PRIMERA LECCIÓN - NIVEL ELEMENTAL

El caso de Helen Keller    

Estudios de Axiología. Madrid

Una mujer extraordinaria

                El Capitán Keller, nieto de un emigrante suizo de principios del siglo XIX, luchó en el bando perdedor -los estados esclavistas del Sur- en la Guerra de Secesión americana (1861-65). Terminada la Guerra, tuvo que abandonar la carrera militar y se instaló como granjero. Con la tenacidad y esfuerzo típico de los colonizadores logró una buena posición económica y social. Ya no había esclavos, pero en su casa de Tuscumbia, Alabama, abundaban los sirvientes negros. Se casó y en 1880 nació su primera hija, Helen. Una niña normal, pero que a los pocos meses tuvo una infección que los médicos de la época no sabían cómo tratar. La niña superó la infección, pero quedó totalmente ciega y sorda, precisamente cuando empezaba a balbucear sus primeras palabras.

                En completa “oscuridad y silencio”, como diría Helen después en su autobiografía (The Story of my Life, The Modern Library, New York,1903, reedición 2003), se hacía comprender con algunos gestos. Bajar y subir la cabeza significaba “sí ”; moverla a derecha e izquierda era “no”. Juntar los índices de las dos manos significaba “pequeño”; extender los brazos indicaba “grande” (página 8). A los cuatro años tuvo una muy amarga experiencia: descubrió que los demás no eran como ella, sordos y ciegos. No se relacionaban entre ellos mediante gestos, sino moviendo los labios. Helen puso sus pequeños dedos en la boca de los que hablaban y luego movía también sus labios, aunque sin saber que los demás movían sus labios porque emitían sonidos. Al ver que nadie la entendía, se puso a gritar y dar patadas, presa de la desesperación, pues tenía un gran carácter, como bien acreditaría más tarde (p.9).

                Cuando Helen tenía siete años, su padre oyó hablar de una Institución en Boston que trataba casos semejantes. En ella colaboraba nada menos que Graham Bell, el inventor del teléfono. Consiguió que le enviasen a su lejana casa en Tuscumbia una profesora joven, pero experta y paciente. Era Anne Sullivan. Se instaló en casa de los Keller y empezó la educación de Helen deletreando en su mano diversas palabras, mediante los pellizcos y presiones codificados en esa Institución. No tuvo mucho éxito hasta que un día la llevó al pozo y, mientras el agua corría en una mano de Helen, en su otra mano  Anne deletreó con dichas impresiones táctiles “w-a-t-e-r”. En ese momento se consiguió el milagro. La niña tomó a su vez la mano de Anne y reprodujo la misma palabra. Había comprendido la correspondencia convenida entre la secuencia exacta de los pellizcos o presiones en la mano y la realidad de agua. En su informe Anne escribió triunfante: “Helen ha aprendido que cada cosa tiene un nombre y que el alfabeto manual es la clave para conocer todo  lo que quiera” (p.230).

    En efecto, Helen había construido su primera palabra material, o sea un signo que de modo socialmente convenido se pone en relación con alguna realidad. Estos signos los construimos ordinariamente mediante la fonación de consonantes y vocales, los llamados fonemas, pero puede conseguirse también mediante cualquier tipo de gestos convenidos y aceptados en algún ámbito social.

                El progreso de Helen fue extraordinario. Continuamente señalaba algún objeto y pedía a Anne su correspondiente palabra material en el código de señales táctiles. Así construyó su primera frase “doll is on bed (la muñeca está en la cama) (p.29). La conquista siguiente fue dar nombre a sentimientos. “Un día traje un puñado de violetas a mi profesora. Ella trató de besarme, pero la rechacé, pues no quería que nadie me besase excepto mi madre. Anne me rodeó con el brazo y deletreó en mi mano ‘yo te amo, Helen’. Yo pregunté ‘¿qué es amor?’ Ella apuntó con su dedo a mi corazón y dijo ‘está aquí’. Eso me asombró, pues hasta entonces creía que sólo tenían nombre las cosas que se podían tocar” (p.25).

