En esta
sección abordaremos la ingeniería de las naves espaciales,
así como algunos de los principios de Física en que
se fundamenta. Existen innumerables sistemas a bordo de una astronave:
propulsores, computadoras de navegación, soporte vital, detección
y rastreo, comunicaciones (que van desde las ondas de radio hasta
las emisiones de taquiones, pasando por microondas, láseres
y un largo etcétera) y, en algunos casos, armamento. Nos
centraremos, no obstante, en los sistemas de propulsión y
los de soporte vital, ya que constituyen el corazón de toda
nave tripulada.
Propulsión por Cohetes
Se basa en la ley de la conservación
del movimiento. Cualquier superficie, libre de la fuerza de rozamiento,
desde la cual se arroje un objeto, experimentará un "retroceso"
en la misma dirección y sentido contrario que será
inversamente proporcional a la masa del objeto arrojado. Los cohetes
proyectan chorros de gas a gran velocidad para impulsarse en la
misma dirección que dicho gas, pero en sentido contrario.
Cuanto mayor sea la masa del gas y la velocidad a la cual es proyectado
por el cohete, mayor será el impulso que experimentará
la nave.
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Cohetes de Propelente Líquido |
Básicamente, consiste en un
tanque de oxidante y otro de combustible que alimentan una cámara
de combustión. El gas que se obtiene a partir de dicha combustión
es expelido por las toberas del cohete. Hay varias clases de propelentes
líquidos, pero los tres más frecuentes son:
- Oxígeno líquido y algún hidrocarburo, como
gasolina, alcohol o queroseno.
- Oxígeno líquido e hidrógeno líquido.
- Propelentes almacenables, que se hallan a temperatura ambiente.
Los propelentes suelen almacenarse
en tanques a presión, tanto para disminuir al máximo
el volumen que ocupan como para impulsarlos hacia la cámara
de combustión cuando se abren las válvulas. Esta técnica,
incluso mejorada con la adición de gas comprimido dentro
de los tanques, limita considerablemente el flujo de combustible,
lo que implica un menor empuje del cohete. Por esta razón,
la mayoría de los cohetes utilizan turbinas para aumentar
el flujo de combustible, si bien se suele mantener la adición
de gas comprimido para evitar que, al hacerse el vacío, los
tanques puedan colapsarse sobre sí mismos. El combustible
es inyectado en la cámara de combustión y encendido
por medio de un sistema de ignición, que suele consistir
en descargas eléctricas o cargas pirotécnicas. Los
gases que se producen en la combustión fluyen a través
de la tobera -que tiene forma de embudo- inicialmente a gran presión
y baja velocidad, aunque van perdiendo presión y ganando
velocidad según ésta se va ensanchando. El resultado
es una gran fuerza de empuje, que puede optimizarse dotando a la
tobera de la longitud y forma más adecuada para ello. Una
tobera demasiado corta perderá buena parte del impulso del
gas, mientras que otra demasiado larga generaría turbulencias
que tendrían el mismo resultado.
Los propelentes de oxígeno
líquido e hidrógeno líquido generan un empuje
1,5 veces superior a los combustibles de oxígeno líquido
e hidrocarburos, pero tienen el problema de que la reducida densidad
del hidrógeno líquido obliga a fabricar tanques de
combustible mucho más grandes. Y ambos tipos comparten el
problema del almacenamiento, ya que deben permanecer a muy bajas
temperaturas. Ello implica que o bien son cargados muy poco antes
de ser utilizados o representarán un coste energético
considerable en sistemas de refrigeración.
Este problema no existe en el caso
de los propelentes almacenables, como por ejemplo la combinación
de peróxido de hidrógeno concentrado, como oxidante,
y la anilina, como combustible. Estos combustibles suelen ser tóxicos
y corrosivos, y plantean problemas en su manipulación. Además
son hipergólicos, esto es, se inflaman simplemente por entrar
en contacto, lo cual presenta tantas ventajas como inconvenientes.
