El "milagro" de Santiago Apóstol en Villa del Prado

   

Los hechos tuvieron lugar en el siglo XX durante la guerra, en la Parroquia de Santiago Apóstol en Villa del Prado, actualmente diócesis de Getafe, Madrid

   
   

Durante la guerra, unos soldados intentaron derrribar la imagen de Santiago Apóstol que está en lo alto del retablo del Altar mayor, sin conseguirlo
(Dibujo realizado por un vecino de Villa del Prado)

   
 
   
"Milagro" de Santiago Apóstol
   
Este es parte del relato escrito por una persona de Villa del Prado:

"Los milicianos metieron una camioneta dentro de la Iglesia. Entonces decidieron quitar la imagen del Apóstol tirando de ella. Solo las delgadas patas traseras del caballo la unían al pedestal. Un extremo de la soga fue atado al parachoques de la camioneta y el otro extremo fue atado a la imagen ecuestre del Apóstol.

Los milicianos pensaban divertirse viendo caer estrepitosamente la talla barroca del siglo XVIII. Entonces, la camioneta arrancó con todas sus fuerzas, el rugir del motor atronó el interior de la Iglesia, la soga se tensó y dió un fuerte tirón de la frágil talla de Santiago. Entonces la camioneta patinó y se paró. Volvieron a arrancar. La soga se tensó de nuevo y al tirar de Santiago, la camioneta no podía seguir más. La imagen permanecía firme en el retablo. Tras intentarlo varias veces, les fue imposible tirar de la imagen y lo dejaron. Entonces, molestos por no poder realizar aquello, dispararon con sus fusiles tres descargas que quedaron marcadas en el lomo del caballo de Santiago. (*)
(*) Circula otra versión en la cual se afirma que las balas no dejaron marcas, pero mucha gente del pueblo afirma que dejaron marcas

Cuando tiempo después se reanudaron las actividades en la iglesia, los que se subieron a reparar el retablo mayor comprobaron que la imagen no tenía por qué haber resistido los tirones, pues su sujeción era prácticamente despreciable en comparación con las quizá tres toneladas que podría pesar la camioneta. La sujeción del caballo además estaba holgada por el paso del tiempo, por lo cual se anunció que aquel hecho se salía de toda lógica y por ello se admitió por todos los pradeños como un milagro que desde entonces se ha recordado numerosas veces en la Misa del 25 de Julio."   

   
 
   

Imagen de Santiago Apóstol, en lo alto del retablo del Altar mayor, a la que se refiere el relato.
Parroquia de Santiago Apóstol. Villa del Prado (Madrid).

   
 

 

Relato de la aparición de la Santísima Virgen a Santiago Apóstol en Zaragoza

   
Mística Ciudad de Dios
Libro con Nihil Obstat e Imprimatur
Sor María de Jesús de Agreda (1602-1665). Libro VII-Capítulo 17-Números 346-363
(Al apóstol se le llama Santiago o Jacobo, por eso la denominación de Año Santo Jacobeo cuando la fiesta del apóstol, 25 de julio, es en Domingo)

346. Viene María santísima de Jerusalén a Zaragoza en España, por voluntad de su Hijo nuestro Salvador, a visitar a Santiago, y lo que sucedió en esta venida y el año y día en que se hizo.-Todo el cuidado de nuestra gran Madre y Señora María santísima estaba empleado y convertido a los aumentos y dilatación de la santa Iglesia, al consuelo de los apóstoles, discípulos y de los otros fieles, y a defenderlos del infernal dragón y sus ministros en la persecución y asechanzas que, como se ha dicho (12), les prevenían estos enemigos. Con su incomparable caridad, antes de venir a Efeso ni partir de Jerusalén, ordenó y dispuso muchas cosas, en cuanto le fue posible, por sí y por ministerio de los santos ángeles, para prevenir todo lo que en su ausencia le pareció conveniente, porque entonces no tenía noticia del tiempo que duraría esta jornada y la vuelta a Jerusalén. Y la mayor diligencia que pudo hacer fue su continua y poderosa oración y peticiones a su Hijo santísimo, para que con el poder infinito de su brazo defendiese a sus apóstoles y siervos y quebrantase la soberbia de Lucifer, desvaneciendo las maldades que en su astucia fabricaba contra la gloria del mismo Señor. Sabía la prudentísima Madre que de los apóstoles el primero que derramaría su sangre por Cristo nuestro Señor era Jacobo, y por esta razón, y por lo mucho que la gran Reina le amaba, como dije arriba (13), hizo particular oración por él entre todos los apóstoles.

347. Estando la divina Madre en estas peticiones, un día, que era el cuarto antes de partir a Efeso, sintió en su castísimo corazón alguna novedad y efectos dulcísimos, como le sucedía otras veces para algún particular beneficio que se le acercaba. Estas obras se llaman palabras del Señor en el estilo de la Escritura, y respondiendo a ellas María santísima, como maestra de la ciencia, dijo: Señor mío, ¿qué me mandáis hacer y qué queréis de mí? Hablad, Dios mío, que vuestra sierva oye.- Y en repitiendo estas razones vio a su Hijo santísimo que en persona descendía del cielo a visitarla en un trono de inefable majestad y acompañado de innumerables ángeles de todos los órdenes y coros celestiales. Entró Su Majestad con esta grandeza en el oratorio de su beatísima Madre, y la religiosa y humilde Virgen le adoró con excelente culto y veneración de lo íntimo de su purísima alma. Luego la habló el Señor y la dijo: Madre mía amantísima, de quien recibí el ser humano para salvar al mundo, atento estoy a vuestras peticiones y deseos santos y agradables en mis ojos. Yo defenderé a mis apóstoles e Iglesia y seré su padre y protector, para que no sea vencida, ni prevalezcan contra ella las puertas del infierno (14). Ya sabéis que para mi gloria es necesario que trabajen con mi gracia los apóstoles y que al fin me sigan por el camino de la cruz y muerte que padecí para redimir al linaje humano. Y el primero que me ha de imitar en esto es Jacobo mi fiel siervo, y quiero que padezca martirio en esta ciudad de Jerusalén. Y para que él venga a ella y otros fines de mi gloria y vuestra, es mi voluntad que luego le visitéis en España, donde predica mi santo nombre. Quiero, Madre mía, que vayáis a Zaragoza, donde está ahora, y le ordenéis que vuelva a Jerusalén y antes que parta de aquella ciudad edifique en ella un templo en honra y título de vuestro nombre, donde seáis venerada e invocada para beneficio de aquel reino y gloria y beneplácito mío y de nuestra beatísima Trinidad.

348. Admitió la gran Reina del cielo esta obediencia de su Hijo santísimo con nuevo júbilo de su alma. Y con el rendimiento digno respondió y dijo: Señor mío y verdadero Dios, hágase vuestra voluntad santa en vuestra sierva y Madre por toda la eternidad y en ella os alaben todas las criaturas por las obras admirables de vuestra piedad inmensa con vuestros siervos. Yo, Señor mío, os magnifico y bendigo en ellas y os doy humildes gracias en nombre de toda la santa Iglesia y mío. Dadme licencia, Hijo mío, para que en el templo que mandáis edificar a vuestro siervo Jacobo pueda yo prometer en vuestro santo nombre la protección especial de vuestro brazo poderoso, y que aquel lugar sagrado sea parte de mi herencia para todos los que en él invocaren con devoción vuestro mismo nombre y el favor de mi intercesión con vuestra clemencia.

