“¡Por
Dios, señora condesa! ¿Os dais cuenta del crimen que estáis
cometiendo? Habéis osado corromper a vuestro tierno e inocente retoño
iniciándole en el más nefando de los vicios, la
lectura. [...] Sabed que una vez encenagado en la lectura,
vuestro pobre hijo ya no se detendrá ante ninguna fechoría:
se atreverá a pensar por sí mismo,
desobedecerá a los farsantes
aunque lleven ropón hasta los pies, intentará descubrir
las causas del mundo físico y social que nos rodea en lugar de
repetir las jaculatorias usuales y quizá hasta llegue a convencerse de
que un buen comerciante o un buen
tejedor son personas más útiles
a sus semejantes que un rufián de apellido
ilustre o un general de caballería...”
Fernando
Savater