Por supuesto, al margen de los comentados
anteriormente, existe un sinfín de propelentes distintos,
basados todos en pequeñas variaciones del mismo concepto.
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Cohetes de Propelente Sólido |
El propelente es un bloque cilíndrico,
normalmente con un agujero en el centro para garantizar una combustión
uniforme. Dicho agujero puede presentar una gran variedad de formas,
aunque, por su idoneidad, predominan los de forma estrellada, que
exponen una mayor área de superficie combustible y generan
mayor empuje.
Un buen ejemplo de este tipo de propelente
lo constituye la pólvora negra, una mezcla de carbón
vegetal y sulfuro, y un oxidante, el nitrato potásico. Aunque
es perfecto para los fuegos artificiales, resulta sumamente difícil
fabricar un cohete que emplee como combustible pólvora negra
o explosivos de nitrocelulosa, dado que se consumen demasiado deprisa,
generando un enorme empuje durante breves intervalos de tiempo.
Existen otras alternativas, como
el asfalto, usando como oxidante perclorato potásico. Una
de las opciones más sofisticadas la constituyen los polímeros
sintéticos, mezclados con perclorato amónico o algún
otro oxidante. Estos propelentes sintéticos pueden llegar
a igualar, y hasta superar, el empuje que proporcionan los que se
derivan del oxígeno líquido. No obstante, presentan
un serio inconveniente: una vez se ha encendido el combustible,
resulta casi imposible de apagar, por lo que se suele optar por
una hibridación que emplea oxígeno líquido
como oxidante.
Propulsión Nuclear
Consiste en hacer pasar a un propelente
ligero -normalmente hidrógeno- a través del núcleo
de un reactor, que lo calienta hasta alcanzar temperaturas muy elevadas
para luego proyectarlo a gran velocidad. La propulsión nuclear
genera un empuje muy superior a la propulsión por cohetes,
pero incrementa considerablemente la masa de la nave espacial, debido
al reactor nuclear y, sobre todo, al blindaje antirradiación
del reactor.
Otra versión más avanzada
provoca la fisión del propelente, que se calienta hasta alcanzar
el estado de plasma, el cual es expulsado a velocidades muy altas.
Suelen utilizarse pequeñas "toberas" magnéticas
para garantizar que el uranio permanezca dentro de la cámara
de reacción, permitiendo que sólo el plasma pueda
escapar.
Más eficientes aún
resultan los reactores de fusión nuclear. No obstante, este
tipo de propulsión tampoco carece de problemas. Un reactor
de fusión necesita como combustible deuterio, tritio (unos
raros isótopos del hidrógeno) o bien, en los modelos
más sofisticados, simplemente hidrógeno. Cualquiera
de estos gases es muy ligero, y se requieren unos tanques de gran
tamaño para almacenar el combustible. Una solución
son los ramjets, naves equipadas con enormes colectores electromagnéticos,
con un radio de miles de kilómetros, que canalizan el hidrógeno
interestelar hacia la toma del reactor. De este modo, se puede prescindir
de voluminosos tanques de combustible.
La propulsión nuclear más
avanzada es la que emplea reactores de materia-antimateria. Su colisión
convierte toda la masa en energía, que se utiliza para acelerar
el propelente hasta velocidades muy próximas a la de la luz.
El problema estriba en el almacenamiento de la antimateria, que
es sumamente inestable y debe ser contenida con poderosos campos
electromagnéticos.
Propulsión Solar
Se basa en el mismo principio que
la propulsión nuclear, pero prescindiendo del reactor y reemplazándolo
por espejos y lentes, que reflejan y enfocan la luz solar, calentando
el propelente hasta muy altas temperaturas. Por supuesto, este sistema
limita el radio de acción de la nave espacial a las proximidades
de un sistema solar, razón por la cual es frecuente que se
incorporen a estas naves proyectores de microondas o de rayos
láser, que calientan el propelente sin necesidad de ayuda.
Este sistema híbrido supone un importante ahorro de energía
en las proximidades de un sol, y al tiempo garantiza la autonomía
de la nave en el espacio profundo.
