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IMÁGENES,"Buscando la mirada"
Salutación del Excmo y Rvdmo Sr Don Santiago García Aracil,
Obispo de Jaén.
Es para mí una satisfacción personal colaborar en la promoción y en la difusión de la polifacética riqueza presente en nuestras gentes y en nuestros pueblos. He podido comprobar que esta riqueza abunda más allá de lo habitualmente conocido. Se encuentra en múltiples realidades y aspectos de nuestro conjunto social, y va creciendo día a día como consecuencia de las más diversas aportaciones de nuestros paisanos y de nuestras instituciones.
La contemplación y valoración de nuestro patrimonio religioso, artístico, literario y costumbrista puede y debe acercarnos al conocimiento de nuestra identidad como pueblo y al aprecio objetivo de nuestra realidad. Desde este conocimiento y aprecio podemos abrirnos a la observación atenta de otras realidades, entablando un permanente diálogo de ofrecimiento y aprendizaje.
El amor a lo propio y el deseo de darlo a conocer forman parte del espíritu agradecido que debe caracterizar la madurez de todas las personas y de todos los pueblos.
Nadie puede afirmar que todo lo que constituye la propia entidad como individuo y lo que configura la identidad y la historia de un pueblo pertenecen exclusivamente a una herencia o a un regalo inmerecido. Pero tampoco estaría en lo cierto quien defendiera que, cuanto nos caracteriza y nos enorgullece legítimamente, es mera consecuencia de los propios esfuerzos. La verdad acerca de la idiosincrasia personal y de los perfiles característicos de un pueblo resultan de la confluencia entre los dones recibidos de Dios, los legados históricos generalmente integrados por distintas corrientes y responsabilidades a lo largo de los tiempos, y las conquistas logradas con el trabajo de las generaciones presentes.
Mi aportación en estas páginas quiere destacar el valor de la obra presentada en una exposición y en un catálogo que enriquece, desde ahora, el patrimonio religioso y cultural de Alcaudete y lo dan a conocer con exquisita sencillez. Por ello, me parece necesario hacer notar cómo se unen en esta obra de Eduardo Azaustre el don de Dios, la herencia histórica y la creación del autor como signo de las aportaciones de quienes pertenecen hoy al presente de este querido pueblo.
En primer lugar, el Don de Dios queda bien manifiesto en la religiosidad cristiana. Su vivencia eclesial a través de la historia ha dado lugar a las Cofradías objeto del homenaje del autor. Esta misma religiosidad, enraizada en el alma del pueblo, ha contribuido notablemente a la expresión sensible de los misterios divinos a través de las imágenes. Desde ellas se ha ido ofreciendo a la observación expectante de las gentes aquello que constituye la propia razón sobrenatural de vida y esperanza.
En segundo lugar, la herencia histórica es muy clara. El espíritu, el tesón y la generosidad de nuestros antepasados han ido tejiendo ese precioso tapiz que hoy nos muestra la íntima relación entre la fe y la vida, entre la contemplación del misterio y la necesidad de darlo a conocer, y entre la religiosidad y la cultura de un pueblo. De ello son testimonio incontestable no sólo las imágenes cuya presentación ocupa estas páginas y la exposición a que hacen referencia, sino las tradiciones religiosas que nos ha legado la devoción de los fieles y la voluntad asociativa de las cofradías en el decurso del tiempo.
En tercer lugar, la aportación del presente se ofrece a nuestra contemplación en la valiosa obra de Eduardo Azaustre. Su interés va más allá del valor estético de la obra pictórica. Esta creación religioso-artística nos introduce en el significado profundo de las imágenes que el autor ha destacado con verdadera inspiración religioso-poética y con su buen hacer artístico.
Me agrada especialmente subrayar la fuerza de la obra que presentamos. El subtítulo, que el autor ha dado a la exposición y al catálogo que le da permanencia para el futuro, es profundo y sugestivo a la vez: “Buscando la mirada”.
