Vivía la madre de
Martín casi de la misericordia de los Ohandos.
En tales
condiciones de pobreza y miseria, parecía lógico que, por herencia y por la
acción del ambiente, Martín fuese como su padre y su madre: oscuro,
tímido y apocado; pero el muchacho resultó decidido, temerario
y audaz.
En esta época,
los chicos no iban tanto a la escuela como ahora, y Martín pasó mucho tiempo
sin sentarse en sus bancos. No sabía de ella más sino que era un sitio
oscuro, con unos cartelones blancos en las paredes, lo cual no animaba a
entrar. Le alejaba también de aquel modesto centro de enseñanza el ver que
los chicos de la calle no le consideraban uno de los suyos, a causa de vivir
fuera del pueblo y de andar hecho un andrajoso.
Por este motivo
les tenía algún odio; así que cuando algunos chiquillos de los caseríos de
extramuros entraban en la calle y comenzaban a pedradas con los ciudadanos,
Martín era de los más encarnizados en el combate; capitaneaba las hordas
bárbaras, las dirigía y hasta las dominaba.
Tenía entre los
demás chicos el ascendiente de su audacia y de su temeridad. No había rincón
del pueblo que Martín no conociera. Para él, Urbía era la reunión de todas
las bellezas, el compendio de todos los intereses y magnificencias.
Nadie se ocupaba
de él, no compartía con los demás chicos la escuela y huroneaba por todas
partes. Su abandono le obligaba a formarse sus ideas espontáneamente y a
templar la osadía con la prudencia.
Mientras los
demás niños aprendían a leer, él daba la vuelta a la muralla, sin que le
asustasen piedras derrumbadas, ni las zarzas que cerraban el paso.
Pío Baroja:
Zalacaín el aventurero