es proclamado Rey. El futuro de la tierra aragonesa pasa por la conquista de los territorios del Sur: la reconquista ha comenzado para el pueblo aragonés.

 

El hijo de nuestra añorada Felicia, madre de reyes, gloria de nuestro castillo, vientre de nuestra historia, preparó la batalla que abrió las puertas de Zaragoza para nuestros antepasados, pero antes el poder infiel que amenazaba desde Huesca debía de ser sometido.

 

La batalla del Alcoraz se llamó y allí estaban los de Biel, dispuestos a elevar nuestro pueblo a la categoría de Villa y a centro del Universo de las leyendas más inverosímiles.

 

Así me narró, sin dudas y con la seguridad que aportan las canas, la aguda intelectualidad pelaire:

“El rey don Pedro sale a dar la batalla. Toda la morisma que estaba junta con el rey moro y otros principales caudillos, movieron de Zaragoza para ir al socorro de Huesca; y el rey don Pedro aunque tuvo aviso cuán grande poder era el de los enemigos, confiando en el socorro divino, menospreciando el peligro, con gran ánimo por el aumento de la fe, determinó de salir a dar la batalla a los enemigos; y ordenó sus haces -según se refiere en la historia de Sant Juan de la Peña- desta suerte: en la avanguarda puso al infante don Alonso Sánchez, su hermano, que fue uno de los mejores caballeros que hubo en sus tiempos, y con él estuvieron dos muy señalados ricos hombres de Aragón, el uno fue don Gastón de Biel de quien descendieron los Corneles (que fueron los más antiguos ricos hombres de Aragón, cuya familia y linaje duró más de trecientos años después de él en este reino y fue su casa y solar el más antiguo que se sabe de los que fueron naturales aragoneses), y el otro se llamaba don Barbatuerta...”

Pero Don Gastón no estaba sólo. Don Fortún Garcés, hijo de Don Gastón, y unos cincuenta hombres formaban la legión pelaire dentro de la tropa aragonesa.

Pronto se vio que la perspicacia de los de nuestra tierra se vería en el combate y en la toma de la ciudad de Huesca.

Don Pedro, hijo y nieto de Reyes, confió primero en el padre y después en el hijo, guardando así la cristiana tradición y encomendándose al espíritu santo para la victoria en la batalla.

Don Gastón , su hijo Fortún y los nobles pelaires allí se encontraban y así en el 1096, año de nuestro señor, durante seis meses estuvieron las tropas asediando la noble ciudad.

Las incursiones eran mínimas, sin embargo, iban castigando a las tropas musulmanas. El moro fue socorrido por García Ordóñez conde de Nájera, cristiano de pro como Rodrigo Díaz de Vivar, que también apoyó la causa del infiel.

Me recuerdan mis contertulios que tanto en aquella época como en ésta, todo lo movía la ambición y el dinero, pues así los dos cristianos que apoyaron al musulmán no querían sino recuperar su prestigio y honra Don Rodrigo, y las tierras pamplonesas Don García.

Y también me recuerdan que Don Pedro, rey de aragoneses, firmaba sus documentos en árabe. Esto no hay por donde cogerlo, y menos entenderlo, aunque algo me puedo imaginar…

Huesca se merecía la liberación cristiana y allí estaban las tropas que custodiaban la fe en el Pirineo y el Prepirineo, para ordenar y rectificar la situación que Dios nuestro señor les había confiado.

El día había llegado. El infiel había hecho acopio de tropas venidas de Zaragoza. Se sintieron fuertes y preparados para la batalla final.

Las afueras de Huesca les esperaba para enfrentarse en dura batalla.

El Alcoraz se convirtió en la primera de las sangrientas batallas de la época, que no pasó desapercibida para los historiadores...

Sin embargo la historia no fue transcrita, sino que se dejó al recuerdo de la oralidad para que las sagas familiares fueran recordando como se escribe verdaderamente una historia.

Me dicen mis contertulios que han oído en otros corrillos que San Jorge apareció en la batalla para impulsar la fe en la victoria, que junto a él vino un caballero alemán; incluso me comentan que Carlomagno y los once pares de Francia vinieron en ayuda de Don Pedro... pero yo me quedo con lo que ellos me cuentan, que viene transmitido por un insigne pelaire y no fué Don Gastón.

Dicen que Don Fortún lloró la muerte de su padre y quiso dejar en su saga familiar y en el pueblo que tanto amaba la leyenda que ahora narramos.

Dicen que Don Fortún tomó las riendas de la mayoría de las tropas aragonesas, mientras el Rey con otro grupo ayudaba en otro frente a instaurar el cristianismo.

Dicen que además tuvo que tomar armas y que fue el primero en poner en su escudo cinco cornejas en campo de oro...

Y todo ello tuvo lugar el día en el que el Alcoraz la corneja voló bajo y Don Fortún sabía que había que entregar la vida pues era la señal de la muerte segura.

 Y vosotros me diréis “¿Por qué ahora sólo tiene tres cornejas el escudo de los Corneles?”, os respondo que leáis el Cantar de los Corneles. Pues ese magnífico día para morir dejó instaurado que la tradición popular, la superstición... y el cristianismo pudiesen dejar su huella en la leyenda.

Y ahora que tanto se pide quitar las cabezas de los reyes moros que perdieron su vida en el campo de batalla, del escudo de Aragón, el foro pelaire nos dice que, si bien todo ello fue instaurado en el Siglo XVI, la historia de nuestra tierra se ha basado en la lucha contra el infiel y, queramos o no queramos, ello nos reflejará que la historia es mejor recordarla para no errar en el presente.

 

 

 

 

 

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