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Un minuto antes era invierno en Ohio; las puertas y
las ventanas estaban cerradas, la escarcha empañaba los vidrios, los
carámbanos bordeaban los techos, los niños esquiaban en las laderas;
las mujeres, envueltas en abrigos de piel, caminaban torpemente por
las calles heladas como grandes osos negros.
Y de pronto, una larga ola de calor atravesó el
pueblo; una marea de aire cálido, como si alguien hubiera dejado
abierta la puerta de un horno. El calor latió entre las casas, los
arbustos y los niños. Los carámbanos cayeron, se quebraron y se
fundieron. Las puertas se abrieron de par en par; las ventanas se
levantaron; los niños se quitaron las ropas de lana; las mujeres
guardaron en los armarios los disfraces de oso; la nieve se derritió,
descubriendo los viejos y verdes prados del último verano.
El verano del cohete. Las palabras corrieron
de boca en boca por las casas abiertas y ventiladas. El verano del
cohete. El caluroso aire desértico alteró los dibujos de la
escarcha en los vidrios, borrando la obra de arte. Esquíes y trineos
fueron de pronto inútiles. La nieve, que caía sobre el pueblo desde
los cielos helados, llegaba al suelo como una lluvia tórrida.
El verano del cohete. La gente se asomaba a
los porches húmedos y observaba el cielo, cada vez más rojo.
El cohete, instalado en su plataforma, lanzaba
rosadas nubes de fuego y calor de horno. El cohete, de pie en la fría
mañana de invierno, creaba verano con cada aliento de los poderosos
escapes. El cohete transformaba los climas, y durante unos instantes
fue verano en la tierra...
Ray Bradbury: Crónicas marcianas, El verano
del cohete, pp 15-16. |
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-No arruinaremos este planeta
-dijo el capitán-. Es demasiado grande y demasiado hermoso.
-¿Cree usted
que no? Nosotros, los habitantes de la Tierra,
tenernos un talento especial para arruinar las cosas
grandes y hermosas. No pusimos quioscos de salchichas
calientes en el templo egipcio de Karnak sólo porque
quedaba a trasmano y el negocio no podía dar grandes
utilidades. Y Egipto es una pequeña parte de la
Tierra. Pero aquí todo es antiguo y diferente. Nos
instalaremos en alguna parte y lo estropearemos todo.
Llamaremos al canal, canal Rockefeller; a la montaña,
pico del rey Jorge, y al mar, mar de Dupont; y habrá
ciudades llamadas Roosevelt, Lincoln y Coolidge, y
esos nombres nunca tendrán sentido, pues ya existen
los nombres adecuados para estos lugares.
-Ésa será la
tarea de ustedes, los arqueólogos: encontrar los
viejos nombres. Nosotros los usaremos.
-Unos pocos
hombres contra todos los intereses comerciales... - Spender
miró las montañas de hierro-. Ellos saben que estamos
aquí esta noche, escupiendo en el vino de ellos, y
puedo imaginar cómo nos odian.
ibid., Junio de 2001,
Aunque siga brillando la luna, p.
88. |
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-No es sólo eso. Sí, sus ciudades son hermosas. Los
marcianos sabían cómo unir el arte y la vida. El arte fue siempre algo
extraño entre nosotros. Lo guardamos en el cuarto del loco de la
familia, o lo tomamos en dosis dominicales, tal vez mezclado con
religión. Bueno, estos marcianos tenían arte, y religión y todo.
ibid., Junio de 2001, Aunque siga
brillando la luna, p.
101. |
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- Cuando yo era pequeño mis padres me llevaron a la ciudad de
México. Siempre
recordaré el comportamiento de mi padre, vulgar y fatuo. A mi madre no
le
gustaba tampoco aquella gente porque eran morenos y no se bañaban a
menudo.
Mi hermana ni les hablaba. Sólo a mí me gustaban realmente. Y puedo
imaginarme a mi madre y mi padre aquí en Marte haciendo otra vez lo
mismo...
»Para el norteamericano común, lo que es raro no es bueno. si las
cañerías no
son como en Chicago, todo es un desatino. ¡Cada vez que lo pienso!
