Yedra García Sánchez

 

La Jesilla

 

 

Doblan las campanas agonizantes de muerte.

Llueven alfileres amargos en las esquinas,

la iglesia se consume en desgarrados lamentos.

Yerto el cuerpo del  niño en un ataúd blanco.

Intensos llantos.

Doblan las campanas, silencio oculto en

las plazas.

 

PRIMER ANIVERSARIO

subió al cielo  nuestro niño

Manuel Ruiz López

Qué falleció  el día 22 de febrero  de 1947

A los doce años y medio, en Constantina (Sevilla)

Tus padres, Manuel y María siempre te tienen presente

 

Cerré el ABC con rapidez, en la chimenea del Casino chisporroteaban los troncos de encina consumiéndose al tiempo que calentaban el ambiente, llamas, humo, cenizas... la esquela mortuoria me devolvía los tristes recuerdos de aquellos lúgubres días.

 

Una capa de  rocío cubría la extensa  llanura, avanzamos por el sendero dejando a un lado la carretera de El Pedroso. Los altos álamos cruzaban sus ramajes desnudos y las primeras luces del alba dibujaban sombras grises y rosadas, fundidas por la neblina, que levantaban los  rayos del sol invernal tras días de lluvia. A lo lejos se divisaba la casa, rodeada de algunas encinas aisladas.

Llegan sordos murmullos... algunos  jornaleros y gente de las huertas cercanas hacen comentarios en voz baja... Me abren paso...

Observé al hombre que yacía de costado, no muy lejos de  la puerta, con varios hachazos en el cráneo, la sangre reseca le cubría todo el rostro.

Un desgarro invadió mi cuerpo, sentí el profundo cansancio de los muertos.

-¿Vivía solo?- pude preguntar, volviendo a la realidad.

- Sí...bueno  no..., mi cabo, es José Avila de la familia de los Ranas, con él tenía de acomodao a Manolito, el hijo de los Caleros del castillo.

- ¿Dónde está el niño?

- Dicen, que lo  vieron esta mañana, hacia el pueblo...pero en su casa no está, su familia viene de camino, una cuadrilla ha salido a buscarlo, por los caminos de las huertas y los molinos.

 

Entré en la casa, todo estaba en perfecto orden, en la cocina, las cazuelas estaban colmadas de los avíos,  ajos, pimiento colorao, cebollas, papas  cocías con los que se preparan  los aliños para las chacinas, chorizos y  morcillas propias de estas tierras y los jamones, listos para salar. Deduje que el asesino no tenía interés en estos productos a pesar de la hambruna de la época. Otros debían de ser los motivos de tan horrible crimen.

Subí a la planta alta, las rendijas de la ventana dibujaban siniestros cuchillos que cortaban la penumbra de la habitación, el péndulo del reloj marcaba incansable, tiempos de una vida que ya no existía.

En la mesilla unas gafas, un vaso a medio llenar de agua, el paquete abierto con picadura de tabaco, su librillo de papel de fumar... todo estaba en su sitio, todo y nada... en la puerta de la casa, una higuera  solitaria, testigo mudo que sabe , oculta y calla, sobre sus rugosas ramas, gotas de rocío resbalaban...

 

-¡Mi cabo! ¡Mi cabo! ¡Aprisa, encontraron al niño!

 

Su  mirada  se extraviaba hacia el cielo, la cabeza aparecía golpeada a hachazos y una profunda herida causada por una  varilla metálica, especie de pincho que le atravesó su garganta , un débil hilillo de sangre se escapaba por sus labios.

De repente, surgió una voz desgarradora...

-¡Hijo mío! ¡Mi pobre niño!

 La madre se inclinó y envolviendo con su mantón negro el cuerpo flácido del pequeño, acurrucándole contra su pecho, quiere darle la vida que tan cruelmente le han arrancado. El viento soplaba agitando los álamos que recogieron el último suspiro del pequeño.

 

Doblan las campanas agonizantes de muerte.

Llueven alfileres amargos en las esquinas,

la iglesia se consume en desgarrados lamentos.

Yerto el cuerpo del  niño en un ataúd blanco.

Intensos llantos.

Doblan las campanas, silencio oculto en

las plazas.

  

Tras el entierro una pesada capa de miedo, se extendió sobre el pueblo, pasaban los días y se esperaban acontecimientos.

 

El invierno no acababa de retirarse,.. el frío hería el rostro,  decidí entrar en la taberna  del “Puentecristo” y  tomar una copita de aguardiente que me entonara el cuerpo  “cortao”.

En la barra  Baldomero, el tabernero, no pudiendo contenerse me espetó

-        Bueno y ¿qué corre por el pueblo?