Propulsión Iónica
Consiste en acelerar los iones de
un propelente relativamente pesado, como el xenón, haciéndoles
atravesar rejillas de alto voltaje hasta que alcanzan grandes velocidades.
Su nivel de eficiencia es muy alto, superando con diferencia a los
propelentes líquidos.
Puede emplearse mercurio o cesio
como propelente, pero su toxicidad plantea problemas a la hora de
manipularlos. El xenón, aunque es raro en la naturaleza,
es la opción más empleada por sus excelente cualidades:
normalmente es un gas, tiene un peso atómico elevado y un
potencial de ionización bajo, es químicamente inerte
y es fácil de manipular. Los átomos de xenón
se inyectan en una cámara de ionización, donde un
emisor de electrones los convierte en iones positivos, que son acelerados
por redes de alto voltaje -frecuentemente de molibdeno- proyectando
a los iones a gran velocidad. Se inyectan electrones en el flujo
de iones que emerge de la tobera para neutralizarlos y evitar que
la nave adquiera una carga negativa, lo cual atraería de
vuelta a los iones positivos, provocando una disrupción en
la rejilla.
Otro modo de provocar la ionización
del propelente es por medio de la interacción entre campos
eléctricos y magnéticos, aprovechando el llamado "efecto
Hall" para acelerar los iones.
Propulsión Electrotermal
El propelente -normalmente hidrógeno,
amoniaco o hidracina- es calentado por medios eléctricos,
en lugar de emplear la combustión, un reactor nuclear o espejos
solares. Puede emplearse para ello un arco voltaico o bien elementos
que actúen como resistencias eléctricas, aunque este
último método genera menos impulso.
Propulsión Electromagnética
El combustible es un cilindro sólido
-teflón, en la mayor parte de los casos- que es empujado
por un muelle o un mecanismo hidráulico hacia un pulso eléctrico
de alta intensidad que vaporiza la zona de contacto. El campo electromagnético
que se genera acelera el combustible vaporizado hacia la tobera
de salida. El empuje puede controlarse con precisión variando
la magnitud del pulso eléctrico o su frecuencia.
Propulsión Magnética
El propelente -habitualmente argón,
litio o hidrógeno- es acelerado por campos magnéticos,
generados en la mayor parte de los casos por campos eléctricos
en movimiento.
Propulsión Atómica
Una pantalla parabólica centrada
en la popa de la nave actúa como impulsor, recibiendo la
onda de choque procedente del plasma generado por la detonación,
a unos pocos cientos de metros, de una secuencia de bombas atómicas,
arrojadas desde un orificio situado en el centro de la pantalla.
Este concepto se desarrolló a mediados de los años
cincuenta en Estados Unidos bajo el nombre clave de Proyecto Orión,
pero jamás llegó más allá de la teoría.
Varias civilizaciones cuentan con
sus propias versiones del Proyecto Orión, pero no se sabe
de ninguna que haya desarrollado un prototipo operativo. Los problemas
técnicos son muchos, tanto para escudar a la tripulación
de la radiación como para sincronizar con la precisión
debida las explosiones, sin olvidar el desgaste incesante al que
es sometida la pantalla impulsora.
Propulsión Ciclotrónica
Partículas de elevado peso
atómico son aceleradas y propulsadas a través de la
tobera, generando una gran fuerza de empuje. Se requiere una gran
fuerte de energía y miniaturizar lo suficiente el acelerador
de partículas, o ciclotrón.
Velas Solares
La luz presenta fenómenos
de interferencia y difracción, como si fuese una onda, pero
en el efecto fotoeléctrico se manifiesta como una partícula.
Estas partículas, llamadas fotones, poseen momento, y al
reflejarse en una superficie le transfieren a ésta una parte.
De este modo, una gran superficie reflectante puede ser impulsada
por la acción de los fotones de un modo sutil pero constante.
