Cantar de Dagda el Ibero

 

S

on a las historias de la calle a las que más apego tiene la plebe, de ellas hace frecuentes relatos, en los que pretende fijar sus estratos más ancestrales, para demostrar que se es de buena cuna, de buen abolengo y que demuestran, con el paso del tiempo, las teorías de la herencia divina y de la “gracia de Dios”.
 
Corría el siglo I antes de Cristo, cuando nuestra comarca de altas cinco villas, que entonces no existía como tal, florecían cinco villas o mansios romanas y que dieron a la capital del Imperio el esplendor que nunca le fue reconocido. Ríanse Ustedes de Ridley Scott... y su película de romanos.
 
Pero situémonos, como dicen los buenos historiadores de Biel, en localizar la leyenda.
 
Nuestra localidad está situada en el eje de La Suessetania, conocida en la época de Catón como Sekia (Ejea) siendo su capital Corbio y perteneciente a la cuna catalana del mediterráneo.
 
Sin embargo, aseguran los narradores de la Historia, que más pertenecemos a la actual Navarra que a la lejana Cataluña. Pero esto es lo de menos, puesto que algo de euskera queda en esa situación estratégica, gracias a que los romanos vendieron nuestra comarca a los hablantes de la lengua antes mencionada.
 
Los romanos de la época, no querían conquistar la denominada Hispania, pero se les atragantó que la historia fuera escrita desde Cartago, y de esta manera se decidieron a invadir la península, la piel de toro a la que ellos llamaban.
 
Pero no nos extendamos en la Historia de los libros y veamos lo que la leyenda nos cuenta.
 
Íberos y celtíberos se repartían las localidades y mantuvieron la disciplina militar entre su pueblo para poder resistir a las huestes de Catón, denominado el loco general.
 
Sin embargo, los romanos, inteligentes en su estrategia, consiguieron acabar con la resistencia del pueblo a través de sus cercos y asedios. Corría el año 67 a. C. cuando el general Terencio Varrón acabó con Corbia y con las ilusiones de un pueblo.
 
Y aquí surge la leyenda.
 
La reconstrucción fue intensa y la civilización romana tuvo su peso en la restauración cinco villesca.
 
Nuestra leyenda se centra en una mansio que incluso tuvo su terma (como lo relatan los antiguos), lo que significaba un buena ostentación económica dentro de la Romanización de la península.
 
Grandes cultivos afloraban en nuestros prados, el forraje no faltaba para los animales y los sueños de una vida en paz dentro de la península permitían vivir en una ilusión que la historia tumbaría. Agua no faltaba; el Arba, que así se denominaba en Íbero al río, bañaba las tierras y aportaba el elemento de vida a sus pobladores.
 
Y en aquellas tierras de dispendio creció nuestro protagonista: Quintus Dagda Lupus.
 
Como niño que era en época de guerra, sus juegos fueron los de la lucha, aunque se le asignó un pedagogo que le enseñó la escritura latina y la historia de Roma y su Imperio, y la diosa de todas las ciencias: las “cuentas” y “la pesada”.
 
En la adolescencia hacía las cuentas del grano y debió ser inteligente puesto que los recaudadores del Estado afirmaban que era muy difícil engañarle cuando se pesaba, se contaba y se pagaba el “orgum”.
 
Creció en ese ambiente, pero la lucha le llamaba la atención.
 
Así recorría la vida de nuestro personaje de leyenda en un lugar paradisíaco en el que tenía todo para ser feliz.
 
Pero la historia le iba a deparar un futuro lejos de su tierra.
 
Hete aquí, que un día apareció un viejo gladiador que iba dando tumbos por el mundo, la chispa emergió del fuego y los relatos penetraron en el cerebro de Dagda y surgió la leyenda que yo vengo a recoger y a brindar a nuestros lectores para el recuerdo de nuestras generaciones.
 
Pues sí, señores, se lo pueden imaginar. Un día de solana, nuestro personaje desapareció y con él se fue la prosperidad de un pueblo.
 