349. Respondióla Cristo nuestro Redentor: Madre mía, en quien se complació mi voluntad, yo os doy mi real palabra que miraré con especial clemencia y llenaré de bendiciones de dulzura a los que con humildad y devoción vuestra me invocaren y llamaren en aquel templo por medio de vuestra intercesión. En vuestras manos tengo depositados y librados todos mis tesoros, y como Madre que tenéis mis veces y potestad podéis enriquecer y señalar aquel lugar y prometer en él vuestro favor, que todo lo cumpliré como fuere vuestra agradable voluntad.-Agradeció de nuevo María santísima esta promesa de su Hijo y Dios omnipotente, y luego, por mandato del mismo Señor, grande número de los ángeles que la acompañaban formaron un trono real de una nube refulgentísima y la pusieron en él como a Reina y Señora de todo lo criado. Cristo nuestro Señor con los demás ángeles se subió a los cielos, dándola su bendición. Y la purísima Madre, en manos de serafines y acompañada de sus mil ángeles con los demás, partió a Zaragoza, en España, en alma y cuerpo mortal. Y aunque la jornada se pudo hacer en brevísimo tiempo, ordenó el Señor que fuese de manera que los santos ángeles formando coros de dulcísima armonía viniesen cantando a su Reina loores de júbilo y alegría.

350. Unos cantaban el Ave María, otros Salve Sancta parens y Salve Regina, otros, Regina coeli laetare, etc. Alternando estos cánticos a coros y respondiéndose unos a otros con armonía y consonancia tan concertada, cuanto no alcanza la capacidad humana. Respondía también la gran Señora oportunamente, refiriendo toda aquella gloria al Autor que se la daba, con tan humilde corazón, cuanto era grande este favor y beneficio. Repetía muchas veces: Santo santo, santo Dios de Sabaot, ten misericordia de los míseros hijos de Eva. Tuya es la gloria, tuyo es el poder y la majestad, tú sólo el Santo, el Altísimo y el Señor de todos los ejércitos celestiales y de lo criado. Y los ángeles respondían también a estos cánticos tan dulces en los oídos del Señor, y con ellos llegaron a Zaragoza cuando ya se acercaba la media noche.

351. El felicísimo apóstol Santiago estaba con sus discípulos fuera de la ciudad, pero arrimado al muro que correspondía a las márgenes del río Ebro, y para ponerse en oración se había apartado de ellos algún espacio competente, quedando los discípulos algunos durmiendo y otros orando como su maestro; y porque todos estaban desimaginados de la novedad que les venía, se alargó un poco la procesión de los santos ángeles con la música, de manera que no sólo Santiago lo pudiese oír de lejos, sino también los discípulos, con que despertaron los que dormían y todos fueron llenos de suavidad interior y admiración, con celestial consuelo que los ocupó y casi enmudeció, dejándolos suspensos y derramando lágrimas de alegría. Reconocieron en el aire grandísima luz, más que si fuera al mediodía, aunque no se extendía universalmente más que en algún espacio, como un gran globo. Con esta admiración y nuevo gozo estuvieron sin menearse hasta que los llamó su Maestro. Con estos maravillosos efectos que sintieron, ordenó el Señor que estuviesen prevenidos y atentos a lo que de aquel gran misterio se les manifestase. Los santos ángeles pusieron el trono de su Reina y Señora a la vista del apóstol, que estaba en altísima oración y más que los discípulos sentía la música y percibía la luz. Traían consigo los ángeles prevenida una pequeña columna de mármol o de jaspe, y de otra materia diferente habían formado una imagen no grande de la Reina del cielo. Y a esta imagen traían otros ángeles con gran veneración, y todo se había prevenido aquella noche con la potencia que estos divinos espíritus obran en las cosas que la tienen.

352. Manifestósele a Santiago la Reina del cielo desde la nube y trono donde estaba rodeada de los coros de los ángeles, todos con admirable hermosura y refulgencia, aunque la gran Señora los excedía en todo a todos. El dichoso apóstol se postró en tierra y con profunda reverencia adoró a la Madre de su Criador y Redentor y vio juntamente la Imagen y columna o pilar en mano de algunos ángeles. La piadosa Reina le dio la bendición en nombre de su Hijo santísimo y le dijo: Jacobo, siervo del Altísimo, bendito seáis en su diestra; él os salve y manifieste la alegría de su divino rostro.- Y todos los ángeles respondieron: Amén.-Prosiguió la Reina del cielo y dijo: Hijo mío Jacobo, este lugar ha señalado y destinado el altísimo y todopoderoso Dios del cielo, para que en la tierra le consagréis y dediquéis en un templo y casa de oración, de donde debajo del título de mi nombre quiere que el suyo sea ensalzado y engrandecido y que los tesoros de su divina diestra se comuniquen, franqueando liberalmente sus antiguas misericordias con todos los fieles y que por mi intercesión las alcancen, si las pidieren con verdadera fe y piadosa devoción. Yo en nombre del Todopoderoso les prometo grandes favores y bendiciones de dulzura y mi verdadera protección y amparo, porque éste ha de ser templo y casa mía y mi propia herencia y posesión. Y en testimonio de esta verdad y promesa quedará aquí esta columna y colocada mi propia imagen, que en este lugar donde edificaréis mi templo perseverará y durará con la santa fe hasta el fin del mundo. Daréis luego principio a esta casa del Señor, y habiéndole hecho este servicio partiréis a Jerusalén, donde mi Hijo santísimo quiere que le ofrezcáis el sacrificio de vuestra vida en el mismo lugar en que dio la suya para la redención humana.

353. Dio fin la gran Reina a su razonamiento, mandando a los ángeles que colocasen la columna y sobre ella la santa Imagen en el mismo lugar y puesto que hoy están, y así lo ejecutaron en un momento. Luego que se erigió la columna y se asentó en ella la sagrada Imagen, los mismos ángeles, y también el santo apóstol, reconocieron aquel lugar y título por casa de Dios, puerta del cielo y tierra santa y consagrada en templo para gloria del Altísimo e invocación de su beatísima Madre. Y en fe de esto dieron culto, adoración y reverencia a la divinidad, y Santiago se postró en tierra, y los ángeles con nuevos cánticos celebraron los primeros con el mismo apóstol la nueva y primera dedicación de templo que se instituyó en el orbe después de la redención humana y en nombre de la gran Señora del cielo y tierra. Este fue el origen felicísimo del santuario de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza, que con justa razón se llama cámara angelical, casa propia de Dios y de su Madre purísima, y digna de la veneración de todo el orbe y fiador seguro y abonado de los beneficios y favores del cielo, que no desmerecieron nuestros pecados. Paréceme a mí que nuestro gran patrón y apóstol el segundo Jacobo dio principio más glorioso a este templo que el primer Jacobo al suyo de Betel, cuando caminaba peregrino a Mesopotamia, aunque aquel título y piedra que levantó (15) fuese lugar del futuro templo de Salomón. Allí vio en sueños Jacob la escala mística en figura y sombra con los ángeles, pero aquí vio nuestro Jacobo la escala verdadera del cielo con los ojos corporales, y más ángeles que en aquélla. Allí se levantó la piedra en título para el templo que muchas veces se había de destruir y en algunos siglos tendría fin, pero aquí, en la firmeza de esta verdadera columna consagrada, se aseguró el templo, la fe y culto del Altísimo hasta que se acabe el mundo, subiendo y bajando ángeles a las alturas con las oraciones de los fieles y con incomparables beneficios y favores que distribuye nuestra gran Reina y Señora a los que en aquel lugar con devoción la invocan y con veneración la honran.