                Pronto aprendió a leer signos en relieve, tipo Braille, y a dibujar las letras con un lápiz. A  los tres meses de la escena de pozo escribió su primera carta. Sus progresos fueron tan notables que desde Boston reclamaron su presencia, junto con Anne, que nunca se separaba de ella. Se hizo rápidamente famosa y visitó a  personas importantes. Anne le iba traduciendo en la mano lo que decía su interlocutor. Pero enseguida Helen, ante la sorpresa del hablante, ponía los dedos en su boca, pues entendía más rápido. Aprendió a leer también así, quizá para desquitarse del penoso descubrimiento de su severa minusvalía cuando tenía cuatro años. Más tarde aprendió a escribir a máquina y aun consiguió expresarse vocalmente. Emitía sonidos al azar y Anne la iba corrigiendo, hasta alcanzar algo que se pareciera a los sonidos  ingleses lo suficiente para ser entendida. Tanto que llegó a dar conferencias con este inglés bizarro, pero que en vez de hilaridad suscitaba la mayor admiración y el más profundo respeto.

                A los veinte años entró en la Universidad y consiguió un grado en filología. Tres años más tarde, en 1903, publicó su  The Story of my Life. Su inglés sorprendió por su excelente calidad literaria. Incluso logró leer francés, alemán y algo de latín y griego. Tan extraordinario fue su esfuerzo por superar sus limitaciones que Churchill la calificó como “la más grande mujer de nuestro tiempo” y Mark Twain la comparó nada menos que con “Cesar, Alejandro, Shakespeare y el resto de los inmortales”.

    Pero toda la gran simpatía que concitaba por su impresionante esfuerzo en superar sus limitaciones la perdió al defender la causa del socialismo, por aquellos en alza en Europa, pero altamente impopular en USA. Años más tarde, al comprender su error, se dedicó hasta su muerte en 1968 a la beneficencia en favor de ciegos y sordomudos. Pudo asistir en 1962, ya muy anciana, a la proyección de la película sobre su vida The Miracle Worker,  que en España se tituló El milagro de Ana Sullivan.

 

Palabras materiales y formales.

    Ya hemos definido  palabra material, como cualquier signo o señal, hecho con gestos o con fonemas, que los miembros de un grupo social convienen en poner en correspondencia con alguna realidad concreta o suficientemente definida. Pero eso es la mitad del lenguaje. La otra mitad, y la más decisiva, son las palabras formales. Estas no designan ninguna realidad, sino que son operadores con que manipulamos las palabras materiales.

                Es sorprendente que esta fundamental distinción entre lo material y lo formal en el lenguaje, que debemos a Frege en 1879 y a Peano en 1889, sea tan desconocida. Incluso un autor tan bien informado como  Cassirer -que escribe en 1944 (Essay of Man, Yale University Press), casi tres cuartos de siglo después de la formalización de la Lógica por Frege- recurre a la distinción entre “señales” y “símbolos” para explicar que, propiamente, los animales no poseen lenguaje. Ni siquiera  menciona los operadores lógicos, lo que daría sentido preciso, y mucho más profundo, a su distinción entre señales animales y símbolos humanos. Pero  más asombroso aún es que en vez de avanzar vayamos para atrás. En l999 (A History of Language, Reaktion Books, London), después de haber celebrado el centenario del trascendental descubrimiento de Frege y Peano, Fischer asegura en el Prólogo que  “desde la trasmisión de mensajes por medio de la química entre los primeros organismos se llegó al concepto más elaborado de lenguaje”. Fischer nos asegura luego con toda seriedad que los animales poseen lenguaje. Como Cassirer, los lingüistas actuales siguen sin haberse enterado de lo más importante ocurrido en la Historia Universal a propósito del lenguaje, o sea, la formalización de la Lógica. Igualmente Anne Sullivan creía ingenuamente que el lenguaje se agota en que haya un nombre para cada cosa. La distinción entre Lógica y Gramática debiera ser el primer axioma en cualquier libro de lingüística. La Lógica trata de las palabras formales y es la misma en todos los idiomas del mundo. Y sólo luego tiene sentido hablar de la inmensa variedad gramatical de palabras materiales en las diversas lenguas, vivas o muertas.

El equívoco está en que los animales parecen tener palabras materiales. Un perrito faldero ladra triste cuando sus amos le dejan sólo en casa. Y ladra inconfundiblemente alegre cuando vuelven sus amos. Hay un ladrido distinto en correspondencia con cada situación. Otros animales emiten sonidos o hacen movimientos, que influyen en sus congéneres. Pero aquí faltan absolutamente las palabras formales, las que constituyen la esencia del lenguaje. No hay más que respuestas automáticas  a determinados estímulos. Respuestas iguales e invariables, si los estímulos son los mismos.

