Natalie Páez

 

Hakim

 

Lulua es el nombre de un afluente que a su vez es otro afluente del río Congo, en el Zaire,  África central. A sus orillas se postra la ciudad de Kanaga, un pequeño núcleo urbano con no más de cuatrocientos mil habitantes. Como casi todos los países de este continente, la agricultura es su principal fuente de riqueza, y con la que sobreviven la mayoría de las personas. En las afueras, existen pequeñas casas rurales donde habitan familias empobrecidas y que trabajan cultivando en la tierra algodón y café para vender más tarde sus cosechas en la ciudad. En uno de estos pequeños cortijos vive el joven Hakín con su familia. Hakín no tiene más que quince años, pero no conoce la niñez, ya que desde que nació ha tenido que trabajar mañana y tarde para ayudar económicamente a su familia. Es un niño alto, de un metro setenta más o menos, muy delgadito y con unas piernas larguísimas. Al igual que la mayoría de africanos, su blanca y reluciente sonrisa contrasta desmesuradamente con su oscuro tono de piel, y sus ojos brillan como si estuvieran inmersos en lágrimas durante todo el tiempo. Suele vestir con una vieja camiseta azul, desgastada y palidecida por el sol, y unos pantalones vaqueros que su madre le cortó para que no pasara calor. Sus padres se casaron de jóvenes, estando ella ya encinta de su primera hija, Micaela. Eran un matrimonio pobre, por lo que el alcalde de la ciudad les proporcionó un pequeño hogar a cambio de que cuando comenzaran a ganar dinero se mantuvieran y salieran adelante por sí mismos. Al nacer Micaela y pasar algunos años, encontraron en ella una ayuda para las tareas domésticas y ganaderas. Mientras ellos cultivaban y araban el campo, ella cuidaba del ganado y preparaba la comida, además de otros quehaceres cotidianos. La verdad es que Micaela nunca pensó en ir a la escuela ni trabajar en la ciudad, ni siquiera había oído hablar de ese tema a nadie, por lo que no tenía ilusión por conocer cómo era la vida urbana. Cuando tenía unos diez años vino al mundo Hakín. Sus padres, Teodora y Habuba no lo habían tenido por placer, sino por poder conseguir otra mano de obra en la familia. Y de este modo, cuando el pequeño comenzó a hacerse adulto conoció el campo. Pero además de esto, aprendió lo que era el trabajo duro, el cansancio, el calor y el sufrimiento de no poder hacer lo que quisiera. Porque él si soñaba con ser alguien en la vida, soñaba con viajar a la ciudad y estudiar una carrera, por pequeña que fuera, soñaba con ser alguien reconocido y admirado por su trabajo, y soñaba tantas cosas que la inmensidad del océano le parecía pequeña comparada con la inmensidad de sus sueños. Pasaba las noches tumbado en su lecho, observando las estrellas, pensando en cómo sería la vida de aquellas personas que sí tienen un oportunidad, que pueden elegir, aquellas que han tenido la suerte de vivir en un país del primer mundo. Hakín no entendía como los niños de su edad que vivían en esas enormes ciudades del norte y que teniendo la oportunidad de hacer tantas cosas, de visitar tantos lugares y de aprender, desaprovechaban su vida sentados frente a algo tan aburrido como la televisión. Hakín no entendía el por qué a él le había tocada vivir en aquel lugar, una pequeña casa alejada de toda la sociedad, el por qué de que la balanza de la vida estuviera tan desequilibrada en contra suya. Había pasado quince años de su vida en completa soledad, sin un compañero, un amigo al que pudiera hablar, con el que pudiera consolar su desgracia. Sólo tenía dos aficiones: correr y soñar. Las dos le hacían olvidar el injusto mundo en el que vivía, las dos le hacían inhibirse de la realidad y viajar a lugares lejanos y mágicos, a sitios inalcanzables para él. Cuando no estaba cansado corría durante largo tiempo, mas sus largas piernas se lo permitían y su mente comenzaba a divagar. Nunca había pensado en contarle sus sentimientos a sus padres. Pensaba que si Micaela no había salido de casa, él no iba a ser menos. A sus padres le interesaba la ayuda y el trabajo que les proporcionaba y no iban a dejar que se marchara tan fácilmente.  No había casi dinero, y había que conseguir lo mínimo para mantenerse. Cuando llegaban ayudas económicas,  alimentos o ropas, ellos eran de los primeros en recibirlas, pero esto ocurría muy de vez en cuando, cuando los aduaneros no se apoderaban del cargamento.