354. Dio humildes gracias nuestro apóstol a María santísima y la pidió el amparo de este reino de España con especial protección, y mucho más de aquel lugar consagrado a su devoción y nombre. Y todo se lo ofreció la divina Madre, y dándole de nuevo su bendición, la volvieron los ángeles a Jerusalén con el mismo orden que la habían traído. Pero antes, a petición suya, ordenó el Altísimo que para guardar aquel santuario y defenderle quedase en él un ángel santo encargado de su custodia, y desde aquel día hasta ahora persevera en este ministerio y le continuará cuanto allí durare y permaneciere la Imagen sagrada y la columna. De aquí ha resultado la maravilla que todos los fieles y católicos reconocen de haberse conservado aquel santuario ileso y tan intacto por mil seiscientos y más años entre la perfidia de los judíos, la idolatría de los romanos, la herejía de los arrianos y la bárbara furia de los moros y paganos; y fuera mayor la admiración de los cristianos, si en particular tuvieran noticia de los arbitrios y medios que todo el infierno ha fabricado en diversos tiempos pan destruir este santuario por mano de todos estos infieles y naciones. No me detengo en referir estos sucesos, porque no es necesario y tampoco pertenecen a mi intento. Basta decir que por todos estos enemigos de Dios lo ha intentado Lucifer muchas veces, y todas lo ha defendido el ángel santo que guarda aquel sagrario.

355. Pero advierto dos cosas que se me han manifestado para que aquí las escriba. La una, que las promesas aquí referidas, así de Cristo nuestro Salvador como de su Madre santísima, para conservar aquel templo y lugar suyo, aunque parecen absolutas, tienen implícita o encerrada la condición, como sucede en otras muchas promesas de la Escritura sagrada, que tocan a particulares beneficios de la divina gracia. Y la condición es, que de nuestra parte obremos de manera que no desobliguemos a Dios para que nos prive del favor y misericordia que nos promete y ofrece. Y porque Su Majestad en el secreto de su justicia reserva el peso de estos pecados con que le podemos desobligar, por eso no expresa ni declara esta condición; y porque también estamos avisados en su santa Iglesia, que sus promesas y favores no son para que usemos de ellos contra el mismo Señor, ni pequemos en confianza de su liberal misericordia, pues ninguna ofensa tanto como ésta nos hace indignos de ella. Y tales y tantos pueden ser los pecados de estos reinos y de aquella piadosa ciudad de Zaragoza, que lleguemos a poner de nuestra parte la condición y número por donde merezcamos ser privados de aquel admirable beneficio y amparo de la gran Reina y Señora de los ángeles.

356. La segunda advertencia no menos digna de consideración es, que Lucifer y sus demonios, como conocen estas verdades y promesas del Señor, ha pretendido y pretende siempre la malicia de estos dragones infernales introducir mayores vicios y pecados en aquella ilustre ciudad y en sus moradores con más eficacia y astucia que en otras, y en especial de los que más pueden desobligar y ofender a la pureza de María santísima. El intento de esta serpiente antigua mira a dos cosas execrables: la una que, si puede ser, desobliguen los fieles a Dios para que les conserve allí aquel sagrado y por este camino consiga Lucifer lo que por otros no ha podido; la otra, que si no puede alcanzar esto, por lo menos impida en las almas la veneración y piedad de aquel templo sagrado y los grandes beneficios que tiene prometidos en él María santísima a los que dignamente los pidieren. Conoce bien Lucifer y sus demonios que los vecinos y moradores de Zaragoza están obligados a la Reina de los cielos con más estrecha deuda que muchas otras ciudades y provincias de la cristiandad, porque tienen dentro de sus muros la oficina y fuente de los favores y beneficios que otros van a buscar a ella. Y si con la posesión de tanto bien fuesen peores, y despreciasen la dignación y clemencia que nadie les pudo merecer, esta ingratitud a Dios y a su Madre santísima merecería mayor indignación y más grave castigo de la Justicia divina. Confieso con alegría a todos los que leyeren esta Historia, que por escribirla a solas dos jornadas de Zaragoza tengo por muy dichosa esta vecindad y miro aquel santuario con gran cariño de mi alma, por la deuda que todos conocerán tengo a la gran Señora del mundo. Reconózcome también obligada y agradecida a la piedad de aquella ciudad, y en retorno de todo esto quisiera con voces vivas renovar en sus moradores la cordial e íntima devoción que deben a María santísima y los favores que con ella pueden alcanzar y con el olvido y poca atención desmerecer. Considérense, pues, más beneficiados y obligados que otros fieles. Estimen su tesoro, gócenle felizmente y no hagan del propiciatorio de Dios casa inútil y común, convirtiéndola en tribunal de justicia, pues la puso María santísima para taller o tribunal de misericordias.

357. Pasada la visión de María santísima, llamó Santiago a sus discípulos, que de la música y resplandor estaban absortos, aunque ni oyeron ni vieron otra cosa. Y el gran maestro les dio noticia de lo que convenía, para que le ayudasen en la edificación del sagrado templo, en que puso mano y diligencia; y antes de partir de Zaragoza acabó la pequeña capilla donde está la santa Imagen y columna, con favor y asistencia de los ángeles. Y después con el tiempo los católicos edificaron el suntuoso templo y lo demás que adorna y acompaña aquel tan celebrado santuario. El evangelista san Juan no tuvo por entonces noticia de esta venida de la divina Madre a España, ni ella se lo manifestó, porque estos favores y excelencias no pertenecían a la fe universal de la Iglesia y por esto las guardaba en su pecho; aunque declaró otras mayores a san Juan y a los otros evangelistas, porque eran necesarias para la común instrucción y fe de los fieles. Pero cuando Santiago volvió de España por Efeso, entonces dio cuenta a su hermano Juan de lo que había sucedido en la peregrinación y predicación de España, y le declaró las dos veces que en ella había sido favorecido con las visiones de la beatísima Madre y de lo que en esta segunda le había sucedido en Zaragoza, del templo que dejaba edificado en esta ciudad. Y por relación del evangelista tuvieron noticia de este milagro muchos de los apóstoles y discípulos a quien se lo refirió él mismo después en Jerusalén para confirmarlos en la fe y devoción de la Señora del cielo, y en la confianza de su amparo. Y fue así, porque desde entonces los que conocieron este favor de Jacobo la llamaban y la invocaban en sus trabajos y necesidades, y la piadosa Madre socorrió a muchos, y a todos en diferentes ocasiones y peligros.