                Volvamos a nuestro perrito faldero. Si fuera capaz de ladrar alegre cuando le dejan solo en casa, o de ladrar triste cuando vuelven sus amos, entonces sí poseería el lenguaje. Dispondría de la primera palabra formal, el primer operador lógico, el afirmador-negador.  Pero el perrito no puede hacer eso. No puede elegir entre ladrar triste o alegre, según  decida. No decide nada. Está inmerso en el mundo de la naturaleza, en donde los efectos siguen invariablemente a sus causas. El animal reacciona siempre de la misma manera ante los mismos estímulos. Y si hay alguna variación en su respuesta,  es que también la hubo en los estímulos. Cassirer, aunque desconoció el alcance de la formalización de la Lógica, al menos vio que los ladridos del perro podrán ser “señales”,  pero nunca “símbolos”.

                El primer elemento formal del lenguaje, la capacidad de afirmar o negar, es por tanto inseparable de la libertad propia de lo que solemos llamar espíritu, o sea, algo independiente de todos los impulsos causales de la naturaleza. Poseer el afirmador-negador es lo mismo que ser espíritu, un ente no inmerso enteramente en el mundo de la naturaleza causal. Por eso cualquiera de nosotros puede coger un vaso en la mano y decir esto es un vaso, y también decir esto es un tenedor. Pues sólo hay una manera de afirmar, pero muchas maneras de negar o decir esto no es un vaso. En todo caso un espíritu pensante es al mismo tiempo un espíritu libre, no está condicionado unívocamente como el perrito. Puede elegir entre afirmar o negar. Y afirma o niega precisamente porque es libre.

                Esta es la puerta del lenguaje: el operador lógico más simple de todos, el afirmador-negador. Es el operador que conecta sujeto y predicado en cualquier frase, da igual ahora, si para afirmar o para negar. En ambos casos  utilizamos este operador lógico para manipular  palabras materiales, las que usamos como sujeto -a veces una sola- y las que usamos como predicado -generalmente varias-. Se afirma, o se niega,  la conexión entre sujeto y predicado.

                En resumen, sólo tiene sentido hablar de palabras materiales, si previamente hay palabras formales. Por eso no hay lenguaje alguno entre los animales. Considerar sus ladridos, relinchos o movimientos como lenguaje es mero desconocimiento de que, sin operadores lógicos, no hay lenguaje.

                Dicho de otro modo, Anne sólo pudo enseñar a Helen palabras materiales y aún así no todas. Recordemos los gestos de Helen para indicar “grande” y “pequeño”. Y desde luego no pudo enseñar a Helen el afirmador-negador, como la misma Helen aseguró poseer desde que tuvo conciencia de sí. Las palabras formales las tenía Helen en su cabeza desde el primer momento, pues eso equivale a la misma capacidad de pensar, a la independencia radical de un espíritu frente a la naturaleza causal. Ambos aspectos son  inseparables. Pensar o razonar implica ser libre, y ser libre es lo mismo que ser capaz de pensar. Ambas funciones del espíritu están patentes, y unidas inseparablemente,  en el afirmador-negador.

Pongamos otro ejemplo, para insistir en la diferencia entre palabras materiales y formales. Cuenta Swift que Gulliver llegó a un extraño país en que aún no habían descubierto el lenguaje. En rigor debiera haber dicho aún no habían descubierto el lenguaje fónico. Para comunicarse había que acudir a una feria con el carro cargado con todo aquello sobre lo que se quería conversar. No se podía sustituir el animal que da leche por la palabra “vaca”; había que señalarlo con el dedo. En vez de la palabra “comer” había que llevarse algún alimento a la boca e indicar con el dedo esa acción. De día no se podía hablar sobre las estrellas, ni mencionar al sol por la noche. No poseían palabras materiales fónicas. Sólo disponían de gestos para indicar lo que tenían a mano. Cabría entonces preguntar a Swift ¿también había que poner en el carro las palabras formales? ¿O más bien los operadores lógicos los llevaban ya puestos todos los feriantes? Claro que Swift desconoció, aunque sin culpa, la distinción entre palabras materiales y formales. Su diferencia con Cassirer y Fischer es que vivió antes de Frege y Peano.

Veamos otra manera de decir lo mismo. Locke y Leibniz sostuvieron una controversia sobre las llamadas ideas innatas. Según Locke no las había, pues nuestro entendimiento o inteligencia viene a este mundo tamquam tabula rasa in qua nihil est scriptum, según el repetido apotegma escolástico. Leibniz sostenía en cambio que los principios lógicos eran innatos. No los deducimos observando la realidad, sino más bien al contrario. Podemos pensar sobre la realidad, o decir algo sobre ella, gracias a que disponemos previamente de esos principios innatos. Ahora los llamamos operadores lógicos o palabras formales. Obviamente Leibniz tenía razón y Locke estaba tan equivocado, como equivocados siguen todavía todos los que aún no se han  enterado de que la Lógica ha sido formalizada.

