Yuste torna a detenerse y sonríe.
-La eternidad...
Yuste tira del bolsillo una achatada caja de plata. En la
tapa, orlada de finos roleos de oro, un niño se inclina sobre un perro y lo
acaricia amorosamente. Yuste, previos dos golpecitos, abre la tabaquera y
aspira un polvo. Luego añade:
-La eternidad no existe. Donde hay eternidad no puede
haber vida. Vida es sucesión; sucesión es tiempo. Y el tiempo -cambiante
siempre- es la antítesis de la eternidad -presente siempre.
Yuste pasea absorto. El viejo reloj suena una hora. Yuste
prosigue:
-Todo pasa. La sucesión vertiginosa de los fenómenos no
acaba.
Los átomos en eterno movimiento crean y destruyen formas
nuevas. A través del tiempo infinito, en las infinitas combinaciones del
átomo incansable, acaso las formas se repitan; acaso las formas presentes
vuelvan a ser, o estas presentes sean reproducción de otras en el infinito
pretérito creadas.
José Martínez Ruiz “Azorín”, La voluntad