Hacía un día lluvioso, húmedo y gris, cuando Hakín se levantó temprano para salir a correr. Era un día extraño, como pocas veces los hay en África central. Hakín echaba de menos esos días, porque le recordaban a las grandes ciudades del norte y la mayoría de las veces el radiante sol le llegaba a molestar. Sus padres estaban todavía acostados cuando él salió de casa. Como era domingo y tocaba día de descanso, todo estaba en silencio y sólo se oía el cantar de los pájaros. Hakín se puso unos viejos pantalones cortos y una camiseta rota, y se encaminó hacia los cafetales, dispuesto a superar en velocidad al viento, a sentirse libre, y a notar la arena estremecerse bajo sus pisadas. Ya en el camino de vuelta comenzó a llover, pero a él no le importaba. Sentía las gotas de agua golpear y resbalar sobre su oscura tez, y eso le hacía sentirse fuerte, resistente a todo, incluso a su destino. De pronto se percató de que un hombre lo observaba. Era un hombre muy bien vestido, que le miraba a través de unas enormes gafas y cuya mirada era profunda y penetrante.  Era más bien alto y muy blanco de piel, delgado y con una piernas muy largas, al igual que él. En sus manos sostenía un pequeño cuaderno donde hacía algunas anotaciones con una pluma, y un cronómetro, que a la vez le colgaba del cuello. Hakín no le dio importancia pero sí le resultó extraño. El porte de aquel hombre denotaba a la legua que no era de allí, que era del grupo al que él llamaba los privilegiados. Cuando llegó a su casa sus padres le estaban esperando para desayunar, ya que más tarde el y su padre irían a Kanaga a vender la cosecha que habían recogido en esa semana. A Hakín le encantaba ir a la ciudad, sentir el ambiente de sus calles, dejar atrás la aridez del campo y, por qué no, observar a las jovencitas que por allí pasean. Cuando hubieron vendido todo lo que tenían y, durante el camino de vuelta, su padre le hizo una extraña pregunta.

- ¿qué harías si tu madre y yo no estuviéramos contigo y tuvieras que valerte por ti solo?

- papá, ¿a qué viene esa pregunta?

- Hakín, no te he dicho mil veces que cuando alguien te pregunta es de mala educación no contestar.

- si papá, pero es que nunca me lo he planteado, no he tenido necesidad de pensarlo.

- pues ya es hora de que lo hagas, cuando lleguemos a casa, tu madre, tú y yo vamos a tener una larga charla.

Y de este modo, comenzó, por llamarlo de algún modo, la nueva vida de Hakín. Al llegar a casa, su madre los estaba esperando en el porche junto a otro hombre, que para su asombro, era el hombre de las gafas. Encima de la mesa había unos folios firmados por ella y una gran suma de dinero. Hakín no comprendía nada, mirando a su padre intentaba averiguar qué pasaba, pero éste mantenía su enjuto rostro sin ningún signo de sorpresa. La primera en hablar fue su madre, a la cual le resbalaban pequeñas lágrimas por las mejillas.

-        Hakín, hijo, tu padre y yo pensamos que es lo mejor para todos, y los hacemos por tu bien. Este señor ha estado observándote y piensa que puedes llegar a ser un gran atleta de élite si entrenas, pudiendo ganar más dinero del que te imaginas. Creemos que tú eres un gran chico y te mereces lo mejor.

-        - tu madre y yo estamos de acuerdo-dijo el padre- haz tus maletas, te marchas esta tarde, y ve despidiéndote de tu hermana.

Hakín no articuló palabra. Todo le sonaba tan frío, tan poco meditado, tan repentino, que no supo reaccionar. Subió a su habitación y metió en un bolso sus pocas pertenencias. Todo había sucedido tan rápido que no estaba ni seguro de lo que quería. Soñaba con marcharse y ser alguien, pero no ese tipo, sino alguien con un trabajo merecido.

De todos modos, aquella misma tarde emprendió su viaje hacia el norte.  No sabía cuál sería su destino ni qué sería de su vida, pero supo aceptar lo venidero como alguien adulto, con grandes temores, pero sin exteriorizarlos. Subido por primera vez en un avión, observaba lo pequeño que era el mundo desde las nubes, y lo enorme que a él le parecía desde los viñedos. El hombre de las gafas no decía nada, parecía pensativo. Sólo lo miraba con esos ojos que lo caracterizaban.

- ¿a dónde vamos?- preguntó.

- a Francia. Allí entrenarás en el equipo nacional de atletismo para competir a nivel mundial. Tienes mucho futuro, chico.

- pero, ¿y si echo de menos a mis padres?, ¿podré volver?

- el mundo del deporte no es cuestión de sentimientos hijo, sino de dinero y poder, y tú tendrás ambas cosas y serás respetado si quieres.