 

Pensamiento y lenguaje.

                Antes de ver con mayor detalle en qué consiste la formalización de la Lógica, deshagamos otro error muy corriente, la confusión entre pensamiento y lenguaje. Helen tenía, como suele ocurrir con los sordiciegos, muy desarrollado el sentido del olfato (p.4). Distinguía inmediatamente los diversos olores de las flores y las plantas. Y hasta identificaba las personas por su olor. Sorprendía a los presentes anunciando ya viene Fulano, cuando la persona en cuestión estaba todavía demasiado lejos para ser vista u oída por los demás.

Antes de poseer las palabras materiales rosa o jazmín, Helen no podía enunciar la frase me gusta más el olor del jazmín que el de la rosa, o al revés. No tenía lenguaje, ni siquiera interno. Pero percibía o sentía los olores mismos, y aplicaba los operadores lógicos a los olores directamente. No los aplicaba a palabras materiales, que están por las cosas, sino a las cosas mismas. Para pensar basta la realidad misma, sentida o intuida de manera directa e inmediata, sin necesidad de usar su signo socialmente convenido, sean gestos o palabras materiales, da igual si habladas o escritas. El pensamiento es un acto meramente interno, que queda en el ámbito de nuestra conciencia. En cambio, el lenguaje es un acto social. Lenguaje es la trasmisión de nuestro pensamiento a otras personas.   

Por tanto, puede haber pensamiento sin lenguaje, contrariamente a lo que creía Wittgenstein. Aunque muchos modernos lo hayan olvidado, ya Aristóteles distinguió claramente entre pensamiento interno (dianoia) y su trasmisión externa (lexis). Otra cosa es que en la práctica nos acostumbremos en seguida a usar palabras materiales, incluso cuando estamos solos pensando y sin hablar con nadie. Sin duda no podemos ir muy lejos en nuestros pensamientos puros sin la ayuda de palabras materiales. Lo mismo que hacemos mentalmente sumas o restas con cifras muy pequeñas, pero en cuanto hay cuatro o cinco dígitos, tenemos que escribirlas en un papel, o echar mano de una calculadora. Por eso es importante recordar que, en teoría al menos, pensamiento y lenguaje no son lo mismo.

 

Formalización de la Lógica.

                Como ya se indicó, la total separación de lo formal y lo material en el lenguaje y en el pensamiento no estuvo completamente clara hasta que Gottlob Frege y Giuseppe Peano, de modo totalmente independiente, identificaron con todo rigor los operadores lógicos. El primero y más importante es el afirmador-negador, indispensable para construir cualquier frase con sentido. Sólo luego estas frases, digamos los ladrillos del lenguaje, se unen mediante  los diversos cementos,  que son los operadores llamados conjuntor, disyuntor e implicador.

                No es el caso de ir más allá en este momento, pero sí señalar que una vez admitidos los símbolos ”” para el negador (el afirmador está sobreentendido, como ocurre también en el leguaje ordinario en que decimos esto es un vaso en vez de esto es un vaso), “&” para el conjuntor, “Ú” para el disyuntor y “®” para el implicador, y denotando por letras A, B, C... las frases, resulta un cálculo perfecto. Frege y Peano, que eran matemáticos, sabían muy bien que ya en las cuatro reglas elementales aparece la división por cero, que no tiene sentido en el cálculo. Pero en el recién descubierto cálculo lógico no hay sorpresas. Lo que resulta es siempre una fórmula que sigue teniendo sentido en el cálculo. Ante su asombro, la Lógica resultaba ser más potente, estricta  y rigurosa que la Matemática.

                Pero ahora no estamos interesados en conocer en detalle este cálculo lógico, sino en ser conscientes de las enormes consecuencias del importantísimo hecho que la Lógica haya sido formalizada. Lo decisivo es esto. El pensamiento funciona y progresa, o el lenguaje trasmite correctamente el pensamiento de una persona a otra, gracias a que todos respetamos las leyes lógicas que gobiernan el pensamiento y el lenguaje, y a que estas leyes son las mismas para todos los humanos. Nos atenemos a las leyes lógicas de un modo inconsciente, automático, mecánico, sin darnos absolutamente cuenta de ello. Pero no nos apartamos un milímetro de esta legalidad lógica. Si violásemos esas leyes lógicas no habría  lenguaje ni siquiera pensamiento.