358. Sucedió este milagroso aparecimiento de Maria santísima en Zaragoza, entrando el año del nacimiento de su Hijo nuestro Salvador de cuarenta, la segunda noche de dos de enero. Y desde la salida de Jerusalén a la predicación habían pasado cuatro años, cuatro meses y diez días, porque salió el santo apóstol año de treinta y cinco, como arriba dije (16), a veinte de agosto; y después del aparecimiento gastó en edificar el templo, en volver a Jerusalén y predicar, un año, dos meses y veinte y tres días; murió a los veinte y cinco de marzo del año cuarenta y uno. La gran Reina de los ángeles, cuando se le apareció en Zaragoza, tenía de edad cincuenta y cuatro años, tres meses y veinte y cuatro días; y luego que volvió a Jerusalén partió a Efeso, como diré en el libro y capítulo siguiente; al cuarto día se partió. De manera que se le dedicó este templo muchos años antes de su glorioso tránsito, como se entenderá cuando al fin de esta Historia (17) de la gran Señora declare su edad y el año en que murió, que desde este aparecimiento pasaron más de los que de ordinario se dice. Y en todos estos años ya en España era venerada con culto público y tenía templos, porque a imitación de Zaragoza se le edificaron luego otros, donde se le levantaron aras con solemne veneración.

359. Esta excelencia y maravilla es la que sin contradicción engrandece a España sobre cuanto de ella se puede predicar, pues ganó la palma a todas las naciones y reinos del orbe en la veneración, culto y devoción pública de la gran Reina y Señora del cielo María santísima, y viviendo en carne mortal se señaló con ella en adorarla e invocarla más que otras naciones lo han hecho después que murió y subió a los cielos para no volver al mundo. En retorno de esta antigua y general piedad y devoción de España con María santísima, tengo entendido que la piadosa Madre ha enriquecido tanto a estos reinos en lo público, con tantas imágenes suyas aparecidas y santuarios como hay en ellos, dedicados a su santo nombre, más que en otros reinos del mundo. Con estos singularísimos favores ha querido la divina Madre hacerse más familiar en este reino, ofreciéndole su amparo con tantos templos y santuarios como tiene, saliéndonos al encuentro en todas partes y provincias, para que la reconozcamos por nuestra Madre y Patrona, y también para que entendamos fía de esta nación la defensa de su honor y la dilatación de su gloria por todo el orbe.

360. Ruego yo y humildemente suplico a todos los naturales y moradores de España y en el nombre de esta Señora les amonesto despierten la memoria y aviven la fe, renueven y resuciten la devoción antigua de María santísima y se reconozcan por más rendidos y obligados a su servicio que otras naciones; y singularmente tengan en suma veneración el santuario de Zaragoza, como de mayor dignidad y excelencia sobre todos y como original de la piedad y veneración que España reconoce a esta Reina. Y crean todos los que leyeren esta Historia, que las antiguas dichas y grandezas de esta monarquía las recibió por María santísima y por los servicios que le hicieron en ella, y si hoy las reconocemos tan arruinadas y casi perdidas, lo ha merecido así nuestro descuido, con que obligamos al desamparo que sentimos. Y si deseamos el remedio de tantas calamidades, sólo podemos alcanzarle por mano de esta poderosa Reina, obligándola con nuevos y singulares servicios y demostraciones. Y pues el admirable beneficio de la fe católica y los que he referido nos vinieron por medio de nuestro gran patrón y apóstol Santiago, renuévese también su devoción e invocación, para que por su intercesión el Todopoderoso renueve sus maravillas.

Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima.

361. Hija mía, advertida estás que no sin misterio en el discurso de esta Historia te he manifestado tantas veces los secretos del infierno contra los hombres, los consejos y traiciones que fabrica para perderlos, la furiosa indignación y desvelo con que lo procura, sin perder punto, lugar ni ocasión y sin dejar piedra que no mueva, ni camino, estado o persona a quien no ponga muchos lazos en que caiga y, más peligrosos y más engañosos por más ocultos, los derrama contra los que cuidadosos desean la vida eterna y la amistad de Dios. Y sobre estos generales avisos se te han manifestado muchas veces los conciliábulos y prevenciones que contra ti confieren y disponen. A todos los hijos de la Iglesia les importa salir de la ignorancia en que viven de tan inevitables peligros de su eterna perdición, sin conocer ni advertir que fue castigo del primer pecado perder la luz de estos secretos y después, cuando podían merecerla, se hacen incapaces y más indignos por los pecados propios. Con esto, viven muchos de los mismos fieles tan olvidados y descuidados como si no hubiera demonios que los persiguieran y engañaran, y si tal vez lo advierten es muy superficialmente y de paso y luego se vuelven a su olvido, que pesa en muchos no menos que las penas eternas. Si en todos tiempos y lugares, en todas obras y ocasiones, les pone asechanzas el demonio, justo y debido era que ningún cristiano diera un solo paso sin pedir el favor divino, para conocer el peligro y no caer en él. Pero como es tan torpe el olvido que de esto tienen los hijos de Adán, apenas hacen obra que no sean lastimados y heridos de la serpiente infernal y del veneno que derrama por su boca, con que acumulan culpas a culpas, males a males, que irritan la justicia divina y desmerecen la misericordia.

362. Entre estos peligros te amonesto, hija mía, que como has conocido contra ti mayor indignación y desvelo del infierno, le tengas tú con la divina gracia tan grande y continuo, como te conviene para vencer a este astuto enemigo. Atiende a lo que yo hice cuando conocí el intento de Lucifer para perseguirme a mí y a la santa Iglesia: multipliqué las peticiones, lágrimas, suspiros y oraciones; y porque los demonios se querían valer de Herodes y de los judíos de Jerusalén, aunque yo pudiera estar con menor temor en la ciudad y me inclinaba a esto, la desamparé para dar ejemplo de cautela y de obediencia: de lo uno alejándome del peligro y de lo otro gobernándome por la voluntad y obediencia de san Juan. Tú no eres fuerte y tienes mayor peligro por las criaturas y a más de esto eres mi discípula, tienes mis obras y vida por ejemplar para la tuya; y así quiero que en reconociendo el peligro te alejes de él, si fuere necesario, cortes por lo más sensible y siempre te arrimes a la obediencia de quien te gobierna como a norte seguro y columna fuerte para no caer. Advierte mucho si debajo de piedad aparente te esconde el enemigo algún lazo; guárdate no padezcas tú por granjear a otros. Ni te fíes de tu dictamen, aunque te parezca bueno y seguro; no dificultes obedecer en cosa alguna, pues yo por la obediencia salí a peregrinar con muchos trabajos y descomodidades.