La mirada encierra el misterio de las personas, sus vivencias más profundas, la consistencia de su personalidad y la intencionalidad de sus actos. La mirada habla simultáneamente muchos lenguajes. Con la mirada confía uno a su interlocutor cuanto es, cuanto siente y vive en ese momento en sí mismo y en relación con quien tiene delante. Los evangelios nos transmiten la revelación que de sí mismo hacía Jesús precisamente con su mirada. Refiriéndose al diálogo del Señor con el joven rico, dice S. Marcos en su narración evangélica que, al escuchar del muchacho que cumplía los mandamientos, “Jesús le miró fijamente y con cariño” (Mc. 10, 17)
Buscando la mirada se adentra uno en la intimidad, en el núcleo más propio de cada persona.
La mirada atenta y penetrante es capaz de captar el lenguaje mismo del corazón ajeno. La mirada llega al corazón y es capaz de ver desde el corazón que, como dice Saint-Exueéry, capta las cosas verdaderamente importantes.
La mirada de Dios penetra hasta la raíz de nuestros más íntimos momentos. Por eso el salmista, confiando en que Dios capta con su mirada los sentimientos de auténtico arrepentimiento, ora diciendo “mírame, Señor, y ten piedad de mí” (Sl. 118, 132).
Mirar a Dios pone en juego a toda la persona que mira con religiosa atención. Mirar a Dios requiere el entretenimiento complacido del alma sumida en contemplación, como nos manifiestan los místicos. Por esa mirada podían ellos conocer y gustar el amor que Dios nos tiene, hasta vivir su relación con el Señor en gozosa actitud esponsal. Pero, aunque esa mirada parta del interés libre de la persona humana, es regalo de Dios que nos capacita para llegar a él. Por eso el poeta eleva su oración a Dios diciendo:
“Libra mis ojos de la muerte;
Dales la luz que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
Pido un milagro para verte”
(Him. Cuaresmal Liturgia Horas)
Buscar la mirada de las imágenes, que nos manifiestan cuanto el artista captó del misterio encerrado en el Señor y en la Virgen, abre un estilo de observación en profundidad. Nos dispone a un diálogo íntimo con quienes, desde el cielo, se hacen verdadera cercanía perceptible a través de las imágenes cuyos ojos contemplamos.
Buscar la mirada supone aprovechar toda la riqueza estética del rostro y, sobre todo, de los ojos y del gesto personal que en ellos se manifiesta. La expresión de los ojos nos permite conocer la profundidad del alma que, de otro modo, escaparía a los sentidos.
Buscar la mirada es ejercicio que nos ayuda a espiritualizar la observación. Al mismo tiempo, buscando la mirada de la imagen, se encuentra en la creación artística un preciado valor que provoca el diálogo místico desde el interior al interior; un diálogo en el ámbito de lo que vibra sin ser visto, y que no alcaza a disfrutar quien simplemente mira desde afuera y hacia fuera. Este es el diálogo más espiritual, más profundo y más sobrenatural. Este es el diálogo cristiano que el Señor nos brinda en la oración y para el que las imágenes constituyen una valiosa ayuda; sobre todo si nos adentramos en su más profunda significación buscando su mirada, buscando la vida que se significa en sus ojos. Por eso la devoción que las imágenes suscitan en el alma religiosa es una verdadera ayuda para la oración sencilla y sincera que embarga nuestro espíritu haciéndolo, al mismo tiempo, expresión de sí y acogida del misterio.
Deseo que la contemplación de la obra artística, que presentan la exposición y este catálogo, puedan ayudar a romper el ruido exterior y hacer, del silencio interior, el ámbito de la mirada del espíritu que busca el mensaje del misterio que encierra la mirada de nuestras imágenes.
Mis parabienes al autor de la obra artística y a quienes, por medio de ella, alcancen a penetrar más allá de la complacencia estética ante las imágenes y se encuentren con la palabra de vida y de esperanza que ellas nos transmiten.
Santiago. Obispo de Jaén.