Este es un hecho de extraordinaria importancia, por más que nunca solemos caer en la cuenta de ello. Conviene proclamarlo de la manera más solemne. Todos nos sometemos, o  nos arrodillamos, por decirlo enfáticamente, ante la verdad formal de las leyes de la Lógica. Dicho de otro modo,  da igual que estemos o no de acuerdo con  lo que alguien dice. Esto suele ser lo que ocupa nuestra atención cuando conversamos o discutimos. Pero ahora se trata de algo previo a estar o no estar de acuerdo. Se trata de haber entendido correctamente lo que el otro dice. Precisamente por eso, porque le hemos entendido bien, surge en nosotros el acuerdo y, aun con más vehemencia, el desacuerdo. Por tanto, el hecho previo es que el pensamiento se ha trasmitido correctamente mediante el lenguaje. Y eso sólo es posible porque el que habla y el que escucha se han atenido a las mismas leyes lógicas, aunque ninguno de los dos se diera cuenta de ello. Por muy en desacuerdo que pudieran estar en el contenido de sus frases, ambos estuvieron completamente de acuerdo en atenerse a las mismas leyes lógicas, tanto al pensarlas en su mente como al enunciarlas luego mediante el lenguaje.

                Todo esto ha quedado perfectamente claro a partir de la formalización de la Lógica, en que esas leyes lógicas aparecen con total nitidez. Antes podría ser una muy fundada sospecha, aunque no absolutamente confirmada, pues la insuficiente formalización de la Lógica impedía dar el salto a la total certeza. Pero después de esa formalización, sólo la ignorancia de algo que se sabe con toda seguridad desde Frege y Peano puede explicar que la gente no extraiga las inevitables consecuencias de tan formidable conquista intelectual.

    En efecto, si afirmamos algo cuyo contenido se opone a la formalización de la Lógica, ese contenido es palmariamente falso. Y esto alcanza a dos convicciones  profundamente arraigadas. Se trata  nada menos que del materialismo y el ateísmo. El materialismo entendido como afirmación de que el espíritu es mera emanación de la materia o naturaleza causal. Y el ateísmo, como desconocimiento de que la verdad formal de la Lógica es el primer Absoluto con que tropezamos por el mero hecho de pensar, hablar, escuchar, conversar o discutir.

 

El materialismo es incompatible con la existencia del pensamiento y del lenguaje.

                Para refutar el materialismo, basta comprender el significado del primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador, gracias al cual componemos frases uniendo un sujeto con un predicado, da igual ahora si para afirmar o para negar. Cuando Helen Keller compuso su primera frase la muñeca está en la cama, el sujeto es la muñeca, el predicado es está en la cama, y el afirmador se haría explícito, si escribiéramos la frase según todas las exigencias lógicas, o sea, (la muñeca está en la cama) sí, separando con unos paréntesis lo material de lo formal en la frase. En este caso lo formal es el afirmador, que por ahorro de tiempo todos los lenguajes del mundo dan por supuesto. Aunque parezca increíble, nadie hasta Frege y Peano se dio cuenta de que la palabra formal  es tan esencial en el lenguaje como la palabra formal no, que en cambio siempre tenemos mucho cuidado de explicitar, y aun de repetir innecesariamente, como ocurre en español y en ruso.

                Ya dijimos que usar el operador lógico implica la existencia de algo completamente independiente de la materia o naturaleza causal, donde no cabe libertad alguna para decir o no, para afirmar o negar. Podría parecer que el perrito faldero siempre dice , aunque sus ladridos no son  palabras propiamente materiales, ya que no puedan ser manipuladas por el afirmador-negador. Pero lo correcto es decir tajantemente que en el perrito no hay lenguaje alguno ni pensamiento alguno. Pensamiento y lenguaje son el privilegio de algo que no pertenece a la materia, y que aquí designamos con la palabra espíritu. En términos lógicos la definición de persona no puede ser más neta y breve. Persona es el ente que posee el negador lógico.

                Supongamos que oímos a un conferenciante afirmando enfáticamente que el supuesto espíritu humano es el último eslabón de la cadena evolutiva que desde los virus y bacterias más elementales lleva hasta los mamíferos, luego los primates, y finalmente el hombre. Tan convencido está el conferenciante de lo que dice, y tan vehemente es su  discurso, que se aprecian gotas de sudor en su frente. Cabría preguntarle entonces: si su teoría es cierta, en que se diferencian los sonidos que salen de su boca del sudor que sale de su frente. ¿Por qué su sudor dice la verdad y el sudor del que opina lo contrario es falso? Pues las llamadas palabras habría que considerarlas como meros ruidos producidos por su garganta y sus pulmones, igual que el sudor es mera secreción de su frente. Si todo es proceso evolutivo de la materia, las llamadas palabras se relacionarían con lo verdadero y lo falso lo mismo que el sudor. 