El empuje que genera la vela solar arrastra la nave espacial a la
que está sujeta, proporcionando así un sistema de
navegación sin necesidad de cámaras de combustión
ni tanques de propelente. Estas velas también responden a
los vientos solares, flujos de iones que parten de las capas superiores
de la corona de una estrella a velocidades tan grandes que escapan
de la atracción gravitatoria de ésta y se alejan en
el espacio.
La presión de la luz es muy
sutil, y se requieren velas muy grandes, casi impalpables y de gran
poder reflectante. Al mismo tiempo, deben ser lo bastante sólidas
como para no rasgarse si sufren algún daño de poca
consideración. Las velas solares tienen que montarse en algún
tipo de armazón móvil para dotar de maniobrabilidad
a la nave espacial, y han de poder plegarse y extenderse con un
mínimo de soltura. Suelen emplearse diferentes tipos de polímeros
en la construcción de una vela solar.
Se puede optimizar el rendimiento
de las velas solares valiéndose de algún medio -por
ejemplo, instalando frente a ellas una espiral de material superconductor-
que genere un campo magnético que capture las partículas
del viento solar y las empuje hacia la vela.
Otra opción consiste en disparar
un rayo láser contra la superficie de la vela solar, bien
desde la propia nave o desde un satélite cercano. El empuje
obtenido es muy superior al que puede conseguirse con la luz y el
viento solar, pero las temperaturas que se generan son muy altas
y pueden quemar la vela, que debe poseer un elevadísimo grado
de reflectividad para que esto no ocurra.

La velocidad de la luz es una constante
universal, una barrera infranqueable que, en el vacío, se
sitúa sobre los 300.000 kilómetros por segundo. Lamentablemente,
para una civilización que tenga intereses en estrellas lejanas
es insuficiente. La luz necesita años para recorrer las vastas
distancias que separan a unas estrellas de otras, limitando drásticamente
el alcance de las rutas comerciales. Peor aún: no hay forma
de acelerar una nave hasta alcanzar la velocidad de la luz, ya que
su masa se incrementa exponencialmente, así como la cantidad
de energía necesaria para mantener la aceleración.
La ecuación de Lorentz expresa este incremento de la masa
en función de la velocidad a la que viaja un objeto o partícula:
 |
M' |
= |
Masa en movimiento. |
| M |
= |
Masa en reposo. |
| v |
= |
Velocidad de desplazamiento. |
| c
|
= |
Velocidad de la luz. |
Como puede observarse, cuanto mayor
es el valor de v, mayor es la cantidad que debe restarse
a 1 y, en consecuencia, mayor es la masa del objeto en movimiento.
Si v llegara a igualar la velocidad de la luz, el resultado
obtenido al dividir la velocidad del objeto al cuadrado entre la
velocidad de la luz al cuadrado sería 1. Uno menos
uno es igual a cero, cuya raíz cuadrada es también
cero. Al dividir cualquier número entre cero, se obtiene
el infinito. Una masa infinita carece de sentido, por lo que la
velocidad de la luz es imposible de igualar y menos aún de
superar, ya que al calcular la raíz cuadrada de un número
negativo (1 - [valor mayor que 1]) obtenemos como
resultado un número imaginario. Una masa imaginaria es inconcebible,
lo cual descarta también que puedan alcanzarse velocidades
superiores a las de la luz.
No obstante, y en aparente contradicción
con tales afirmaciones, se encuentran los taquiones, partículas
cuya velocidad es superior a la de la luz. Tanto los fotones como
los taquiones sólo poseen masa en movimiento, pero no en
reposo. Es más, ninguna de estas partículas puede
estar jamás en reposo (excepto en la imaginación de
los físicos teóricos), ya que se destruyen al instante.
La barrera de la luz continúa siendo absoluta; las partículas
sublumínicas no pueden atravesarla para viajar más
rápido que la luz, y las partículas hiperlumínicas
no pueden franquearla para viajar más despacio que la luz.
