|
Allí, en el bar del hotel, las sustancias químicas nocivas de Dwayne
Hoover decidieron de pronto que había llegado el momento de que Dwayne
preguntara a Kilgore Trout acerca de los secretos de la vida. –Déme
el mensaje –dijo Dwayne a gritos. Se levantó torpemente de su
butaca y se dejó caer junto a la de Trout, irradiando tanto calor como
si fuera una calefacción–. El mensaje, por favor. Y en ese momento a Dwayne se le ocurrió algo extraordinariamente raro.
Lo hizo porque yo quería que lo hiciese. Se trataba de algo que yo tenía
ganas, desde hacía un montón de años, que realizara alguno de mis
personajes. Dwayne le hizo a Trout lo mismo que la duquesa le hizo a
Alicia en Alicia en el país de las maravillas de Lewis Carrol. Le apoyó
la barbilla en el hombro y se la clavó. —¿Y el mensaje? —dijo, clavándole la barbilla en el hombro cada vez con
más fuerza. Trout no respondió. Había albergado la esperanza de pasar lo poco que le
quedase de vida sin tener que tocar de nuevo a ningún ser humano. La
barbilla de Dwayne sobre su hombro le resultaba tan terrible como si le
estuvieran sodomizando. —¿Es esto? ¿Es esto? —dijo Dwayne, arrancándole a Trout de las manos su
novela Ahora puede contarse. —Sí, sí, es eso —dijo Trout gruñendo. Para alivio suyo, eso hizo que
Dwayne levantara la barbilla y la separase de su hombro. Dwayne
se lanzó a leer con avidez como si estuviera hambriento de letra
impresa. Y el curso de lectura rápida que había hecho en la Asociación
Cristiana de Jóvenes le permitió convertirse en un perfecto cerdo
engullendo palabras y páginas. «Estimado señor, pobre señor, valiente señor», leyó, «es usted un
experimento del Creador del Universo. Es usted la única criatura con
libre albedrío de todo el universo. Es usted el único que ha de pensar
en lo siguiente que va a hacer y en por qué va a hacerlo. Todos los
demás son robots, son máquinas. »Existen personas a las que parece que usted les gusta y hay otras que
parece que le odian. Usted se estará preguntando el porqué. Es,
simplemente, porque son máquinas de gustar y máquinas de odiar. »Está usted desmoralizado y hecho polvo», siguió leyendo Dwayne. «¿Y
cómo no habría de estarlo? Es agotador tener que razonar en todo momento
en un universo que no es razonable.» Dwayne continuó leyendo: «Está usted rodeado por máquinas de amar,
máquinas de odiar, máquinas de avaricia, máquinas de generosidad,
máquinas valientes, máquinas cobardes, máquinas de la verdad, máquinas
de mentir, máquinas de diversión, máquinas solemnes», ponía el libro.
«La única finalidad de todas ellas es la de pincharle a usted de todas
las formas posibles para que el Creador del Universo pueda observar sus
reacciones. Esas máquinas poseen tanta capacidad de sentir y de razonar
como los relojes de su abuelo. »Ahora, al Creador del Universo le gustaría disculparse no sólo por
haberle proporcionado durante la prueba todas esas compañías caprichosas
y agobiantes, sino también por el deplorable estado de degradación en
el que se encuentra el planeta. El Creador programó a los robots para
que hicieran un mal uso de dicho planeta durante millones de años, de
tal modo que, cuando usted llegase, fuese ya un queso purulento y
ponzoñoso. También se ocupó de superpoblarlo, hasta un grado
desquiciante, de robots programados para que, fueran cuales fuesen sus
condiciones de vida, no pararan de mantener relaciones sexuales y
adorasen tener niños por encima de cualquier otra cosa.»