En efecto, nos parece absurda la frase  mi sudor dice la verdad y el tuyo está equivocado. Pero es la consecuencia obvia y obligada del materialismo. En efecto, si el materialismo fuese cierto, y no existiese el espíritu como algo independiente de la materia evolutiva,  las palabras estarían en la misma situación que el sudor o cualquier otra excrecencia de nuestro cuerpo. Si el materialismo fuese cierto, no existirían ni la verdad ni el error. Los sonidos el materialismo es verdadero serían mero flatus vocis. Como serían también mera vibración del aire los sonidos el materialismo es falso. En rigor, ni siquiera se trataría de dos frases, sino de meros ladridos, mugidos o relinchos humanos, o  un vocablo, que vendría aquí muy a propósito pero que no existe en ningún idioma de este mundo. Precisamente porque el materialismo es una teoría radicalmente errónea, no hemos inventado una palabra específica para los ruidos que salen de las bocas y pulmones humanos. Bastaría comprobar la ausencia de esta palabra en todos los lenguajes del mundo, para convencernos de que los materialistas hacen todo lo contrario de lo que dicen. Hablan de acuerdo con las leyes de la Lógica y por eso se entiende lo que dicen. Y sin embargo no caen en la cuenta de que respetar las leyes lógicas equivale a afirmar que esas mismas leyes son independientes de la  materia y su evolución. Un materialista, que realmente fuera consecuente con sus convicciones, no podría siquiera expresar su teoría con el lenguaje, so pena de ser refutado inmediatamente por el hecho de que los demás entienden lo que dice.      

 

El ateísmo es incompatible con la formalización de la Lógica.

                Ordinariamente todos nosotros usamos el lenguaje en  total ignorancia, o al menos olvido, de que se nos entiende, o entendemos a los demás, sola y exclusivamente porque  que todos respetamos sin saberlo  las leyes de la Lógica. Nos arrodillamos ante ellas como ante un Absoluto tan poderoso, que substraernos a su autoridad implicaría no sólo no hablar ni escuchar, sino ni siquiera pensar. Todo el que habla y se entiende lo que dice adora sin saberlo este Absoluto. Ese Absoluto es la Verdad formal de las leyes lógicas, que gobiernan de modo inexorable nuestro lenguaje y nuestro pensamiento. Este Absoluto debiera ser en rigor la primera noción, idea o concepto que nos hiciésemos de Dios.

En efecto, cualquiera que intentara  rebelarse contra esa Verdad formal de las leyes lógicas, sospechando que ese Absoluto que tan férreamente nos domina no es otra cosa que lo que designamos por la palabra Dios, con sus blasfemias no haría otra cosa que clamar a gritos adoro a Dios, puesto que los demás entienden mis blasfemias. Blasfemaría, pero ateniéndose estrictamente a las reglas de la Lógica. En rigor, no hay ateísmo en el mundo; no hay más que desconocimiento de lo que significa la Verdad formal de la Lógica. Aunque también resulte paradójico que el altísimo porcentaje de ignorancia de la Lógica formalizada sea  el mismo entre supuestos ateos y convencidos creyentes.

                Afirmar que la primera noción que debiéramos tener de Dios es la verdad formal de las leyes lógicas puede parecer una idea nueva. Pero es muy vieja. San Juan  comienza su Evangelio con esta célebre afirmación: en arce  hn  o  LogoV, en el principio era el Logos. En la cultura del helenismo, que San Juan hace suya, la palabra Logos tenía un sentido bien definido. Las leyes de la Lógica, no sólo dominan el pensamiento y el lenguaje humanos, sino también la misma existencia de las cosas. Cuando San Juan identifica a Dios con el Logos está haciendo una afirmación aún más fuerte de la que yo hago ahora. Ver a Dios presente en las leyes formales de la Lógica es sólo la mitad de lo que San Juan afirma dos versículos más abajo: kai  qeoV  hn  o  LogoV, y Dios era el Logos. La otra mitad de su afirmación, la correspondencia entre Logos e Ipsum Esse ni siquiera nos hace falta para lo que ahora nos ocupa, o sea,  que pensamiento y lenguaje están férreamente gobernados por las leyes formalizadas de la Lógica. Y si se busca un testimonio en las antípodas de San Juan, lo encontramos en Voltaire. Si yo existo, entonces hay algo que existe eternamente. Esto es una proposición evidente (“Additions aux remarques sur les Pensées de Pascal”, Lequien, Paris 1921, xxxi, 334). Se supone que la evidencia que creía tener Voltaire sería aún mayor de haber conocido la formalización de la Lógica.

