CANTAR

DEL

SEÑOR DE CASTAN

 

 

V
 
uelvo a Uds., mis queridos lectores, para cantar las leyendas que la sabiduría popular pelaire sigue contando a éste, su juglar, para disfrute de todos aquellos que juiciosamente leen e interpretan estos párrafos; para todos aquellos que quieren y  aman a su pueblo; para todos aquellos que regresan a sus raíces encontrando, en el recogimiento de los bellos parajes de nuestra Villa, toda la magnificencia que desprenden sus narraciones.
 
Cuentan, mis instruidos contertulios, que el Rey más grande que tuvo nuestra tierra aprendió a gestionar políticamente y a conquistar militarmente, en nuestra noble y sin igual Villa.
 
El amor que toda su familia tuvo a nuestra noble población, le hizo ser un Infante impecable a nuestro futuro Rey.
Supongo que a estas alturas todos sabéis a quién se refieren los versados oradores pelaires: pues sí, no es otro que el futuro Alfonso I, llamado “el batallador”.
 
Sin embargo, no me relataron lo que los libros de historia nos aseveran como verdad irrefutable, sino una historia que le ocurrió siendo Rey a nuestro batallador.
 
Como antes os contaba, Alfonso, hijo de Sancho Ramírez y de Felicia de Roucy, siendo Infante se doctoró en la estrategia en nuestro maravilloso torreón o donjón con tejado incluido, construido al estilo normando para la reina Felicia, puesto que normanda era.
Las misas diarias en la capilla, ahora llamada del rosario, impregnaban de cristiandad su educación.
 
Las piedras de las calles y de los muros recogían sus juegos de infancia, sus estrategias en la lucha de la adolescencia y el porte de Rey en su edad madura.
Todo ello era contemplado por sus súbditos tan amados y tan queridos, a los cuales les debía mucho y a los cuales quería compensar en un futuro.
 
Sin embargo el Rey de reyes aragoneses debía abandonar, cada vez con más frecuencia, su lugar habitual de residencia y ello le preocupaba claramente.
Así que empezó a buscar entre sus súbditos aquel que debía regir los destinos de nuestra Villa.
 
El tiempo pasaba y Alfonso no encontraba a su heredero en los destinos de Biel.
Buscó por todos los medios, mientras se entregaba a la lucha sin piedad. El infiel acosaba la cristiandad y había que expulsarlo de las marcas aragonesas.
 
Cristiano como era, se debía a su Dios y para ello tenía en el recogimiento interior la experiencia de la cercanía con el Creador.
Alfonso hacía penitencia y pedía a Dios un heredero para la Villa que le vió nacer y crecer.
 
Es por ello que huía con su fervor religioso hacia el norte de nuestra localidad y se refugiaba en los bosques pirenaicos, encontrando el silencio que la naturaleza puede darte: el chasquido de las viejas ramas, el silbido del aire entre las hojas, el canto de los pájaros, el chisporroteo del fuego, el murmullo del agua, el susurro del brotar de la hierba.
Siete días y siete noches estuvo en el lugar: el hambre y la sed hacían mella en nuestro noble antepasado.
 
Se sentía abandonado por el Creador, pero prefería morir antes que volver sin nadie que gobernara los destinos de lo que fue su microcosmos.
En el séptimo día la noche le despertó y, no sabiendo si era sueño o realidad, guardó en su memoria lo que la retina le hizo ver.
 
Al despertar, Alfonso, Rey de Aragón, iba a darse el mayor banquete que jamás un pobre hubiera alcanzado. El fuego otorgaba el olor de la carne de un jabalí asado. Alfonso devoró, cual fiera, el festín que su Señor le había entregado. Mientras engullía la carne del animal, seguía reflexionando sobre una de las cuestiones que a aquel lugar le llevó.
 
Pasó la mañana esperando que los acontecimientos se sucediesen; esperando que todos sus rezos, plegarias y deseos se viesen recompensados después de lo que él interpretaba como un signo.
El fuego se iba apagando y el abastecimiento de leña se iba consumiendo. Y entre los árboles del bosque vió la imagen que tanto había esperado.
 
Un caballero le observaba desde su cabalgadura con las manos cruzadas en el poyo de su silla de montar. El yelmo le impedía descubrir quien era. Alfonso se levantó torpemente y se dirigió hasta el caballero; llegado a su altura nuestro rey se arrodilló y el gentil caballero descabalgó asiéndole de los hombros. Noblemente le dijo el caballero:
- “Mi querido ermitaño, un hijo de Dios, que a tan noble causa dedica su vida, no debe arrodillarse ante un caballero. Sólo a Dios y al rey se le debe tal tributo y yo no soy ni Dios ni rey. ¿Cómo os llamáis siervo del Todopoderoso?”
 
- “Anfortius me llaman, sire”
Una vez dichas estas palabras el caballero empezó a temblar; a pesar de la debilidad del ermitaño su musculatura dejó entrever su fortaleza, su abolengo.
 
La mirada del caballero penetró en los ojos del ermitaño como una luz cegadora y comprendió que se encontraba delante de aquel del que tanto había oído hablar en el Pirineo.
Sus rodillas se doblaron y se aposentaron en la tierra dejando la marca de aquel que entrega su vida por su Señor.
 
Alfonso le obligó a levantarse y así le dijo:
        “ Sí, mi querido salvador, Rey soy  y me debes tributo; sin embargo nuestro Señor ya te ha hecho pagar el tributo al Rey y ya no serás más un caballero del Pirineo, ahora serás el que gobierne la localidad que me vió nacer. Dios así lo ha querido y así será.”
 
Recorrieron el camino de retorno a la legendaria Villa de Biel. Los dos iban en la cabalgadura del caballero desconocido.
Llegaron a Biel y las gentes se arrodillaban ante la imagen que estaban viendo.
 
Llegaron al donjón y se asearon.
Por la noche el caballero errante del Pirineo tuvo que velar sus armas, ya era caballero pero su destino sería otro.
 
Al amanecer, en solemne ceremonia, se le otorgó la localidad para su gobierno tanto para él, como para sus herederos.
 
Castán se llamaba el noble caballero.
 
Así termina este relato, dijo uno de los oradores. Escéptico dije que no me lo creía y, así, les pedí una prueba.
 
Y así terminaron la historia: mientras velaba el caballero, Alfonso tuvo trabajando toda la noche a los canteros, reflejando en un escudo las armas de Castán.
 
La imagen, que moribundo guardaron sus retinas y el recuerdo de la séptima noche de abstinencia, sería el noble tributo que un Rey de Reyes iba a dar al más fiel de sus caballeros.
 
Pues sí, como siempre os digo, mis queridos lectores, os invito a recorrer nuestras calles, os invito a recogeros en el recuerdo de la historia, os invito a respirar el aire que nuestras montañas y nuestro pueblo desprende, os invito a disfrutar del instante... mientras observáis que la realidad sigue estando en nuestras nobles casas.

 

 

      
 Escudo de las armas de Castagn,  el más fiel de los caballeros.

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