Existen diferentes soluciones a este
problema, la mayor parte de las cuales se basan en "plegar
el espacio", en provocar distorsiones en el continuo espacio-tiempo
que actúan como "atajos" entre las estrellas, aunque
también pueden aprovecharse fallas naturales (agujeros blancos
y agujeros de gusano) en el tejido del universo.
Agujeros Blancos
Un agujero blanco es la inversión
total de un agujero negro. Nada puede caer en él, ni siquiera
la luz. Expulsa todo lo que el agujero negro al que está
conectado había absorbido previamente. Entre ambos forman
una especie de túnel que, en principio, puede ser aprovechado
para, en apariencia, rebasar la velocidad de la luz y reducir drásticamente
el tiempo de navegación. Presenta, no obstante, un gran número
de dificultades técnicas. El tirón gravitatorio de
un agujero negro tiende a aplastar cualquier objeto que rebase el
horizonte de los acontecimientos, estirándolo hasta convertirlo
en una línea que se precipita sobre el núcleo hiperdenso
de la singularidad. Diseñar una nave que resista estas fuerzas
(con escudos electromagnéticos o campos de éstasis)
es muy difícil, pero aún lo es más calcular
el vector de aproximación adecuado y mantener la trayectoria
de la nave para que pueda esquivar el núcleo del agujero
negro, en lugar de estrellarse directamente contra él. Muchas
civilizaciones se han planteado esta forma de transporte, y muy
pocas han desarrollado prototipos funcionales. La razón principal
por la que esta técnica suele descartarse por completo, no
obstante, es que es prácticamente inviable. Sólo puede
viajarse en una dirección, entrando por el agujero negro
en A y saliendo por el agujero blanco en B. Para el viaje de vuelta,
se necesitaría otro agujero negro en C, lo bastante cerca
de B como para poder alcanzarlo en un tiempo razonable. Que C desemboque
cerca de A es sumamente improbable, de modo que se terminaría
en otro punto, D, cerca de cual habría de existir otro agujero
negro lo bastance cerca... y vuelta a empezar. Sería como
emplear una red de Metro en la que los trenes circulan en un único
sentido y en el que las estaciones de enlace suelen estar prohibitivamente
lejos, ya que han sido dispuestas completamente al azar. Por si
fuera poco, muchos agujeros negros no comunican en absoluto con
un agujero blanco, y su correcta identificación como "callejones
sin salida" resulta sumamente compleja.
Agujeros de Gusano
El "túnel" que forma
un agujero negro conectado a un agujero blanco ha sido denominado
en ocasiones, erróneamente, "agujero de gusano".
La topología del universo se va volviendo gradualmente más
y más complicada, según progresan los estudios acerca
de su naturaleza. El pozo gravitatorio de un agujero negro es una
distorsión del tejido del espacio-tiempo. La deformación
generada por un agujero de gusano va más allá, afectando
otras dimensiones físicas. Existe una compleja red heptadimensional
de agujeros de gusano que forma como una rejilla de contención
que separa el espacio convencional del hiperespacio, y por la que
puede viajar tanto la materia sólida como la energía,
rebasando en apariencia la velocidad de la luz. Esta red es perfectamente
estable, y se expande con el universo. No puede decirse lo mismo
de cada "puerta de acceso" a la red, también designada
coloquialmente como "agujero de gusano", cuando en términos
más rigurosos debería ser "nódulo interfase
de agujero de gusano". Estos puntos de acceso se producen por
causas naturales, como por ejemplo cuando un agujero negro está
en rotación, tiene carga eléctrica o, mejor aún,
cuando reúne ambas cosas.
A diferencia de los agujeros negros,
los agujeros de gusano pueden verse a simple vista; el aspecto de
su superficie oscila entre lo líquido y lo cristalino, en
una singular ilusión óptica cuya percepción
puede variar ligeramente incluso entre individuos de una misma raza.