363. Renueva también los afectos y deseos de seguir mis pasos y de imitarme con perfección, para proseguir lo que resta de mi vida y escribirlo en tu corazón. Corre por el camino de la humildad y obediencia tras el olor de mi vida y virtudes, que si me obedecieres, como de ti quiero y tantas veces te repito y exhorto, yo te asistiré como a hija en tus necesidades y tribulaciones y mi Hijo santísimo cumplirá en ti su voluntad como lo desea, antes que acabes esta obra, y se ejecutarán las promesas que muchas veces nos has oído, y serás bendita de su poderosa diestra. Magnifica y engrandece al Altísimo por el favor que hizo a mi siervo Jacobo en Zaragoza y por el templo que allí me edificó antes de mi tránsito y todo lo que de esta maravilla te he manifestado, y porque aquel templo fue el primero de la ley evangélica y de sumo agrado para la beatísima Trinidad.

(12) Cf. supra n.337
(13) Cf. supra n.320
(14) Mt. 16,18
(15) Gen. 28,18
(16) Cf. supra n.319
(17) Cf. infra n.742

   
 
   

Martirio de Santiago Apóstol y traslado de su cuerpo a España

   

Mística Ciudad de Dios
Libro con Nihil Obstat e Imprimatur.
Sor María de Jesús de Agreda (1602-1665). Libro VIII-Capítulo 2.

El glorioso martirio de Santiago, asístele en él María santísima y lleva su alma a los cielos, viene su cuerpo a España, la prisión de San Pedro y su libertad de la cárcel y los secretos que en todo sucedieron.

392. Llegó a Jerusalén nuestro gran apóstol Santiago en ocasión que toda aquella ciudad estaba muy turbada contra los discípulos y seguidores de Cristo nuestro Señor. Esta nueva indignación habían fomentado los demonios ocultamente, inficionando más con su venenoso aliento los corazones de los pérfidos judíos, encendiendo en ellos el celo de su ley y la emulación contra la nueva evangélica, con la ocasión de la predicación de san Pablo, que aunque no estuvo en Jerusalén más de quince días, en este breve tiempo obró tanto en él la virtud divina que convirtió a muchos y puso a todos en admiración y asombro. Y aunque los judíos incrédulos se animaron algo con saber que san Pablo había salido de Jerusalén, entró luego Santiago no menos lleno de sabiduría divina y celo del nombre de Cristo Nuestro Redentor, con que se volvieron a inmutar. Y Lucifer, que no ignoraba su venida, solicitaba y aumentaba la indignación de los pontífices, sacerdotes y escribas, para que el nuevo predicador les sirviese de más tósigo que los inquietase y alterase. Entró Santiago predicando fervorosamente el nombre del Crucificado, su misteriosa muerte y resurrección. Y a los primeros días convirtió a la fe algunos judíos; entre éstos fueron señalados un Hermógenes y otro Fileto, entrambos mágicos y hechiceros, que tenían pacto con el demonio. Era Hermógenes más docto en la mágica y Fileto era su discípulo, pero de los dos se quisieron valer los judíos contra el apóstol, para que o le convenciesen en disputa o, si esto no conseguían, le quitasen la vida con algún maleficio de sus artes mágicas.

393. Esta maldad maquinaron los demonios por medio de los judíos, como por instrumentos de su iniquidad, porque no podían por sí mismos llegar cerca del apóstol, aterrados de la divina gracia que en él sentían. Pero llegando a la disputa con los dos magos, entró primero Fileto arguyendo a Santiago, para que si no le concluyese entrase después Hermógenes, como maestro y más perito en la ciencia mágica. Propuso Fileto sus argumentos sofísticos y falsos y el sagrado apóstol se los desvaneció como los rayos del sol destierran las tinieblas, y habló con tanta sabiduría y eficacia que Fileto quedó vencido y reducido a la verdadera fe de Cristo, y desde entonces se hizo defensor del apóstol y de su doctrina. Pero temiendo a su maestro Hermógenes, pidió a Santiago le defendiese de él y de sus artes diabólicas, con que le perseguiría para destruirle. Y el santo apóstol dio a Fileto un paño o lienzo que de mano de María santísima había recibido y con aquella reliquia se defendió el nuevo convertido de los maleficios de Herrnógenes por algunos días, hasta que el mismo Hermógenes llegó a la disputa con el apóstol.

394. No pudo Hermógenes excusarse, aunque temía a Santiago, porque estaba empeñado con los judíos para disputar con él y convencerle, y así procuró esforzar sus errores con mayores argumentos que su discípulo Fileto. Pero todo este conato fue en vano contra el poder y la sabiduría del cielo, que en el sagrado apóstol era como una impetuosa corriente. Anegó a Hermógenes y le obligó a confesar la fe de Cristo y sus misterios, como lo había hecho su discípulo Fileto, y entrambos creyeron la santa fe y doctrina que predicaba Jacobo. Los demonios se irritaron contra Hermógenes y con el imperio que sobre él habían tenido le maltrataron por su conversión; y como tuvo noticia que Fileto se había defendido de ellos con la reliquia o lienzo que el santo apóstol le había dado, le pidió también el mismo favor contra los enemigos, y Santiago dio a Hermógenes el báculo que traía en su peregrinación, y con él ahuyentó a los demonios para que no le afligiesen ni llegasen a él.

395. A estas conversiones y a las demás que hizo Santiago en Jerusalén, ayudaron las oraciones, lágrimas y suspiros que la gran Reina del cielo ofrecía desde su oratorio en Efeso, donde, como en otras partes queda dicho (1), conocía por visión todo lo que obraban los apóstoles y fieles de la Iglesia, y de su amado apóstol tenía particular cuidado, por estar más vecino al martirio. Hermógenes y Fileto perseveraron algún tiempo en la fe de Cristo, pero después desfallecieron y la perdieron en el Asia, como consta en la epístola segunda a Timoteo donde el Apóstol le avisa cómo se habían apartado de él Figelo o Fileto y Hermógenes. Y aunque la semilla de la fe nació en aquellos corazones, pero no hizo raíces para resistir a las tentaciones del demonio, a quien largo tiempo habían servido y tratado con familiaridad, y siempre se quedaron en ellos las reliquias malas y perversas raíces de los vicios que volvieron a prevalecer, derribándolos del estado de la fe que habían recibido.

396. Pero cuando los judíos vieron frustrada su vana confianza, por hallarse convencidos y convertidos a Hermógenes y Fileto, concibieron nueva indignación contra el apóstol Santiago y determinaron acabar con él dándole la muerte que le deseaban. Para esto solicitaron con dinero a Demócrito y Lisias, centuriones de la milicia de los romanos, y concertaron con ellos en secreto que prendiesen al apóstol con la gente que tenían a su cuenta y que para disimular la traición fingirían un alboroto o pendencia en uno de los días y lugares que predicase y entonces le entregarían en sus manos. La ejecución de esta maldad quedó a cargo de Abiatar, que era sumo sacerdote en aquel año, y de Josías, otro escriba del mismo espíritu que el sacerdote. Y como lo pensaron, así lo ejecutaron. Porque estando Santiago predicando al pueblo el misterio de la redención humana y probándole con admirable sabiduría y testimonios de las antiguas Escrituras, el auditorio se conmovió a lágrimas de compunción. Y el sumo sacerdote y escriba se encendieron en furor diabólico y, dando la señal a la gente romana, envió el primero a Josías y prendió a Santiago, echándole una soga al cuello, y proclamándole por inquietador de la república y autor de nueva religión contra el imperio romano.

