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Aquel atardecer en el manicomio, caían hojas blancas de
mis sienes.
Polvorientos libros hablaban obstinados, de aquella
extraña secta.
Discreta y poderosa que me señalaba acusadora. Dedo
índice sobre mi débil pecho.
Debía abandonar mi tierra, iniciar el peregrinaje por
los templos del saber, arcano y mágico, que se atesoraban camuflados a
ojos paganos.
Cuadros todos, que recomponen los secretos estatutos, siempre
incompletos de la emoción humana.
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