-        Todo está muy callao, por aquí se nota  que la gente anda asustá y aunque se quiere disimular se siente que el asesino anda suelto...

Intenté tranquilizarle:

-        A veces ocurren estas cosas....

-        Estaba el hombre tan satisfecho, aquí mismo esa noche, andaba con la tarea de la matanza y vino a cobrar unos becerros, y bien vendíos, a unos tratantes de Lora, parece que lo veo,  estaban aquí Juan el de “Currillo” y Eduardito “Seisdeos”, a todos nos convidó, también  al afilaó,. que pasaba por aquí ... 

-        Se habla de cuatro personas que iban a caballo por la carretera de El Pedroso  y que quizas intentaran robarle...

-        Pero es que la muerte del  chiquillo, ha sido un golpe para el pueblo,  Manolito...por Dios que hizo esa criatura ¿ser testigo?.

 

Al llegar al cuartelillo, pregunté por las novedades que se saben sobre el caso y es Gálvez quien  me  pone al tanto de lo que se ha averiguado:

-        Según parece la mujer de Pepe Díaz, casero de la Huerta La Teja, estaba ayudándole en la matanza y ya llevaban muchos días con las tareas; quien sabe  si había algo entre ellos y...

-        ¿Quién sabe?, pero  no podemos  detenerlo por el retraso de  las chacinas.

-        ¿Y de las armas homicidas?,

-        No  se ha encontrado nada, a pesar de haber rastreado todo los alrededores.

-        También se sospecha  de José el sacristán, está casado con Robledito la hermana de Pepe, y como es la única heredera, además desde el día del crimen no se les ha visto por aquí.

 

 

La tarde amenazaba  tormenta,  observé tras los ventanales del casino el discurrir de la vida; mujeres que atravesaban la calle con sus hijos en el cuadrí, hombres que volvían del campo...en la plaza las niñas jugaban al corro:

 

 “ Yo soy la viudita

del Conde Laurel

que traigo las flores

para San José”.

 

En la mesa se agolpaban los partes manuscritos, actas y telegramas.

 

-    Señor...

-        Adelante Gálvez

-        Acaban de entregarnos la lista de sospechosos, según las órdenes deben ser detenidos y conducidos al Ayuntamiento para su interrogatorio.

-        Puede retirarse, saldremos cuando oscurezca, la noche es fría y lluviosa...¿Trajeron los capotes?

-        Aún no mi cabo, temo que tocará mojarse

-        ¡Puede retirarse!

-        ¡ A sus órdenes!

El aguacero caía con fuerza, caminábamos por los callejones de la huerta La Teja sorteando charcos y pisando  barrizales.

Al llegar al cortijo, golpeé  la puerta:

-¡Abran a la autoridad!

Comenzó a abrirse tímidamente; tras ella apareció una niña de corta edad, fijando, terriblemente asustados, sus enormes ojos oscuros.

-        ¿Quién es?- se escuchó una voz al fondo.

-        María, ¿Quién es?

La pequeña permaneció inmóvil.

-        Cabo de la Guardia Municipal- afirmé.

 Se escucharon unos pasos nerviosos.

-        Traemos una orden de detención, ya se le explicará la razón.

-        ¡No es posible, Pepe!- gemía desconsolada la esposa.

El hombre  la abrazó.

- No te preocupes, mujer... antes de que amanezca estaré de vuelta.

Tras las faldas de su madre la niña ocultó su mirada empañada en lágrimas.

 

La noche seguía metida en agua, nuestras botas se hundían en el barro y gruesas gotas de lluvia corrían por nuestro rostro.

El detenido caminaba despacio, silencioso...

Al llegar al Ayuntamiento el acusado fue conducido al calabozo; a nosotros nos entregaron unas mantas para secarnos el frío del cuerpo aunque insuficientes para evitar el estremecimiento, casi inmediato, al escuchar los gritos desgarrado del pobre hortelano, pidiendo clemencia y negando en vano, su culpa, los gemidos se  entrecruzaban   con  el restallar

del  vergajo sobre la espalda... una y otra vez con cruel monotonía se alternaban  golpes, susurros ... silencios...  muy  quedamente  se escuchó la voz del acusado: 

-        Yo lo hice, señor,  yo fui el asesino. Y a continuación un largo sollozo.

Las puertas se abrieron lentamente y pude ver, con horror, inimaginable, los restos  de la tragedia vivida en aquella mazmorra.

-        Cabo Álvarez encierre al prisionero  en la celda nº 1.

Me acerqué, para levantarle, en sus ojos desorbitados vi la imagen de su hija...

-        Por Dios, se lo juro... usted  me cree,  no lo hice.

Musitaba abrazado a mis piernas, rompiendo a llorar. 

