- ¿Pero puede
saber nadie cómo será su descendencia? Ahí tengo yo un amigo enfermo,
estropeado, que ha tenido hace poco una niña, sana, fortísima.
- Eso es muy
posible. Es frecuente que un hombre robusto tenga hijos raquíticos, y al
contrario; pero no importa. La única garantía de la prole es la robustez de
los padres.
- Me choca en un
anti-intelectualista como usted esa actitud tan de intelectual –dijo Andrés.
- A mí también me
choca en un intelectual como tú esa actitud de hombre de mundo. Yo te
confieso, para mí nada tan repugnante como esa bestia prolífica, que entre
vapores de alcohol va engendrando hijos que hay que llevar al cementerio o
que si no van a engrosar los ejércitos del presidio y de la prostitución. Yo
tengo verdadero odio a esa gente sin conciencia, que llena de carne enferma
y podrida la tierra. Recuerdo una criada de mi casa: se casó con un idiota
borracho, que no podía sostenerse a sí mismo porque no sabía trabajar. Ella
y él eran cómplices de chiquillos enfermizos y tristes, que vivían entre
harapos, y aquel idiota venía a pedirme dinero creyendo que era un mérito
ser padre de su abundante y repulsiva prole. La mujer, sin dientes, con el
vientre constantemente abultado, tenía una indiferencia animal para los
embarazos, los partos y las muertes de los niños. ¿Se ha muerto uno? Pues se
hace otro, decía cínicamente. No, no debe ser lícito engendrar seres que
vivan en el dolor.
Pío Baroja,
El árbol de la ciencia