Esta "puerta de acceso" conduce directamente a la red
de agujeros de gusano, que puede visualizarse como un entramado
de venas y arterias de formas irregulares, por cuyo interior puede
navegarse libremente hasta alcanzar una salida. Lamentablemente,
como se mencionaba en el párrafo anterior, las entradas y
salidas de la red de agujeros de gusano son altamente inestables,
y suelen colapsarse ante la más leve perturbación,
incluyendo la que puede producir una nave al atravesarlos.
Por supuesto, también pueden
obtenerse agujeros de gusano (nódulos interfase de agujero
de gusano) de forma artificial, concentrando vastas cantidades de
energía en un punto minúsculo, del tamaño de
un átomo de hidrógeno. Esto provoca una distorsión
heptadimensional del tejido del universo, una puerta de acceso (generalmente
de un único sentido) a los agujeros de gusano, y que actúa
de emisor. Un cuidadoso balizado de estos "atajos cósmicos",
como el empleado en el sistema de Puertas Estelares, permite sintonizar
el punto de destino, siempre y cuando allí exista otro generador
de nódulos interfase de agujero de gusano actuando a modo
de receptor. Sin dicho balizado, la navegación a través
de un agujero de gusano es más compleja, y requiere un cartografiado
exhaustivo. Pueden emplearse nódulos naturales de salida,
pero dada su inestabilidad, no suele hacerse. Cuando la nave se
aproxima a su destino, se abre un nódulo artificial para
regresar al espacio normal.
Pliegue del Continuo Espacio-Tiempo
Aunque una nave no puede igualar
la velocidad de la luz, sí puede aproximarse a ella. La cantidad
de energía que se requiere para acelerar la nave es enorme,
pero menor de lo que pensaba la antigua física relativista.
La ecuación de Lorentz indica que la masa de la nave en movimiento
aumenta con la velocidad, lo cual implica un mayor coste energético
para mantener su aceleración. No obstante, la masa del combustible
se incrementa según el mismo factor, generando más
energía. Guiándose sólo por este criterio,
una nave podría terminar alcanzando la velocidad de la luz,
momento en el cual su masa infinita sería propulsada por
un combustible de masa también infinita, generando infinita
energía. Dejando a un lado el absurdo que representa la masa
y la energía infinitas, aún quedaría añadir
otro factor a la ecuación: todos los cuerpos deforman el
espacio; de modo imperceptible los que poseen poca masa, y de forma
significativa los de gran masa. Esto implica que cuanto más
aumente la masa de un cuerpo, en función de su velocidad,
tanto mayor será la distorsión que generará
en el continuo espaciotemporal.
Pero eso no es todo. Un agujero negro
es una estrella gigantesca que se colapsa sobre sí misma
cuando la fuerza de su propia gravedad supera la fuerza expansiva
de la fusión nuclear que tiene lugar en su núcleo.
Entonces implosiona, menguando dramáticamente su tamaño
para convertirse en una singularidad de la cual ni la luz es capaz
de escapar. Para cuando esto ocurre, buena parte de la masa de la
estrella ha desaparecido, convertida en energía que se irradió
al espacio. No obstante, esa masa superior no generaba el mismo
tipo de distorsión que su posterior encarnación como
agujero negro. En su fase de estrella, la enorme masa deformaba
una gran extensión de espacio-tiempo; en su fase de agujero
negro, la estrella colapsada distorsiona un área mucho menor,
pero la deformación es más intensa, más profunda.
Ello es debido a que la densidad de un agujero negro es muy
superior a la de la estrella a partir de la cual se originó.
Podría decirse que la estrella forma un valle -o depresión-
que ocupa una enorme extensión de espacio-tiempo, mientras
que el agujero negro es un pozo, mucho más profundo y de
diámetro muy inferior.
Al acelerar una nave hasta velocidades
próximas a la de la luz, en un volumen relativamente diminuto
(mucho menor que un planeta, por ejemplo) se concentra una gran
masa (y, por ende, una gran densidad) que, a su vez, genera una
intensa distorsión espaciotemporal, un pliegue que acerca
el punto de destino hacia la proa al tiempo que aleja el punto de
origen de la popa. La nave debería desplomarse sobre sí
misma bajo la presión de su propia gravedad incrementada,
pero la dilatación temporal que se experimenta hace que ésta
se aproxime asintóticamente al colapso, sin llegar a alcanzarlo
jamás. Una vez en las proximidades del punto de destino,
la nave decelera y emerge de la singularidad creada por ella misma.