(...) Y Dwayne continuaba leyendo aquel mensaje sobre sí mismo y el Creador
del Universo, a saber: «También programó robots para que escribiesen libros y revistas y
periódicos para usted, y espectáculos de radio y televisión, y obras de
teatro y películas. También escribieron canciones para usted. El Creador
del Universo hizo que inventaran cientos de religiones, para que usted
dispusiera de una gran variedad para elegir. Hizo que se mataran entre
sí a millones, sólo con el siguiente propósito: sorprenderle. Los robots
han cometido todas las atrocidades posibles y todas las amabilidades
posibles sin sentir absolutamente nada, automáticamente,
inevitablemente, sólo para ver cómo reaccionaba USTED. La última palabra estaba escrita en caracteres extragrandes y ocupaba
toda un renglón, de modo que tenía el siguiente aspecto:
U-S-T-E-D «Cada vez que usted entraba en una biblioteca», ponía el libro, «el
Creador del Universo contenía el aliento. ¿Qué libro podría llegar a
elegir usted, con su libre albedrío, en aquel opíparo bufé cultural sin
orden ni concierto? »Sus padres eran máquinas de lucha y autocompasión», decía el libro. «Su
madre estaba programada para gritarle a su padre porque éste era una
máquina de hacer dinero defectuosa, y su padre estaba programado para
gritarle a su madre porque ésta era una máquina de hacer labores del
hogar defectuosa. Estaban programados para gritarse el uno al otro por
ser unas máquinas de amar defectuosas. »Y después su padre estaba programado para salir violentamente de la
casa y cerrar la puerta de un portazo, cosa que convertía
automáticamente a su madre en una máquina de llorar. Y su padre se iba a
una taberna donde se emborrachaba junto con otras máquinas bebedoras. Y
después todas las máquinas bebedoras se iban a un prostíbulo y
alquilaban máquinas folladoras. Y después su padre volvía arrastrándose
a casa para convertirse en una máquina de pedir perdón. Y su madre se
volvía una máquina de perdonar muy lenta.» Dwayne se puso de pie después de haber devorado decenas de miles de
palabras de aquel capricho solipsista en unos diez minutos
aproximadamente. Se encaminó, muy rígido, hacia el piano-bar. Lo que le confería tal
rigidez era sentirse sobrecogido ante su propio poder y capacidad de
actuación. No se atrevía a utilizar toda su fuerza en el simple hecho de
caminar, por temor a destruir el nuevo Holiday Inn con sus pisadas. No
temía por su vida, ya que el libro de Trout le aseguraba que ya le
habían matado veintitrés veces y que, en cada ocasión, el Creador del
Universo lo había reconstruido y puesto en marcha otra vez. Dwayne se contenía más por elegancia que por propia seguridad. Estaba
dispuesto a actuar con refinamiento ante su nueva percepción de la vida,
para un público compuesto de dos seres: él mismo y su Creador. Se dirigió hacia su hijo homosexual. Bunny se vio venir el problema, pensó que aquello sería su ruina. Se
podría haber defendido fácilmente recurriendo a todas las técnicas de
lucha que había aprendido en la academia militar, pero prefirió sumirse
en la meditación. Cerró los ojos y su conciencia se sumergió en el
silencio de los lóbulos, rara vez utilizados, de su mente. Esta bufanda
fosforescente pasó flotando: Dwayne le agarró la cabeza a Bunny por detrás, se la aplastó contra las
teclas del piano y la arrastró, como si fuese un simple melón, por todo
el teclado. No paraba de reírse mientras le decía a su hijo: –¡Eres una maldita máquina de chupar pollas! Bunny no opuso resistencia, a pesar de que le estaba destrozando la cara
de un modo espantoso. Dwayne levantó aquella cabeza del teclado y volvió
a estrellarla contra él. Las teclas del piano quedaron llenas de sangre,
babas y mocos. Entonces Rabo Karabekian y Beatrice Keedsler y Bonnie Mac-Mahon
agarraron a Dwayne y lo apartaron de Bunny. Aquello hizo que Dwayne
estallara de júbilo. –Nunca se debe pegar a una mujer, ¿verdad? –le dijo al Creador del
Universo. Y, a continuación, le asestó un puñetazo a Beatrice Keedsler en toda la
mandíbula y golpeó a Bonnie MacMahon en el estómago. Estaba sinceramente
convencido de que no eran más que máquinas insensibles. –Todos vosotros, robots, ¿queréis saber por qué mi mujer tomó Drano?
–preguntó Dwayne a su estupefacto público–. Os lo voy a decir: ¡Porque
era una máquina que estaba programada para eso!
ibid, 231-237 |