397. Con esta ocasión llegaron Demócrito y Lisias con su gente y prendieron al apóstol y le llevaron a Herodes, hijo de Arquelao, que también estaba prevenido, en lo cauteloso con la astucia de Lucifer y en lo exterior con la malicia y odio de los judíos. Incitado Herodes de todos estos estímulos, había movido contra los discípulos del Señor, a quien aborrecía, la persecución que san Lucas dice en el capítulo 12 de los Hechos apostólicos (2), enviando tropas de soldados para afligirlos y prenderlos, y luego mandó degollar a Santiago, como los judíos se lo pedían. Fue increíble el gozo de nuestro grande apóstol viéndose prender y atar a la semejanza de su Maestro y que se le llegaba el plazo tan deseado de pasar de esta vida mortal a la eterna por medio del martirio, como la Reina del cielo se lo había dicho y prevenido (3). Hizo humildes y fervorosos actos de agradecimiento por este beneficio y públicamente confesó de nuevo y protestó la santa fe de Cristo nuestro Señor. Y acordándose de la petición que había hecho en Efeso (4), de que le asistiese en su muerte, la invocó y llamó de lo íntimo de su alma.

398. Oyó María santísima desde su oratorio estas peticiones de su amado apóstol y sobrino, como quien estaba atenta a todo lo que pasaba por él, y con eficaz oración le acompañaba y favorecía. Y estando en ella vio la gran Señora que descendía del cielo gran multitud de ángeles y espíritus supremos de todas las jerarquías; y parte de ellos se encaminó a Jerusalén y rodearon al santo apóstol cuando lo sacaban al lugar del suplicio. Otros ángeles fueron a Efeso donde la Reina estaba, y uno de los supremos la dijo: Emperatriz de las alturas y Señora nuestra, el altísimo Dios y Señor de los ejércitos dice que luego vayáis a Jerusalén para consolar a su gran siervo Jacobo, asistirle en su muerte y correspondáis a sus deseos santos y piadosos.–Este favor admitió María santísima con gran júbilo y agradecimiento, y alabó al Muy Alto por la protección con que defiende y ampara a los que fían en su misericordia infinita y viven debajo de su protección. En el ínterin que pasaba esto, era llevado el apóstol al martirio, y en el camino hizo muchos milagros en todos los enfermos de varias enfermedades y dolencias y en algunos endemoniados, porque a todos los dejó sanos y libres. Y como corrió la voz de que Herodes le mandaba degollar, acudieron muchos necesitados a buscar su remedio antes que les faltase el común medio de su consuelo.

399. Al mismo tiempo los santos ángeles recibieron a su gran Reina y Señora en un trono refulgentísimo, como en otras ocasiones he dicho (5), y la llevaron a Jerusalén al lugar donde llegaba Santiago para ser justiciado. Puso las rodillas en tierra el santo apóstol para ofrecer a Dios el sacrificio de su vida, y cuando levantó los ojos al cielo vio en el aire y en su presencia a la Reina de los mismos cielos, a quien estaba invocando en su corazón. Viola vestida de divinos resplandores y con grande hermosura, acompañada de la multitud de ángeles que la asistían. Y con este divino espectáculo fue todo inflamado en ardores de nuevo júbilo y caridad, con cuyo ímpetu se movió todo el corazón y potencias de Jacobo. Y quiso dar voces aclamando a María santísima por Madre del mismo Dios y Señora de todas las criaturas, pero uno de los espíritus soberanos le detuvo en aquel fervor y le dijo: Jacobo, siervo de nuestro Criador, tened en vuestro pecho estos preciosos afectos y no manifestéis a los judíos la presencia y favor de nuestra Reina, porque no son dignos ni capaces de entenderlo y antes le cobrarán odio que reverencia. Con este aviso se reprimió el apóstol y en silencio, moviendo los labios, habló a la divina Reina y la dijo:

400. Madre de mi Señor Jesucristo, Señora y amparo mío, consuelo de los afligidos, refugio de los necesitados, dadme, Señora, vuestra bendición tan deseada de mi alma en esta hora. Ofreced por mí a vuestro Hijo y Redentor del mundo el sacrificio de mi vida en holocausto, encendido en el deseo de morir por la gloria de su santo nombre. Sean hoy vuestras manos purísimas y candidísimas el ara de mi sacrificio, para que le reciba aceptable el que por mí se ofreció en la santa cruz. En vuestras manos, y por ellas en las de mi Criador, encomiendo mi espíritu.–Dichas estas palabras y siempre los ojos del santo apóstol levantados a María santísima, que le hablaba al corazón, le degolló el verdugo. Y la gran Señora y Reina del mundo –¡oh admirable dignación!– recibió el alma de su amantísimo apóstol a su lado en el trono donde estaba y así la llevó al cielo empíreo y se la presentó a su Hijo santísimo. Entró María santísima en la corte celestial con esta nueva ofrenda, causando a todos los moradores del cielo nuevo júbilo y gloria accidental, y todos la dieron la norabuena con nuevos cánticos y loores. El Altísimo recibió el alma de Jacobo y la colocó en lugar eminente de gloria entre los príncipes de su pueblo, y María santísima, postrada ante el trono de la infinita Majestad, hizo un cántico de alabanza, de hacimiento de gracias por el martirio y triunfo del primer apóstol mártir. No vio en esta ocasión la gran Señora a la divinidad con visión intuitiva, sino con la abstractiva que otras veces he dicho. Pero la beatísima Trinidad la llenó de nuevas bendiciones y favores para sí y para la santa Iglesia, por quien hizo grandes peticiones; bendijéronla también todos los santos y con esto la volvieron los ángeles a su oratorio en Efeso, donde, en el ínterin que sucedió todo esto, estuvo un ángel representando su persona, y en llegando la divina Madre de las virtudes se postró en tierra como acostumbraba (6), dando gracias de nuevo al Altísimo por todo lo referido.

401. Los discípulos de Santiago aquella noche recogieron su santo cuerpo y ocultamente le llevaron al puerto de Jope, donde por disposición divina se embarcaron con él y le trajeron a Galicia en España. Y esta Señora divina les envió un ángel que los guiase y encaminase a donde era la voluntad de Dios que desembarcase. Y aunque ellos no vieron al santo ángel, pero experimentaron el favor, porque los defendió en todo el viaje, y muchas veces milagrosamente. De manera que también debe España a María santísima el tesoro del cuerpo sagrado de Santiago, que posee para su protección y defensa, como en su vida le tuvo para enseñanza y principio de la santa fe que tan arraigada dejó en los corazones de los españoles. Murió Santiago el año del Señor de cuarenta y uno, a veinte y cinco de marzo, cinco años y siete meses después que salió de Jerusalén para venir a predicar a España. Y conforme a este cómputo y los que arriba he declarado (7), fue el martirio de Santiago siete años cumplidos después de la muerte de Cristo nuestro Salvador.