  

La iglesia de San Bernardo permanecía vigilada por miembros de la Guardia Civil, algunos curiosos se agolpaban en las puertas. Había sido llamado urgentemente para identificar un cadáver.

Al entrar en la iglesia el ambiente de agonía nos envolvió, oscuros altares con mártires, crucificados y arcángeles caídos, en el fondo de la capilla un cuerpo pendía del techo con una soga al cuello.

-        ¿ Le reconoce?

-        Naturalmente, es José, el sacristán del pueblo.

 

En su rostro dominaban lo colores violáceos y azulados de la sangre agolpada. A sus pies sobre las lozas del frío mármol, se encontró una nota con letras, que parecían herir el papel, lacónicamente decía:

“ Yo fui el asesino”

 

 

Parecía que el mal tiempo se alejaba, y decidí  dar un paseo vestido de paisano.

Corrían los arroyos, a la orilla de los caminos crecía la hierba y entre ellas algunas florecillas, margaritas blancas,  amarillas y de las tapias de piedras caían las maniselvas azules, comenzaba a hacer calor, me acerqué a la Fuente Santa,  junto a la ermita de  la Lledra. Desde allí se divisaba su  espadaña elevándose al cielo, huyendo de la maleza que intenta derribarla.

Por el callejón de las higueras,  se escuchaba cada vez más próximo el agudo sonido de la flauta del afilador,

Para mí son personajes siniestros, el continuo manejar de cuchillos afilados, su caminar sin destino, sus dedos que despiden rayos, me producen desasosiego, busqué una rama de sauce donde tocar madera.

 

Traía el andar cansino de los solitarios, empujando el carrillo con la rueda de afilar,  las manos huesudas y ennegrecidas, los ojos agudos y pequeños. Al llegar a la fuente, se paró a descansar y aproveché para  preguntarle :

 

-        ¿Cómo le va por el pueblo?

A lo que me respondió:

-        No, no hay mucho trabajo por aquí, ya apenas quedan cuatro matanzas y los carniceros  ya tienen sus cuchillos afilaos.

-        ¿Estuvo usted en La Jesilla?

-        Sí que estuve –me dijo, con cierta arrogancia; en sus labios se dibujaba una sonrisa maliciosa.-  Ese tal ¿ Pepe?; no era mal hombre, buen pagador. Fue una tragedia, una verdadera tragedia todo lo ocurrido...

-   Si quiere, le afilo la navaja

-        Pues...no vendría mal

 

Comenzó a girar, con fuerza, la rueda, accionando el pedal al que se unía con una varilla de hierro. El acero de la hoja lanzaba chispas al contacto con la piedra, de una y otra cara de la hoja, al finalizar  pasó su dedo por el filo, sentí un escalofrío  cuando al desmontar el pedal guardó la varilla ...o especie de pincho, en el cajón de las herramientas.

Me quedé  mudo  e inmóvil mirando... la varilla o  especie de pincho..., un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo.

 

-    Fue una lástima lo del crío; dura muerte para un niño.

 

Las luces de la tarde se difuminaban y por las calles suenan vagamente las canciones de los corros infantiles:

 

¡Arroyo claro,

fuente serena!

 

¿Qué tienes en tus manos

de primavera?

 

Una rosa de sangre

y una azucena

 

Las farolas tenuemente encendidas decían  adiós al  crepúsculo. A través de los cristales del casino,  mujeres enlutadas bajan calle Mesones. Caminar lento, hacia la iglesia, suena el último toque a misa de difuntos.

  

Doblan las campanas, agonizantes de muerte.

Llanto amargo en las esquinas.

Duele el silencio que se agolpa en la garganta.

Doblan las campanas, el aire  muere en las plazas.

  

EPÍLOGO.

                  Basado en hechos reales, el crimen ocurrió en la localidad sevillana de Constantina.

                 Pepe Díaz ( que siempre se confesó inocente), pasó tres años en prisión, por ser considerado el verdadero asesino. Se desconocen los motivos de su excarcelación.

Lo cierto, es que marchó a vivir a Barcelona, aunque este año pasado fue visto en el pueblo.

               El asesino fue un afilador que, tras haber sido detenido, por otro crimen  en un pueblo cercano, se confesó autor del doble asesinato de la Hesilla.

               José Alvarez Gallego, cabo  de la policía Municipal de Constantina, realizó gran parte de las investigaciones intentando esclarecer tan trágicos sucesos. Ya jubilado, vive en Gines.

 Envío:

                         Mi más sincero agradecimiento a

                José Antonio Álvarez Pizarro, por aquellas

               historias de verano, junto a la Fuente los Patos

               que tantos temores me suscitaron de niña. 

 

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