Dagda recorrió la Hispania romana y aprendió en sus calles las luchas fratricidas que tanto había practicado en su infancia. La desaparición de su íbero pueblo quiso que le acercara más al mundo romano y conocer todo lo que necesitaba para recuperar la memoria de un pueblo desmembrado.
 
Su objetivo: Roma; su estrategia: el aprendizaje. De la Hispania Citerior pasó la frontera, recorrió la Vía Domicia y llegó a Narbona, donde continuó el aprendizaje.
 
Pero Dagda quería mucho más y llegó a la escuela de gladiadores de Nimes, afamada en la época y que le serviría de trampolín.
 
Su mentor en la escuela, Gallus Domicio Gardum, escuchaba las historias que Dagda rememoraba de su Bellum natal y, a pesar de la edad y de la incredulidad de Gallus, esas historias marcaron su instrucción. Aceleraron su aprendizaje y una vez concluido acudieron a la cuna de la Historia: Roma. Dagda quedó impresionado por la gran ciudad, los discursos en las plazas romanas, los monumentos a los dioses, las termas inmensas y el magnífico... Coliseo. La hora había llegado y había que dar todo por la causa que le había traído a tierras extrañas.
 
El veintiséis de julio del actual calendario, que no del romano, saltó a la arena Dagda, se enfrentó a los gladiadores romanos, curtidos en las cárceles y con decenas de asesinatos a sus espaldas. Dagda, que no era alto en su estatura pero amplio de espaldas, se enfrentó a todos ellos y a todos derrotó sin compasión: su objetivo iba cumpliéndose.
 
El emperador no podía creer lo que estaba viendo en la arena y el traje de Dagda le estaba diciendo de dónde venía: el rojo en la túnica y el amarillo en los ribetes (colores de los íberos en la lucha); así como sus armas: la falcata y el pugio con el que apuntillaba a todos sus enemigos.
 
“¡Dagda el íbero!“Se oía por todos los recodos del Coliseo. La fama se extendió y los romanos deseaban que luchase en todos los combates.
 
César no pudo aguantarlo y la traición no se hizo esperar: fue la crónica de una muerte anunciada y aquí terminó la historia de Dagda el íbero.
 
Cuentan nuestros ancestros, que Gallus no deseaba dejar en Roma a Dagda, así que consiguió recuperarlo para que no fuese descuartizado y arrojado al río Tiber, como hizo César con Vercingetorix.
 
Recorrió la Galia, y tal era su fama que a su paso se le hacían innumerables homenajes... hasta que llegó a Bellum.
 
Los viejos del lugar prepararon el cuerpo para entregarlo a los buitres; aún siendo Íbero se le aplicó las normas funerarias Celtíberas.
 
Sólo nos queda recordar lo que los viejos pelaires cuentan: en el escudo de Dagda estaba dibujado un lobo, como Lupus se llamaba nuestro héroe; así como recuerdan que con la tradición cristiana se tomó el veintiséis de julio como fiesta de nuestro pueblo, fecha que coincide con el primer asalto en la arena de Dagda.
 
Y si así queréis comprobarlo, veréis como la tradición oral de la historia se une a la tradición visual eclesiástica, acercaros al Altar mayor de la Iglesia de San Martín y observaréis que en el escudo de Biel hay dos lobos, que no dos leones rampantes.
 
Y también podéis comprobar cómo se celebra el veintiséis de julio la festividad de la patrona de nuestro pueblo. Demasiadas coincidencias.
 
Así cuenta la leyenda la historia de Dagda el íbero y de cómo todavía en nuestras calendas y en nuestro escudo se refleja dicha leyenda.
 
Es a UD., mi querido lector, creerlo; es a usted de propagarlo, porque todo lo dicho lo susurra el viento por las calles de nuestro pueblo y se divulga en las Leyendas que cubren la Sierra de Santo Domingo y su hermana menor, las Lezas, lugares por donde vuela el alma de nuestro antepasado.
 
Y esto no es más que la continuación...

Fragmento del caldero de plata, con la imagen de Dagda y los dos lobos, encontrado en Dinamarca.

Caldero de Gundestrup

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