402. Y que su martirio fuese por fin de marzo, consta del capítulo 12 de los Hechos apostólicos, donde san Lucas dice (8) que por el gusto que tuvieron los judíos de la muerte de Santiago, encarceló Herodes a san Pedro con intento de degollarle como a Santiago en pasando la Pascua, que era la del Cordero y de los Azimos que celebraban los judíos a los catorce de la luna de marzo. De este lugar parece que la prisión de san Pedro fue en esta Pascua o muy cerca de ella, y que la muerte de Santiago había precedido pocos días antes; y aquel año de cuarenta y uno, los catorce de la luna de marzo concurrieron con los últimos días de este mes, según el cómputo solar de los años y meses que nosotros guardamos. Y según esto la muerte de Santiago sucedió a los veinte y cinco, antes de los catorce de la luna, y luego la prisión de san Pedro y la Pascua de los judíos. Pero la Iglesia santa no celebra el martirio de Santiago en su día, porque ocurre con la encarnación y de ordinario con los misterios de la pasión, y se trasladó a veinte y cinco de julio, que fue el día en que se trasladó en España el cuerpo del santo apóstol.

403. Con la muerte de Santiago y con la presteza con que se la dio Herodes, se alentó más la crueldad impiísima de los judíos, pareciéndoles que en la sevicia del inicuo rey tenían puesto instrumento de su venganza contra los seguidores de Cristo nuestro Señor. El mismo juicio hizo Lucifer y sus demonios. Ellos con sugestiones, los judíos con ruegos y lisonjas le persuadieron que mandase prender a san Pedro, como de hecho lo hizo en gracia de los judíos, a quienes deseaba tener contentos por sus fines temporales. Los demonios temían grandemente al Vicario de Cristo por la virtud que contra sí mismos sentían en él, y así apresuraron ocultamente su prisión. Tuvieron en ella a san Pedro muy bien amarrado con cadenas para justiciarle pasada la Pascua. Y aunque el invicto corazón del apóstol estaba sin cuidado y con la misma quietud que si estuviera libre, pero todo el cuerpo de la Iglesia que estaba en Jerusalén le tenía grande, y se afligieron sumamente todos los discípulos y fieles, sabiendo que determinaba Herodes justiciarle sin dilación. Con esta aflicción multiplicaron las oraciones y peticiones al Señor para que guardase a su Vicario y cabeza de la iglesia, con cuya muerte le amenazaba gran ruina y tribulación. Invocaron también el amparo y poderosa intercesión de María santísima, en quien y por quien todos esperaban el remedio.

404. No se le ocultaba este aprieto de la Iglesia a la divina Madre, aunque estaba en Efeso, porque desde allí miraban sus ojos clementísimos todo cuanto pasaba en Jerusalén por la visión clarísima que de todo tenía. Al mismo tiempo acrecentaba la piadosa Madre sus ruegos con suspiros, postraciones y lágrimas de sangre, pidiendo la libertad de san Pedro y la defensa de la santa Iglesia. Esta oración de María santísima penetró los cielos hasta herir el corazón de su Hijo Jesús nuestro Salvador. Y para responderle a ella, descendió Su Majestad en persona al oratorio de su casa, donde estaba postrada en tierra y pegado su virginal rostro con el polvo. Entró el soberano Rey a su presencia y levantándola del suelo la habló con caricia, diciendo: Madre mía, moderad vuestro dolor y decid todo lo que pedís, que os lo concederé y hallaréis gracia en mis ojos para conseguirlo.

405. Con la presencia y caricia del Señor recibió la divina Madre nuevo aliento, consuelo y alegría, porque los trabajos de la Iglesia eran el instrumento de su martirio, y el ver a san Pedro en la cárcel y condenado a muerte la afligió más que se puede ponderar, y la consideración de lo que de esto pudiera suceder a la primitiva Iglesia. Renovó sus peticiones en presencia de Cristo nuestro Redentor y dijo: Señor Dios verdadero e Hijo mío, vos sabéis la tribulación de vuestra santa Iglesia, y sus clamores llegan a vuestros oídos y penetran lo íntimo de mi afligido corazón. A su Pastor y vuestro Vicario quieren quitar la vida, y si vos, Dueño mío, lo permitís ahora, disiparán a vuestra pequeña grey y los lobos infernales triunfarán de vuestro nombre, como lo desean. Ea, Señor mío y mi Dios, y vida de mi alma, para que yo viva, mandad con imperio al mar y a la tormenta y luego sosegarán los vientos y las olas que combaten esta navecilla. Defended a vuestro Vicario y queden confusos vuestros enemigos. Y si fuere vuestra gloria y voluntad, conviértanse las tribulaciones contra mí, que yo padeceré por vuestros hijos y fieles, y pelearé con los enemigos invisibles, ayudándome vuestra diestra por defensa de vuestra Iglesia.

406. Respondió su Hijo santísimo: Madre mía, con la virtud y potestad que de mí habéis recibido quiero que obréis a vuestra voluntad. Haced y deshaced todo lo que a mi Iglesia conviene. Y advertid que contra vos se convertirá todo el furor de los demonios. Agradeció de nuevo este favor la prudentísima Madre, y ofreciéndose a pelear las guerras del Señor por los hijos de la Iglesia, habló de esta manera: Altísimo Señor mío, esperanza y vida de mi alma, preparado está mi corazón y el ánimo de vuestra sierva para trabajar por las almas que costaron vuestra sangre y vida. Y aunque soy polvo inútil, vos sois de infinita sabiduría y poder, y asistiéndome vuestro divino favor no temo al infernal dragón. Y pues en vuestro nombre queréis que yo disponga y obre lo que a vuestra Iglesia conviene, yo mando luego a Lucifer y a todos sus ministros de maldad, que turban a la Iglesia en Jerusalén, desciendan todos al profundo y que allí enmudezcan mientras no les diere permiso vuestra divina providencia para salir a la tierra.–Esta voz de la gran Reina del mundo fue tan eficaz, que al punto que la pronunció en Efeso, cayeron los demonios que estaban en Jerusalén, descendiendo todos a lo profundo de las cavernas eternales, sin poderse resistir a la virtud divina que obraba por medio de María santísima.

407. Conoció Lucifer y sus ministros que aquel azote era de la mano de nuestra Reina, a quien ellos llamaban su enemiga, porque no se atrevían a nombrarla por su nombre, y estuvieron en el infierno confusos y aterrados en esta ocasión, como en otras que dejo dicho (9), hasta que se les permitió levantarse para hacer guerra a la misma Señora, como se declara adelante (10); y en este tiempo estuvieron consultando de nuevo los medios que para esto pudieran elegir. Conseguido este triunfo contra el demonio para continuarle contra Herodes y los judíos, dijo María santísima a Cristo nuestro Salvador: Ahora, Hijo y Señor mío, si es voluntad vuestra, irá uno de vuestros santos ángeles a sacar de las prisiones a vuestro siervo Pedro.–Aprobó Cristo nuestro Señor la determinación de su Madre Virgen, y por la voluntad de entrambos, como de supremos reyes, fue uno de los espíritus soberanos que allí estaban a poner en libertad al apóstol san Pedro y sacarle de la cárcel de Jerusalén.