                Solemos tomar la frase dos y dos son cuatro como paradigma de la verdad. Pero la frase podría no ser verdadera en algún caso. Por ejemplo, en un mundo en que sólo hubiera tres partículas elementales e indivisibles como nuestros electrones. No habría correlato real para cuatro. En cambio, una validez lógica es verdadera en cualquier mundo posible, como vio Leibniz. Es decir, verdadera incluso si no existiera ningún mundo, lo que no ocurre con una ecuación matemática. ¿Y cuál sería el correlato real de una validez lógica en el caso de que no existiera ningún mundo? Eso nos lleva a la noción de Dios como Ipsum esse, o Ser Necesario, inseparable de la idea de Dios como Logos.

Por supuesto, todo esto requiere mayor desarrollo. Pero eso exigiría otra conferencia o quizá varias. Y además no quiero dejar de mencionar un tercer tema, que me parece de la mayor actualidad.

               

 

Pensamiento débil y pensamiento fuerte.

                Se ha dicho que cuando ha estallado alguna revolución, siempre ha habido algún pensador, que unos cincuenta años antes sembró las funestas semillas que provocarían luego el devastador incendio. Lo mismo ocurre en nuestros días.

                Ahora la revolución es más bien intelectual que social. Nuestro gran problema cultural es que todo parece volverse del revés. Las leyes  se hacen en contra de los buenos ciudadanos y a favor de los delincuentes. Los jueces atienden mucho mejor a los asesinos y ladrones que a sus víctimas. Si un alumno no sabe una palabra de la asignatura, se le aprueba igual. Un niño probeta, o conseguido en un laboratorio con un embrión congelado, es mucho  más digno que otro nacido por procedimientos vulgares y desde luego nada científicos. Se castiga a la gente por fumar y al mismo tiempo se deja en la calle a violadores y asesinos reincidentes. No hacen falta más ejemplos para que todos entiendan enseguida en qué consiste esta revolución intelectual de nuestros días, que parece trastocar nuestra percepción misma del bien y del mal.

                ¿Quién fue el filósofo que a mediados del siglo XX sembró las funestas semillas que ahora vemos fructificar? Por desgracia no fue uno solo sino muchos. Por citar algunos nombres, recordemos a Foucault y Derrida en Francia, Humberto Eco y Vattimo en Italia, Rawls en USA, Habermas en Alemania y un largo etc. que sería tedioso enumerar aquí con más detalle. Todos están dentro del amplio y persistente movimiento cultural que se conoce como Postmodernidad o Pensamiento débil. Esta ultima denominación no podría ser más acertada. En ninguno de los libros de estos autores puede encontrarse el más pequeño intento de ajustar sus teorías a las exigencias de la Lógica formalizada. Ni siquiera a las exigencias del sentido común, que es ese mínimo de Lógica que la gente más sencilla siempre posee, aunque sea analfabeta. Estos autores son ciertamente débiles en sus teorías, carentes de cualquier atisbo de respeto a la verdad objetiva.

                En efecto, el denominador común del pensamiento débil es la creencia de que no existe la verdad objetiva sobre lo que es bueno o malo para el hombre y para la  sociedad. Aceptan la existencia de verdades objetivas en  física, química,  biología,  astronomía, etc. Pero niegan que exista verdad alguna objetiva en cuanto a la conducta humana. No existen verdades objetivas en ética, estética, religión, sociología, y menos aún en política. El punto clave es por supuesto la ética, de la que depende todo lo demás. No existe lo bueno o lo malo objetivos, independiente del tiempo, siempre lo mismo para todos los humanos, en todos los países y en todas las épocas. Lo más que puede conseguirse es un consenso, un acuerdo de una mayoría que establece un código de conducta, al menos en algunos aspectos de la convivencia humana. Esta es la idea básica del pensamiento débil. Todas las doctrinas son débiles y ninguna es objetivamente más verdadera, o más falsa, que las otras.

