|
Si se agarra un gato por sus cuatro
patas, panza arriba, y se le deja caer, girará en menos de
medio segundo alrededor de su propio eje y amortiguará el
golpe contra el suelo con las patas estiradas. Da la sensación
de que, tras ese giro de 180 grados, no cambiará de postura
hasta poner las patas sobre el suelo.
El animal ha de actuar con rapidez. Al cabo de medio segundo, la
velocidad de su centro de gravedad alcanza los 18 Km./h. Mientras
que la velocidad de caída “sólo” crece
proporcionalmente con el tiempo, la energía cinética
del gato lo hace mucho más deprisa y, con ésta, aumenta
el peligro de que se lesione en un aterrizaje desgraciado.
Lo que sucede en tan breve lapso de tiempo pasa con vertiginosa
rapidez ante nuestros ojos, incapaces de captar los pormenores.
Según informaciones de algunos biólogos, el instinto
de girarse para caer de pie lo comparten los gatos con liebres,
perros, conejos y monos. No lo he comprobado.
Desde tiempo inmemorial el hombre ha
observado esa habilidad gatuna, pero sólo en 1894 comenzó
a considerarla un “problema científico”. La Academia
de Ciencias de París convocó un concurso público
sobre la “explicación física de cómo
consigue el gato aterrizar siempre de cuatro patas al caer desde
una gran altura”. A los expertos en mecánica les parecía
que el giro se debía al empuje impartido al animal al soltarlo,
que así conseguiría un momento angular en uno u otro
sentido. El gato, durante su caída, sólo podría
girar parte del cuerpo moviendo simultáneamente otra parte
en sentido contrario, de suerte que se compensasen los dos momentos
angulares. El momento angular total siempre se conserva; si al principio
era cero, no podía aparecer de la nada momento alguno. Además,
para poner simultáneamente las patas delanteras y traseras
sobre el suelo, debería girar su cuerpo una vuelta entera,
lo que, según lo observado, no era el caso.
Pero esa hipótesis del empuje se rechazó tras meticulosos
experimentos en los que, antes de la caída, se ataron cordeles
a las patas por separado. Cabe admitir que del intercambio con el
aire del entorno tampoco se extrae un momento angular suficiente:
aun cuando el gato se agitara con violencia, las fuerzas aerodinámicas
ascensionales y de fricción no podrían aportar el
empuje necesario para girar.
Hasta hoy persiste el prejuicio de
que consigue el giro a lo largo de su eje remando vigorosamente
con la cola en sentido contrario. De entrada no es una idea descabellada,
en un animal que se sirve de ése apéndice para los
movimientos de equilibrio. Pero en este caso una cola considerable
debería rotar como una hélice. Los experimentos realizados
con gatos sin cola muestran que giran con la elegancia de los que
sí la tienen.
Y aunque se hubieran resuelto todas las cuestiones físicas
quedaría pendiente la fisiología de la adquisición
del impulso y el control del movimiento. Los biólogos han
dejado caer gatos, con los ojos tapados o en recintos oscuros, desde
alturas que los animales no podían conocer de antemano. Los
individuos sanos siempre caían de pie. Sólo perdieron
tal habilidad cuando se les extirpó quirúrgicamente
el laberinto del oído interno junto con el órgano
del sentido del equilibrio.
- Fotografía de alta
velocidad:
En al año mencionado de 1894,
Etienne Jules Marey presentó dos secuencias de imágenes,
desde distinta perspectiva, de la caída de un gato. Se trataba
de una representación espacio-temporal del giro que acometen
moviendo partes de su cuerpo en sentido opuesto. Marey, pionero
de la cinematografía aplicada a la biología, inventó
en 1890 una cámara que podía tomar sesenta imágenes
por segundo y que ya utilizó con éxito en el vuelo
de las aves. Cuando proyectó seis veces más despacio,
“como una lupa temporal”, la secuencia de imágenes
con un “zoótropo”, el ojo las percibía
todavía sin solución de continuidad, a modo de “película”.
La proyección de la película desató una tormenta
en la Academia. Algunos físicos dudaron de lo que veían:
por principio, era imposible que un cuerpo que cayera adquiriese
un giro por sí solo.
A partir de esas imágenes, Marey
supuso que el gato giraba en dos tiempos. En el primero, extendía
sus patas traseras perpendicularmente al eje del cuerpo (con lo
que aumentaba el momento de inercia de la mitad trasera del cuerpo
para el giro axial), mientras que simultáneamente plegaba
sus patas delanteras hacia al eje (y reducía el momento de
inercia axial de la mitad delantera del cuerpo). Si el gato giraba
en un sentido su mitad delantera, rotaba su mitad trasera en sentido
opuesto, pero más despacio, en relación inversa a
los momentos de inercia.
En un segundo tiempo el felino estiraba las patas delanteras transversalmente
y recogía las patas traseras a lo largo, para que la parte
trasera girara con ángulo mayor. El resultado final era que
las dos mitades habían girado en idéntico sentido
aproximadamente la misma diferencia de ángulo.
La convocatoria de la Academia tuvo un efecto inmediato. El problema
apareció incluso en los manuales e indujo a los físicos
a pensar sobre giros sin momento en el espacio. De unos decenios
a esta parte, el tema ha vuelto a ponerse de moda por su aplicación
potencial en el deporte (saltos gimnásticos), en la acrobacia
circense (plinton, trapecio) y en los viajes espaciales.
Los gatos dominan además otros
trucos para caer de cuatro patas. En una serie de fotografías
de la revista Life, que en 1969 T. R. Kane y M. P. Scher tomaron
como base de su análisis, no se pudo reconocer en el animal
ningún giro del cuero durante la caída. Antes bien,
doblaba su espinazo a la altura de la cadera. Los autores, en su
modelo matemático, asimilaron el gato a dos rotores que girasen
con la misma velocidad angular, cuyos ejes de giro formaran un ángulo.
Si estuviera recta la espina dorsal, y los ejes por ende en una
misma línea, no podría el animal girar efectivamente
así, sin un momento angular externo.
Imagínese el otro caso extremo: el gato podría doblar
su cuerpo como si se tratara de una navaja de bolsillo. Se pliega
al principio de la caída, tripa con tripa, rota ambas mitades
una contra la otra media vuelta, hasta que estén espalda
contra espalda, se abre y ya tiene las patas hacia abajo. Si, además,
ambas mitades del cuerpo tienen el mismo momento de inercia, sus
respectivos momentos angulares se compensarán.
El caso normal se halla entre estos dos extremos. Los momentos angulares
no se compensan totalmente. Para compensar el momento angular restante
aparece entonces un giro contrario del cuerpo del gato que se parece
a la precesión de una peonza. Si se suelta al felino sin
giro alguno, empezará a girar en el instante en que ponga
en marcha sus rotores, y finalizará, con igual rapidez, en
cuanto los vuelva a detener.
|
 |