¡Oh, Dios
mío, cada vez que lo pienso! Y luego... la guerra. Usted oyó los
discursos en el
Congreso antes de que partiéramos. Si todo marchaba bien, esperaban
establecer
en Marte tres laboratorios de investigaciones atómicas y varios
depósitos de
bombas. Dicho de otro modo: Marte se acabó, todas estas maravillas
desaparecerán. ¿Cómo reaccionaría usted si un marciano vomitase un
licor rancio
en el piso de la Casa Blanca?
El capitán no decía nada, pero escuchaba.
-Luego vendrán los otros grandes intereses. Los hombres de las minas,
los
hombres del turismo -continuó Spender-. ¿Recuerda usted lo que pasó en
México
cuando Cortés y sus magníficos amigos llegaron de España? Toda una
civilización
destruida por unos voraces y virtuosos fanáticos. La historia nunca
perdonará a
Cortés.
ibid., Junio de 2001,
Aunque siga brillando la luna, p.
101. |
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-Sabían cómo vivir con la naturaleza, y cómo entenderla. No
trataron de ser sólo hombres y no animales. Cuando apareció, Darwin
cometimos ese error. Lo recibimos con los brazos abiertos y también a
Huxley y a Freud, deshaciéndonos en sonrisas. Después descubrimos que
no era posible conciliar las teorías de Darwin con nuestras
religiones, o por lo menos así pensamos. Fuimos unos estúpidos.
Quisimos derribar a Darwin, Huxley y a Freud. pero eran inconmovibles. Y entonces, como unos idiotas, intentamos destruir la
religión.
»Lo conseguimos bastante bien. Perdimos nuestra fe y empezamos a
preguntarnos para qué vivíamos. Si el arte no era más que la
derivación de un deseo frustrado, si la religión no era más que un
engaño, ¿para qué la vida? La fe había explicado siempre todas las
cosas. Luego todo se fue por el vertedero, junto con Freud y
Darwin.
Fuimos y somos todavía un pueblo extraviado.
-¿Y estos marcianos encontraron el camino? -preguntó el capitán.
-Sí. En Marte aprendieron a combinar ciencia y religión para que
funcionaran juntas, y se enriquecieran así mutuamente, sin
contradecirse.
-Una solución ideal.
-Así es. Me gustaría mostrarle cómo lo hicieron. [...] Los
marcianos descubrieron el secreto de la vida entre los animales. El
animal no discute su vida, vive. No tiene otra razón de vivir que la
vida. Ama la vida y disfruta de la vida. Observe la estatuaria; cómo
los símbolos animales se repiten una y otra vez.
-Parece algo pagano.
-Al contrario, son símbolos divinos, símbolos de vida. También en
Marte el hombre había llegado a ser demasiado humano, y no bastante
animal. Los hombres de Marte comprendieron que si querían sobrevivir
tenían que dejar de preguntarse de una vez por todas: «¿Para qué
vivir?» La respuesta era la vida misma. La vida era la propagación de
más vida, y vivir la mejor vida posible. Los marcianos comprendieron
que se preguntaban «¿Para qué vivir?» en la culminación de
algún período de guerra y desesperanza, cuando no había respuestas.
Pero cuando la civilización se tranquiliza y calla, y la guerra
termina, la pregunta se convierte en insensata de un modo nuevo. La
vida es buena entonces, y las discusiones son inútiles.
-Me parece que los marcianos eran bastante ingenuos.
-Sólo cuando les convenía. Renunciaron a empeñarse en destruirlo
todo, humillarlo todo. Combinaron religión, arte y ciencia, pues en
verdad la ciencia no es más que la investigación de un milagro
inexplicable, y el arte, la interpretación de ese milagro. No
permitieron que la ciencia aplastara la belleza. Se trata simplemente
de una cuestión de grados. Un hombre de la Tierra piensa: «En ese
cuadro no hay realmente color. Un físico puede probar que el color es
sólo una forma de la materia, un reflejo de la luz, no la realidad
misma». Un marciano, mucho más inteligente, diría: «Este cuadro es
hermoso. Nació de la mano y la mente de un hombre inspirado. El tema y
los colores vienen de la vida. Es una cosa buena».
ibid., Junio de 2001, Aunque siga
brillando la luna, p.
103. |
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