Tenía Andrés cierta ilusión por el nuevo curso, iba a estudiar Fisiología, y
creía que el estudio de las funciones de la vida le interesaría tanto o más
que una novela; pero se engañó: no fue así. Primeramente, el libro de texto
era un libro estúpido, hecho con recortes de obras francesas y escrito sin
claridad y sin entusiasmo; leyéndolo no se podía formar una idea clara del
mecanismo de la vida; el hombre parecía, según el autor, como un armario con
una serie de aparatos dentro, completamente separados los unos de los otros,
como los negociados de un ministerio.
Luego, el catedrático era un hombre sin ninguna afición a lo que explicaba,
un señor senador, de esos latosos, que se pasaba las tardes en el Senado
discutiendo tonterías y provocando el sueño de los abuelos de la Patria.
Era imposible que con aquel texto y aquel profesor llegara nadie a sentir el
deseo de penetrar en la ciencia de la vida. La Fisiología, cursándola así,
parecía una cosa estólida y deslavazada, sin problemas de interés ni ningún
atractivo.
Hurtado tuvo una verdadera decepción. Era indispensable tomar la Fisiología,
como todo lo demás, sin entusiasmo, como uno de los obstáculos que salvar
para concluir la carrera.
Esta idea, de una serie de obstáculos, era la idea de Aracil. Él consideraba
una locura el pensar que habían de encontrar un estudio agradable.
Julio, en esto, y en casi todo, acertaba. Su gran sentido de la realidad le
engañaba pocas veces.
Aquel curso, Hurtado intimó bastante con Julio Aracil. Julio era un año o
año y medio más viejo que Hurtado y parecía más hombre. Era moreno, de ojos
brillantes y saltones, la cara de una expresión viva, la palabra fácil, la
inteligencia rápida.
Pío
Baroja: El árbol de la ciencia (1911)