
Por
la cicatriz que lleva en la frente sabemos que Harry Potter no es un niño
como los demás, sino el héroe que venció siendo aun un bebé a Lord
Voldemort, el mago más temible y maligno de todos los tiempos y el
culpable de la muerte de los padres de Harry. Desde entonces, Harry no
tiene más remedio que vivir con sus crueles tíos y su insoportable primo
Dudley.
Al
igual que en las dos primeras novelas de la serie -La piedra filosofal y
La cámara secreta- Harry aguarda con impaciencia el inicio del tercer
curso en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Mientras tanto, de la
prisión de Azkabán se escapa un terrible villano, Sirius Black, asesino
despiadado que fue cómplice de Lord Voldemort en los tiempos oscuros y
que parece dispuesto a acabar de una vez por todas con la vida de Harry.
Por
si esto fuera poco, Harry debe enfrentarse a sus enemigos de siempre -el
profesor Snape, Draco Malfoy- y a unos seres terribles que aparecen en
esta historia, los Dementores, guardianes de la prisión de Azkabán y
capaces de robar hasta la última gota de felicidad, hasta el último
recuerdo hermoso de aquellos a quienes miran
La
opinión de...
Javier
Riesco Riquelme
Más
oscuro de lo que creéis.
Las
entregas de Harry Potter crecen con el público. En todos los sentidos. No
sólo con el público supuestamente infantil al que iban directamente
destinadas sino que también crecen conforme más adultos leen las obras
de J. K. Rowling. Este libro es un buen ejemplo de ello. Una fantasía
juvenil que sin embargo es lo bastante "madura" para que casi
cualquier lector pueda disfrutarlas. Y no sólo disfrutarla, sino que
parte de su atractivo está en la forma en la que obliga al lector a
reflexionar sobre la trama de la novela, a desaprender todo lo que ha
conocido sobre la misma serie antes y como enfrentarse ante los dilemas,
situaciones y complejidades que salpican la vida de Harry Potter.
Para
ser una serie de novelas destinadas a un público juvenil, Rowling hace
gala de un sano y absoluto desprecio por lo políticamente correcto: la
gente la palma de maneras verdaderamente espantosas y a veces los villanos
quedan sin castigo, los adultos son aún peores que algunos niños y la
visión del mundo es tanto dulce como amarga al mismo tiempo; se ignoran
los valores morales inculcados que normalmente se asocian a la literatura
juvenil: Potter debe tomar sus decisiones él mismo, actuar a-legalmente e
incluso i-legalmente para mantener un equilibrio entre el mundo y su
propio sentido de la justicia que es interno al personaje y no aparece
dado por ninguna figura mentora (aunque las hay, pero como representantes
del poder establecido, Potter se encuentra en la incómoda situación de
tener que moverse al margen de tales poderes). Y sobre todo, Potter se
equivoca…y actúa con responsabilidad frente a sus errores. En el mundo
de Potter no hay Hadas Madrinas para sacarle las castañas del fuego, cosa
extraña tratándose de una fantasía mágica de niños hechiceros y
malvados todopoderosos. Pero es un mundo duro, pese a todo, adulto, en el
que existen guerras y víctimas inocentes y traiciones y venganzas… y a
veces no es posible el final (completamente) feliz…
Sirius
Black, un personaje mencionado de pasada en el primer libro de la serie,
escapa de la terrible prisión donde se le ha encerrado por su asociación
con Lord Voldemort, el villano arquetípico del mundo de Harry Potter, y
por haber provocado una gran cantidad de muertes de inocentes ciudadanos
en su ciega rabia (y además, traicionó a los padres de Harry). Es
imposible que haya escapado. Es imposible que haya permanecido cuerdo.
Pero ha hecho ambas cosas y su próximo objetivo parece ser el mismísimo
Harry… Para entender la necesidad que siente este personaje de temible
nombre de acercarse a él, Potter tendrá que indagar en el pasado, un
pasado cuyas heridas aún están demasiado recientes en el mundo que le
rodea (y en él mismo: la muerte de sus padres) para obtener una nueva
visión de la Historia que le concierne, que en el mundo de Harry Potter
se haya sujeta a un continuo revisionismo histórico sin llegar por ello a
constituir un libro de non-sequiturs. Al contrario, Rowling cambia las
reglas, pero lo hace siguiendo unas reglas más grandes que el conjunto de
ellas que gobierna la narración individual de los libros como entidades
separadas, Rowling escribe de acuerdo con unas reglas que afectan a toda
la narración como un conjunto orgánico, que crecen y que culminan en una
novela que tiene una peculiar maestría, un estilo brillante dentro del género
(el juvenil) que ha elegido, si es que ha elegido género y no se está
inventando uno nuevo, el Bildungsroman de género: de libro infantil a
libro casi adulto. En vez de la novela de educación de personaje, Rowling
educa al género en el que escribe llevándolo poco a poco a la madurez.
En esto tiene algo en común con otro libro de una escritora más
conocida: Ursula K. Leguin. Su libro Un mago de Terramar comparte
ese pulso aparente en Rowling de una novela más adulta amenazando con
aparecer entre las páginas de una fantasía juvenil, para desasosiego del
lector desprevenido.
Un
asesino suelto, un peculiar (y por una vez eficiente) profesor de Defensa
Contra Las Artes Oscura (la asignatura maldita de la escuela de magia), el
profesor Romus Lupin, el desarrollo del personaje de Potter (sus
amistades, ambiciones y enemigos incluyendo al inaguantable Draco Malfoy y
a Severus Snape, Profesor de Pociones) y una increíble denuncia de las
paraciencias, ¡dentro de un libro que habla de magia!, son los elementos
argumentales con los que J. K. Rowling construye la hasta la fecha mejor
novela de Harry Potter. Y es más oscuro de lo que creéis. Licantropía,
traiciones, intrigas, muerte, una prisión mágica con unos guardianes que
hacen que los cenobitas de Clive Barker parezcan un poco como aficionados
¡dentro de un libro para niños! y el miedo al miedo mismo -una imagen
recurrente dentro de la novela- son los ladrillos temáticos con los que
remata la faena de esta pequeña obra maestra, en la que hay una apología
de la inocencia -en el sentido de libre de crimen- y una demoledora
demostración de que no es suficiente para no ser declarado culpable.