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Gilles Deleuze: Conversaciones. Valencia:
Pre-textos, 1995.
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La historia de
la filosofía
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Los libros y la
lectura
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Pertenezco a una generación, a una de las últimas generaciones
que han sido más o menos asesinadas por la historia de la filosofía. La
historia de la filosofía ejerce, en el seno de la filosofía, una evidente
función represiva, es el Edipo propiamente filosófico: “No osarás
hablar en tu propio nombre hasta que no hayas leído esto y aquello, y
esto sobre aquello y aquello sobre esto.” De mi generación, algunos no
consiguieron liberarse, otros sí: inventaron sus propios métodos y
reglas nuevas, un tono diferente. Pero yo, durante mucho tiempo,
“hice” historia de la filosofía, me dediqué a leer sobre tal o cual autor.
Pero me concedía mis compensaciones, y ello de modos diversos: por
de pronto, prefiriendo aquellos autores que se oponían a la tradición
racionalista de esta historia (hay para mí un vínculo secreto entre Lucrecio,
Hume, Spinoza o Nietzsche, un vínculo constituido por la
crítica de lo negativo, la cultura de la alegría, el odio a la interioridad,
la exterioridad de las fuerzas y las relaciones, la denuncia del poder,
etc.). Lo que yo más detestaba era el hegelianismo y la dialéctica. Mi
libro sobre Kant es muy distinto, y le tengo gran aprecio: lo escribí
como un libro acerca de un enemigo cuyo funcionamiento deseaba
mostrar, cuyos engranajes quería poner al descubierto –tribunal de la
Razón, uso mesurado de las facultades, sumisión tanto más hipócrita
por cuanto nos confiere el título de legisladores–. Pero, ante todo, el
modo de liberarme que utilizaba en aquella época consistía, según
creo, en concebir la historia de la filosofía como una especie de sodomía
o, dicho de otra manera, de inmaculada concepción. Me
imaginaba acercándome a un autor por la espalda y dejándole embarazado
de una criatura que, siendo suya, sería sin embargo monstruosa.
Era muy importante que el hijo fuera suyo, pues era preciso que el
autor dijese efectivamente todo aquello que yo le hacía decir; pero era
igualmente necesario que se tratase de una criatura monstruosa, pues
había que pasar por toda clase de descentramientos, deslizamientos,
quebrantamientos y emisiones secretas, que me causaron gran placer.
Mi libro sobre Bergson es, para mí, ejemplar en este género. Hoy,
muchos se dedican a reprocharme incluso el hecho de haber escrito
sobre Bergson. No conocen suficientemente la historia. No saben hasta
qué punto Bergson, al principio, concentró a su alrededor todos los
odios de la Universidad francesa, y hasta qué punto sirvió de lugar de
encuentro a toda clase de locos y marginales mundanos y trasmundanos.
Poco importa si esto sucedió a pesar suyo o no.
Fue Nietzsche, a quien leí tarde, el que me sacó de todo aquello.
Porque es imposible intentar con él semejante tratamiento. Es él quien
te hace hijos a tus espaldas. Despierta un placer perverso (placer que
nunca Marx ni Freud han inspirado a nadie, antes bien todo lo contrario):
el placer que cada uno puede experimentar diciendo cosas simples
en su propio nombre, hablando de afectos, intensidades, experiencias,
experimentaciones. Es curioso lo de decir algo en nombre propio,
porque no se habla en nombre propio cuando uno se considera como
un yo, una persona o un sujeto. Al contrario, un individuo adquiere un
auténtico nombre propio al término del más grave proceso de despersonalización,
cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan
enteramente, a las intensidades que le recorren. El nombre como
aprehensión instantánea de tal multiplicidad intensiva es lo contrario
de la despersonalización producida por la historia de la filosofía, es
una despersonalización de amor y no de sumisión. Se habla desde el
fondo de lo que no se conoce, desde el fondo del propio subdesarrollo.
Gilles Deleuze: Conversaciones.Carta
a un crítico severo, pp. 14-15. |
Tampoco puede decirse que El Anti–Edipo esté libre de todo aparato de
saber: todavía es muy universitario, demasiado serio, no se trata
de la filosofía pop o del popanálisis soñado. Pero hay algo que me sorprende: aquellos que
consideran que se trata de un libro difícil se encuentran entre quienes
tienen una mayor cultura, especialmente una mayor cultura psicoanalítica.
Dicen: ¿qué es eso del cuerpo sin órganos? ¿qué quiere decir
“máquinas deseantes”? Al contrario, quienes saben poco y no están
corrompidos por el psicoanálisis tienen menos problemas, y dejan de
lado alegremente lo que no comprenden. Esta es una de las razones que
nos impulsaron a decir que este libro se dirigía a lectores entre quince
y veinte años. Y es que hay dos maneras de leer un libro: puede considerarse
como un continente que remite a un contenido, tras de lo cual
es preciso buscar sus significados o incluso, si uno es más perverso o
está más corrompido, partir en busca del significante. Y el libro
siguiente se considerará como si contuviese al anterior o estuviera
contenido en él. Se comentará, se interpretará, se pedirán explicaciones,
se escribirá el libro del libro, hasta el infinito. Pero hay otra
manera: considerar un libro como una máquina asignificante cuyo
único problema es si funciona y cómo funciona, ¿cómo funciona para
ti? Si no funciona, si no tiene ningún efecto, prueba a escoger otro
libro. Esta otra lectura lo es en intensidad: algo pasa o no pasa. No hay
nada que explicar, nada que interpretar, nada que comprender. Es una
especie de conexión eléctrica. Conozco a personas incultas que han
comprendido inmediatamente lo que era el “cuerpo sin órganos”
gracias a sus propios “hábitos”, gracias a su manera de fabricarse uno.
Esta otra manera de leer se opone a la precedente porque relaciona
directamente el libro con el Afuera. Un libro es un pequeño
engranaje de una maquinaria exterior mucho más compleja. Escribir es
un flujo entre otros, sin ningún privilegio frente a esos otros, y que
mantiene relaciones de corriente y contracorriente o de remolino con
otros flujos de mierda, de esperma, de habla, de acción, de
erotismo, de
moneda, de política, etc. Como Bloom: escribir con una
mano en la arena y masturbarse con la otra (¿en qué relación se encuentran esos
dos flujos?). En cuanto a nosotros, nuestro Afuera (o al menos uno de
nuestros afueras) es una cierta masa de gentes (sobre todo jóvenes)
que están hartos del psicoanálisis. Están, para decirlo con tus palabras,
“atascados”, porque, aunque siguen psicoanalizándose, piensan de
hecho contra el psicoanálisis, pero piensan contra él en términos
psicoanalíticos... Gilles Deleuze:
Conversaciones.Carta a un crítico severo, pp.
16-18 |
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