Debe señalarse que algunos
de los sistemas de propulsión, como la nuclear y la ciclotrónica,
y, en menor medida, la iónica y la atómica, catalagados
aquí como sublumínicos, se pueden utilizar también
-convenientemente optimizados- para proporcionar la aceleración
necesaria para generar la distorsión.
Existe otra forma de plegar el continuo
espaciotemporal, muy poco documentada, que es utilizada por la Cofradía
Espacial. La técnica es mantenida bajo riguroso secreto,
y sólo ha llegado a traslucir que los Navegantes de Tercer
Nivel emplean la especia melange para transformarse a sí
mismos y obtener el don de doblar el espacio.
Puede generarse gravedad artificial
de diversas formas. Una de ellas consiste en emplear aceleradores
de partículas alineados de forma geométrica. Cuando
las partículas viajan a velocidades próximas a la de
la luz originan una distorsión en el continuo espaciotemporal,
orientada en la dirección del movimiento. Al viajar en círculos,
este flujo de partículas renueva constantemente la distorsión,
impidiendo que el espacio-tiempo vuelva a su forma original. Ajustando
la velocidad de las partículas y la orientación espacial
de los aceleradores puede graduarse la intensidad y la dirección
de la gravedad generada.
Aplicado a gran escala, esta técnica
puede emplearse para la navegación. Generando campos gravitatorios
frente a la proa de la nave, ésta "caerá"
hacia ellos, experimentando una aceleración que estará
en relación directamente proporcional con la intensidad de
dichos campos. Para decelerar, sólo hay que desconectar el
campo de proa y activar el de popa. Este sistema funciona también
para la navegación hiperlumínica. Simplemente, se
aumenta la intensidad del campo gravitatorio hasta crear una singularidad
a través de la cual se introduce la nave.
Hiperespacio
Es una región del universo
cuya existencia es relativamente sencillo de demostrar matemáticamente,
pero que conceptualmente presenta muchos problemas. Es difícil
dar con una definición de hiperespacio, y proliferan todo
tipo de especulaciones al respecto, incluso de naturaleza mitológica
y religiosa. En el hiperespacio el tiempo y el espacio están
disociados o sencillamente no existen tal y como los entendemos,
de modo que, en principio, no existe límite alguno a la velocidad
que puede alcanzarse. Viajar instantáneamente de un punto
a otro, atravesando el hiperespacio, es teóricamente posible,
pero requiere un desarrollo tecnológico que pocas culturas
han sido capaces de alcanzar.
El tejido del universo está
virtualmente saturado de puertas subatómicas que conectan
con el hiperespacio, y que completan la visión que tenemos
actualmente de su topología. El cosmos, pues, está
formado por el espacio convencional, contenido por una vasta red
de agujeros de gusano que le separa del hiperespacio. Estos tres
componentes están plegados sobre sí mismos, y en cierta
manera se contienen unos a otros, en una compleja estructura de
once dimensiones. Resulta difícil establecer analogías
adecuadas, pero es como si el universo fuese algo intermedio entre
una enorme piedra pómez y un queso Gruyere, compuesto por
tres capas semifundidas entre sí y, a la vez, claramente
diferenciadas. La red de agujeros de gusano sería como las
galerías del queso, con pequeños orificios de acceso
que se abren y se cierran constantemente, como las burbujas que
rompen la superficie de una sustancia pastosa en ebullición.
Las puertas subatómicas serían los poros de la piedra
pómez, uniendo entre sí espacio e hiperespacio, al
tiempo que, paradójicamente, los agujeros de gusano los mantienen
separados. Y todo ello formando un todo unitario, como diferentes
metales que se combinaran en una aleación.