408. Ejecutó el ángel este mandato con gran presteza, y llegando a la cárcel halló a san Pedro amarrado con dos cadenas y entre dos soldados que le guardaban, a más de los otros que estaban a la puerta de la cárcel como en cuerpo de guardia. Era esto pasada ya la Pascua y la noche antes que se había de ejecutar la sentencia de muerte a que estaba condenado, pero se hallaba el apóstol tan sin cuidado, que él y las guardas dormían a sueño suelto sin diferencia. Llegó el ángel y fue necesario le diese un golpe a san Pedro para despertarle y, estando casi soñoliento, le dijo el ángel: Levantaos aprisa, ceñíos y calzaos, tomad la capa y seguidme.–Hallóse san Pedro libre de las cadenas, y sin entender lo que le sucedía siguió al ángel, ignorando qué visión era aquella. Y habiéndole sacado por algunas calles, le dijo cómo el Dios omnipotente le había librado de las prisiones por intercesión de su Madre santísima y con esto desapareció el ángel. Y san Pedro volviendo sobre sí, conoció el misterio y el beneficio y dio gracias por él al Señor.

409. Parecióle a san Pedro era bien ponerse en salvo, dando cuenta primero a los discípulos y a Jacobo el Menor, para hacerlo con consejo de todos. Y apresurando el paso se fue a la casa de María, madre de Juan, que también se llama Marcos. Esta era la casa del cenáculo donde estaban juntos y afligidos muchos discípulos. Llamó san Pedro a la puerta y una criada de casa, que se llamaba Rode, bajó a escuchar quién llamaba, y como conociese la voz de san Pedro, dejándosele a la puerta, creyeron que era locura de la criada, pero ella porfiaba que era Pedro, y como estaban tan desimaginados de su libertad, pensaron si sería su ángel. Entre estas demandas y respuestas se tenía a san Pedro en la calle y él llamaba a la puerta, hasta que le abrieron y conocieron con increíble gozo y alegría de ver libre al santo apóstol y cabeza de la Iglesia de los trabajos de la cárcel y de la muerte. Dioles cuenta de todo el suceso, cómo le había pasado con el ángel, para que avisasen a Jacobo y a los demás hermanos, y todo con gran secreto. Y previniendo que luego Herodes le buscaría con toda diligencia, determinaron que se saliese aquella noche de la casa y se fuese y se ausentase de Jerusalén, para que no volviesen a prenderle. Huyó san Pedro, y Herodes, cuando le echó menos y no le halló, hizo castigar a las guardas y se enfureció contra los discípulos, aunque por su soberbia e impío proceder le atajó Dios los pasos, como diré en el capítulo siguiente, castigándole severamente.

Doctrina que me dio la Reina de los ángeles María Santísima.

410. Hija mía, con la ocasión de los efectos que te ha hecho el singular favor que recibió de mi piedad mi siervo Jacobo en su muerte, quiero ahora declararte un privilegio que me confirmó el Altísimo, cuando llevé el alma de su apóstol a presentársela en el cielo. Y aunque otras veces he declarado algo de este secreto, ahora le entenderás mejor, para que verdaderamente seas mí hija y mí devota. Cuando llevó al cielo la feliz alma de Jacobo, me habló el eterno Padre y me dijo, conociéndolo todos los bienaventurados: Hija y paloma mía, escogida para mi agrado entre todas las criaturas, entiendan mis cortesanos, ángeles y santos, que te doy mi real palabra en exaltación de mi nombre, gloria tuya y beneficio de los mortales, que si en la hora de su muerte te invocaren y llamaren con afecto de corazón, a imitación de mi siervo Jacobo, y solicitaren tu intercesión para conmigo, inclinaré a ellos mi clemencia y los miraré con ojos de piadoso Padre, los defenderé y guardaré de los peligros de aquella última hora, apartaré de su presencia los crueles enemigos que se desvelan en aquel trance porque perezcan las almas, a las cuales daré por ti grandes auxilios para que los resistan y se pongan en mi gracia si de su parte se ayudaren, y tú me presentarás sus almas, y recibirán el premio aventajado de mi liberal mano.

411. Por este privilegio hizo gracias y cántico de alabanzas al Muy Alto toda la Iglesia triunfante, y yo con ella. Y aunque los ángeles tienen por oficio presentar las almas en el tribunal del justo juez cuando salen del cautiverio de la vida mortal, a mí se me concedió este privilegio en más alto modo que los demás que ha concedido el Omnipotente a todas las criaturas, porque yo los tengo con otro título y en grado particular y eminente; y muchas veces uso de estos dones y privilegios, y lo hice con algunos de los apóstoles. Y porque te veo deseosa de saber cómo alcanzarás de mí este favor tan deseable para todas las almas, respondo a tu piadoso afecto, que procures no desmerecerle por ingratitud ni olvido; y en primer lugar le granjearás con la pureza inviolada, que es lo que más deseo de ti y las demás almas, porque el amor grande que debo y tengo a Dios me obliga a desear de todas las criaturas, con íntima caridad y afecto, que todas guarden su ley santa y ninguna pierda su amistad y gracia. Esto es lo que debes anteponer a la vida, y primero morir que pecar contra tu Dios y sumo bien.

412. Luego quiero que me obedezcas, ejecutes mi doctrina y trabajes con todo conato por imitar lo que de mí conoces y escribes, y que no hagas intervalo en el amor, ni olvides un punto el cordial afecto a que te obligó la liberal misericordia del Señor; que seas agradecida a lo que le debes, y a mí, que es más de lo que en la vida mortal puedes alcanzar. Sé fiel en la correspondencia, fervorosa en la devoción, pronta en obrar lo más alto y perfecto; dilata el corazón y no le estreches con pusilanimidad, como el demonio lo pretende de ti; extiende las manos a cosas fuertes y arduas (11), con la confianza que debes en el Señor; no te oprimas ni desfallezcas en las adversidades, ni impidas la voluntad de Dios en ti, ni los altísimos fines de su gloria; ten viva fe y esperanza en los mayores aprietos y tentaciones. Para todo esto te ayudarás del ejemplo de mis siervos Jacobo y Pedro, y del conocimiento y ciencia que te he dado de la seguridad felicísima con que están los que viven debajo de la protección del Altísimo. Con esta confianza y con mi devoción alcanzó Jacobo el singular favor que yo le hice en su martirio y venció inmensos trabajos para llegar a él. Y con esta misma estaba Pedro tan sosegado y quieto en las prisiones, sin perder la serenidad de su interior, y al mismo tiempo mereció que mi Hijo santísimo y yo tuviésemos tanto cuidado de su remedio y libertad. Estos favores desmerecen los mundanos hijos de las tinieblas, porque toda su confianza está puesta en lo visible y en su astucia diabólica y terrena. Levanta tu corazón, hija mía, y sacúdele de estos engaños, aspira a lo más puro y santo, que contigo estará el brazo poderoso que obró en mí tantas maravillas.

(1) Cf. supra n.80,158,324,380, etc.
(2) Act 12,1.
(3) Cf. supra n.385.
(4) Cf. supra n.384.
(5) Cf. supra n.165,193,325,349.
(6) Cf. supra n.388.
(7) Cf. supra n.198,376.
(8) Act 12,3-1.
(9) Cf. supra n.298,325, etc.
(10) Cf. infra n.451ss.
(11) Prov. 31,19.

   
 

 

 

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