                Por desgracia, estos consensos, si por suerte se alcanzan, son muy inestables y frágiles. Más pronto que tarde se llega a la ley del más fuerte. Sólo hay consenso, si nadie es claramente el más fuerte. Pero lo normal es que el fuerte se imponga al débil. Para los fuertes el consenso es una humillación inaceptable. En la amarga experiencia de la historia humana, si no existe la verdad objetiva en ética, y por tanto tampoco en política, si todas las doctrinas éticas y políticas valen lo mismo, al final lo bueno es lo que impone el más fuerte. Si no hay valores éticos objetivos, el campo lo ocupa inmediatamente un nuevo y único pseudovalor, la ley del más fuerte. Y en las sociedades actuales, el más fuerte es quien controla más emisoras de radio, más cadenas de televisión, más periódicos y revistas, más editoras de libros y cualesquiera otros medios de influencia social. Si el pensamiento de todos es débil, en la práctica la única verdad admitida es lo que dice el más fuerte. Los utópicos consensos, si milagrosamente se dan de cuando en cuando, están condenados a no durar mucho. El poderoso de turno es el único cuyo pensamiento deja de ser débil y se  convierte de facto en fuerte.

Si la opinión pública ha llegado a justificar que hay que negociar con terroristas y aceptar su chantaje, que el divorcio es tan honorable como el matrimonio fiel hasta la muerte, que la reinserción de los asesinos y delincuentes es más importante que la seguridad de los ciudadanos normales, que la educación de la infancia y la juventud no requiere esfuerzo sino que debe verse como un juego divertido, que la permisividad en todo no es una amenaza contra los ciudadanos pacíficos sino un derecho de los agresivos, etc., eso ha ocurrido porque previamente se nos ha lavado el cerebro, se nos ha convencido de que todo es pensamiento débil y no hay verdades objetivas ni en ética ni en política. Cualquier idea, por absurda que sea, llega a convertirse en moneda corriente, si es suficientemente repetida y respaldada por los medios de comunicación controlados por el más fuerte.

¿Cómo podemos luchar contra el pensamiento débil? O en la triste realidad práctica ¿cómo combatir la dictadura del relativismo?, según la feliz expresión del Cardenal Ratzinger al comenzar el conclave en que fue elegido Papa. Sugiero dos soluciones.

La primera sería disponer de más medios de comunicación social que los poseídos por los más fuertes. Por supuesto, todo lo que se haga en ese sentido será siempre poco. Cualquier iniciativa en esa dirección debe ser estimulada y apoyada con todos los recursos disponibles.

Pero a la larga la segunda solución es sin duda la más decisiva, aunque pueda parecer menos eficaz a corto plazo. Hay que ir a todo lo contrario del pensamiento débil, es decir, al pensamiento fuerte. Pensamiento fuerte en todos los ámbitos de la conducta humana, personal y social. Pensamiento fuerte en filosofía, en historia, en sociología, en axiología, en política, en todas las ciencias humanas. Y eso se consigue por la constante atención  a la Lógica, sobre todo después de que ésta ha sido formalizada.

Sin duda no todo el lenguaje ordinario empleado en las ciencias humanas puede ser formalizado. Pero hay un núcleo central de ideas que pueden ser formalizadas con todo rigor en valideces lógicas. Y hay un segundo campo más extenso que puede ser al menos semiformalizado con desarrollos consistentes, más o menos cercanos a cálculos matemáticos, que si no son tan estrictos como los lógicos, al menos impiden que la imaginación o las meras ocurrencias dominen la escena. Y todavía en el resto cabe una  preocupación por pegarse lo más cerca posible a la Lógica, con esa actitud que san Agustín caracterizó con su célebre frase quid amplius amat homo quam veritatem?

Terminaré con una escena del Fausto de Goethe. Fausto, catedrático en una imaginaria Universidad medieval, está charlando en su despacho con Mefistófeles. El fámulo anuncia: un estudiante quiere hablar con el Dr. Fausto. Mefistófeles aprovecha la ocasión: déjame ponerme tu vestidura académica y así me divertiré un poco con el muchacho. Y pregunta al estudiante: ¿para qué has venido a la Universidad? Este responde como si fuera San Agustín redivivo: busco la verdad apasionadamente, pero no sé por dónde empezar. Y Mefistófeles aconseja: entonces apúntate al Collegium Logicum. Allí te ahormarán el pensamiento,  para que no divague por las nubes buscando bagatelas.

Pues bien, aunque el consejo venga del mismísimo Demonio, que se supone es Mefistófeles, esto es lo mejor que podemos hacer a la larga para combatir el pensamiento débil: apuntarnos al Collegium Logicum.

Muchas gracias por su atención.