Hakín sabía de sobra que los pensamientos de sus padres no eran de hacer alguien importante de él, que les daba igual verle en la tele, les daba igual que se hiciera famoso. Lo que ellos querían era el dinero y los beneficios que les pudiera reportar, y para él esa era la cruda realidad, aunque se intentara ocultar. Su casa no era como las demás, el poder comer y vivir estaba por encima y era el único objetivo.

Cuando llegaron a Francia, Hakín no se encontró con lo que siempre había soñado. Quería estar allí con su familia y compartir con ellos todos los privilegios, pero sus motivos ahora estaban encaminados hacia algo que no sabía con certeza si iba a salir bien. Entró en un internado de deportistas, donde lo acogieron como uno más del grupo. Entrenaba mañanas y tardes con el único objetivo de poder competir en los grandes eventos, y casi no podía disfrutar de esas cosas que tenía a su alcance. Y de este modo pasó el tiempo, casi sin tener noticias de sus padres, excepto las cartas que le enviaban muy de vez en cuando. Mantenían correspondencia, pero muy corta y escasa de sentimientos. Por primera vez sentía de verdad la soledad, sentía que nadie estaba a su lado y lo apoyaba por lo que era, sino por lo que podía llegar a ser, sentía que todos esperaban mucho más de él.

Hakín empezó a competir, al principio no con mucha suerte, pero luego fue progresando y ascendiendo. Ya era conocido a nivel nacional y todos le admiraban por sus grandes hazañas deportivas. Era alguien muy importante y él lo sabía. Por fuera todo era perfecto, pero en su interior sentía agobio, presión, se sentía prisionero, no era libre. Pertenecía a sus entrenadores y al mundo que lo rodeaba, y cada día se le hacía más pesado, sin un calor familiar que lo apoyase. Viajó por todo el mundo, conoció cientos de lugares y culturas, y descubrió mucha gente interesante y diferente, pero no había vuelto a su hogar desde aquel día en que hizo las maletas para marchar a Francia. Ahora tenía miedo. Tenía miedo de volver a ver a sus padres, de la impresión que tendría, de si su relación con ellos habría cambiado, tenía miedo de que el pasado no volviese a ser lo que era.

Un día, al faltar a los entrenamientos, el hombre de las gafas subió a su habitación para ver lo que le había sucedido. Fue notoria su sorpresa cuando se la encontró vacía, sin nada en los armarios y con una simple hoja de papel doblada sobre el escritorio. El hombre la cogió y comenzó a leer.

 

Esta carta va dirigida a todas las personas con las que he compartido mis últimos años, a las que me han apoyado, y a las que siempre recordaré con especial cariño, porque son los únicos amigos que he tenido siempre:

estos años han sido muy felices, pero me faltaba algo, algo muy importante que siempre he echado de menos: mi antigua vida. Desde que llegué aquí me han tocado y tratado físicamente como se hace con un animal. He tenido que correr sobre las pistas y sobre el asfalto, y orinar en tarritos de cristal para realizar pruebas médicas. He sometido mi piel a pinchazos diarios para sacarme sangre, y a mis pulmones a constantes soplidos. Mis pies han hecho cientos de kilómetros sobre cintas eléctricas mientras mi cuerpo palpitaba lleno de electrodos, acelerado, y sentía dolor. Me han pintado números en el cuerpo y llevado a grandes estadios rebosantes de gente que chillaba sin cesar mi nombre. Había muchas banderas que, impulsadas por el viento, agitaban los colores de los países en redondo. Me han puesto clavos en los pies con lo que he arañado el suelo, mientras que yo antes lo acariciaba. He aprendido mucho, pero diferente a lo que se aprende en los libros, algo más humano y también cruel.  He aprendido a perder, a ganar, sobre mis rivales y sobre el tiempo, a golpe de entrenamientos y carreras. He sentido las caricias extrañas de la gente, los empujones y codazos de mis adversarios, pero también sus felicitaciones y apoyo. Por primera vez he conocido la avaricia, las pasiones, el orgullo, otro mundo y el dinero.

Antes, yo corría entre los viñedos y desafiaba al viento, después, la suerte cambió mi vida, y ahora soy un extranjero en este mundo, el mundo de las personas codiciosas. Antes yo era sencillo y me gustaban las cosas sencillas, y ahora lo voy a volver a ser. He decidido retornar a mis orígenes, a mis raíces, a lo que antes era y a lo que siempre he sido, un africano. Porque no entiendo  como el dinero y la fama pueden cambiar a las personas, despreciando a las que no lo tienen aunque sean de la misma raza y casta. Porque entiendo que hemos nacido en un lugar porque estábamos destinados a vivir de ese modo, y en definitiva, porque añoro a mi familia. Y aunque la mayoría de las personas se empeñen en creer ue de este modo seré menos feliz, yo creo que no, porque prefiero estar en el lugar donde Dios me colocó desde un principio.

 

  Estadisticas

Servicio de contadores