Inyectando grandes dosis de energía
en una de estas puertas subatómicas puede abrirse un vórtice
hacia el hiperespacio, llamado punto de salto. Sólo
son estables durante un breve intervalo de tiempo, transcurrido
el cual se colapsan sobre sí mismos, regresando a sus dimensiones
originales. Algunas culturas han optado por fabricar puertas
de salto, enormes estructuras cuya única función
es abrir puntos de salto, con un coste energético menor.
Esta forma de viajar requiere de un cuidadoso balizado del hiperespacio,
para no extraviarse en él.
Otras civilizaciones, por su parte,
han desarrollado un método más sencillo y eficiente
para saltar al hiperespacio. Energizando simultáneamente
todas las puertas subatómicas que se hallan inmediatamente
a proa, consiguen que las partículas de la nave fluyan a
través de ellas como un líquido a través de
un colador, emergiendo intactas al llegar al destino. Este sistema
no requiere de un balizado del hiperespacio, pero resta capacidad
de maniobra. El destino debe ser introducido antes de realizar el
salto, y no puede alterarse sobre la marcha, a diferencia de la
navegación por punto de salto. Asimismo, en el cálculo
de la trayectoria hay que tener en cuenta los pozos gravitatorios
de planetas y estrellas, poniendo especial cuidado con los agujeros
negros, para evitar colisiones o ser desviados. Existen muchas técnicas
para energizar las puertas subatómicas, pero sin duda la
más sencilla y de menor coste es mediante el uso de una vela
taquiónica. La superficie de la vela recoge los taquiones
que chocan con ella, transfiriéndole su momento y su energía.
La nave acelera como un velero solar convencional, hasta que la
vela queda sobresaturada de energía, que es bruscamente liberada
y reabsorbida por las puertas subatómicas más cercanas,
provocando así un salto al hiperespacio.
A diferencia de los nódulos
interfase de agujero de gusano, que pueden abrirse en cualquier
lugar del universo, el salto hiperespacial no puede realizarse en
ausencia de puertas subatómicas de acceso, como ocurre en
las regiones del espacio, relativamente pequeñas y escasas
en número, denominadas vulgarmente "zonas muertas"
o "Sargazos cósmicos", y de las que todavía
se sabe muy poco. Pese a la similitud de las técnicas empleadas
-inyección de energía en un punto muy focalizado del
continuo espaciotemporal- los principios físicos en que se
basan el salto hiperespacial y la apertura de "agujeros de
gusano" son muy diferentes, así como toda la tecnología
implicada en el proceso.
La imaginación de los navegantes
ha poblado el hiperespacio de todo tipo de bestias fabulosas, generalmente
de tamaño gigantesco, que merodean en busca de naves y tripulantes
que devorar. Pese a los testimonios de muy diversa índole
que se prodigan en todas las civilizaciones, jamás se ha
podido obtener evidencia alguna de la existencia de tales criaturas.
Cronotransporte
Es una técnica completamente
distinta de las vistas anteriormente, basada en la expansión
del universo. Consistiría en viajar hacia atrás en
el tiempo miles de millones de años, cuando el Universo era
más pequeño, recorrer una minúscula distancia
hasta el punto de destino y regresar al presente. Sería como
desinflar un globo gigantesco para acercar dos puntos de su superficie,
muy separados entre sí, pasar de uno a otro y volver a hinchar
el globo hasta su tamaño original. Es viajar casi sin moverse
del sitio, pero plantea un gran número de problemas. Cuanto
más se retrocede en el tiempo, más se acerca el viajero
al Big Bang, y mayor es la concentración de materia
y de energía del universo primigenio, lo cual podría
tener consecuencias funestas. Se requeriría el uso de sondas
automáticas para, por así decirlo, cartografiar el
pasado del universo y medir los niveles de radiación y gravedad.
El cronotransporte es una fascinante posibilidad, teóricamente
posible, pero hasta la fecha no se tiene noticia de que nadie lo
haya llevado a la práctica jamás.
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